En plena ola de calor, cuando los termómetros de la ciudad de Zaragoza superan los 40 grados, existe un lugar donde el principal desafío no es el bochorno, sino el frío extremo. Se trata de la fábrica de hielo Frescofrio, un negocio que vive su particular «agosto» mientras el resto de la población busca refugio en el aire acondicionado. Su director general, Juan José Torralba, explica cómo la demanda de cubitos de hielo se ha disparado, obligando a la empresa a funcionar a pleno rendimiento para abastecer a una ciudad sedienta.
Un refugio a 18 grados bajo cero
La actividad en Frescofrio se divide entre dos realidades opuestas. Por un lado, el personal de reparto se enfrenta a las altas temperaturas de la calle para realizar la distribución capilar del hielo por toda la ciudad. Por otro, los operarios de la planta trabajan en un entorno que parece sacado de otra estación del año.
Dentro de la sala de producción, la temperatura se mantiene entre los 0 y 5 grados, mientras que en las cámaras de congelación, donde se almacena el producto ya terminado, los termómetros descienden hasta los -14 y -18 grados.
Cubitos de hielo
Trabajar en estas condiciones de frío extremo requiere una indumentaria especializada para proteger la salud de los empleados. Según detalla Juan José Torralba, el equipo es fundamental para evitar los efectos del frío y los contrastes. «Llevan guantes, cascos para el ruido y también abrigos para entrar en las cámaras, abrigos bastante potentes, casi como los de esquiar», afirma el director general. Esta protección es crucial, ya que, como él mismo señala, «cuanto más contraste después, peor para el trabajador».
Producción disparada y riesgo de desabastecimiento
La llegada del calor estival transforma por completo el ritmo de la fábrica. La producción de hielo experimenta un crecimiento exponencial para satisfacer la demanda de particulares, hostelería y comercios. Torralba cuantifica este aumento de manera contundente: «Si comparamos un mes de invierno, por ejemplo, con uno de verano, el diferencial es de un 330%, más o menos». Este dato refleja la estacionalidad de un negocio intrínsecamente ligado a la meteorología.
La demanda de cubitos de hielo aumenta un 330% durante las olas de calor»
Director general de Frescofrio
Con un incremento tan drástico de la demanda, surge la preocupación sobre un posible riesgo de desabastecimiento en puntos de venta como gasolineras, supermercados o terrazas. Sin embargo, desde Frescofrío transmiten un mensaje de tranquilidad. La compañía ha realizado fuertes inversiones en los últimos años para modernizar y ampliar su capacidad, alcanzando una producción actual de 120 toneladas de hielo al día.
Torralba reconoce que en el pasado sí se han vivido momentos de tensión en la cadena de suministro. «Hemos vivido varias crisis, y es verdad que hacemos muchas inversiones para tener una producción muy alta», admite. A pesar de los antecedentes, se muestra optimista para la campaña actual, asegurando que un posible desabastecimiento «es algo que no visualizamos este año». La clave, insiste, no reside únicamente en la capacidad de producción, sino en una logística bien engrasada.
El coste energético y el choque térmico
Fabricar hielo en medio de una ola de calor es una paradoja que tiene un coste elevado, especialmente en términos energéticos. Las máquinas deben trabajar a un rendimiento superior para combatir las altas temperaturas exteriores, lo que dispara el consumo eléctrico. «Para hacer frío, hace falta disipar calor, y eso consume mucha energía, y los consumos son altos», reconoce Torralba. Este gasto energético es una de las principales variables que la empresa debe gestionar durante los picos de demanda.
Más allá del coste económico, el mayor desafío lo enfrentan los trabajadores debido al choque térmico extremo. Salir de una cámara a -18 grados para encontrarse con una temperatura exterior de más de 40 grados supone un impacto brutal para el cuerpo. Este diferencial, que puede superar los 50 grados, es una de las condiciones más duras del puesto. «Tienen el doble de diferencial de temperatura que tenemos los que trabajamos en la oficina», subraya el director, poniendo de manifiesto la exigencia física que soportan estos empleados.
Aunque la idea de trabajar rodeado de hielo pueda sonar apetecible en verano, la realidad es más compleja. El frío constante también pasa factura, y como señala Torralba, «también se sufre del frío, cuando estamos en verano». Al final, concluye que los extremos no benefician a nadie, ni siquiera al negocio. Lo ideal, afirma, es una «temperatura media», ya que con el calor excesivo, «la gente tampoco quiere ir a las terrazas a tomar algo», lo que también afecta a sus clientes del sector de la hostelería.













