Llevábamos meses sin noticias de Estados Unidos con respecto a su política migratoria, que es una política de miedo, muerte y extorsión, hasta que el pasado martes conocimos que la ICE había baleado en la Magnolia Park, de Houston, al mejicano Lorenzo Salgado Araujo, de 52 años. Las noticias son confusas y no es extraño que así sea, porque salvo el muerto y quienes dispararon sobre su cuerpo, nadie más sabe qué pasó y si alguien vio algo a través de una ventana indiscreta permanecerá en silencio, porque hay miedo y es normal cuando sabes que tu vida vale lo que un policía con derecho a matar considere cuánto o nada vale esta.
Hay culpables, siempre hay culpables tras la muerte de un hombre cuyo delito es no ser estadounidense y haber buscado en esa tierra una vida mejor, y los culpables no son solo los que disparan porque alguien les dijo que es lo que debían hacer cuando un hispano les hablara o mirara mal o simplemente no les hablara o intentara huir, los culpables lo son también y más los que, sentados en sus sillones de poder, han decidido que se puede y debe amedrentar y atemorizar a personas indefensas que se saben perseguidas y que desgraciadamente viven con un miedo que paraliza los poros cuando sabes que eres presa fácil y que nadie quiere que estés ahí, en esa tierra prometida que se ha convertido en un infierno donde se respira miedo, no en Central Park, pero sí en Magnolia Park, una de las primeras comunidades latinas que se formó en la ciudad de Houston y que en la madrugada del pasado martes despertó con el grito: «Me están matando», no como un presagio, sino como una realidad que se impone y desata todos los malos recuerdos y presentes de quienes viven bajo la tiranía de poder morir tiroteados. Dicen que tras los disparos se impuso el silencio y que nadie quería hablar mientras los restos de sangre sí lo hacían sobre el asfalto, hasta que una muchacha depositó un ramo de flores, rosas y margaritas, sobre esos restos, mientras una mujer encendía una vela con una imagen de la Virgen de Guadalupe, todo muy tenue, muy silencioso y en la memoria «la llama de esa vela guiaba todos los caminos hasta el borde de un altar» en el que Lorenzo Salgado duerme sin saber o sabiendo lo que solo él supo cuando fue consciente de que estaba perdiendo la vida y que gritar solo le iba ayudar a ahuyentar el miedo. Solo eso: el miedo y la muerte en una madrugada en Magnolia Park.
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