Mikel Merino y Ferran Torres salieron como revulsivos y lograron la mejor nota posible. Un gol del primero y una asistencia maravillosa del segundo en el minuto 92 lograron el pase de la selección española a cuartos de final. Pocos felicitarán a De La Fuente por realizar estos cambios pero yo no me sumo a ellos. Lo pensó, lo hizo y acertó. Así que ya tenemos a La Roja en el lugar que futbolísticamente merece aún cuando las expectativas eran más altas. Han optado por la versión sufrida y han puesto en contexto lo que está siendo este Mundial en el que las estrellas de primera línea (excepto Cristiano) están dando el callo y la talla. El fútbol talentoso se ha quedado calentando en la banda y asistimos a otro, que también vale, que nos regala ‘momentums’, alguna maravilla aislada y el esfuerzo de unos jugadores que llegan (los que lo han disputado todo con sus clubes de máximo nivel) con lo justo a nivel físico.
Todo ello nos hubiera servido para ajustar, sin temor a equivocarnos, quiénes serían los equipos que llegarían a cuartos de final. Las sorpresas suelen ser siempre agradables y aplaudidas y hoy llevamos todos a un noruego en algún rincón del corazón igual que Cabo Verde nos despertó interés futbolístico y turístico. Pero hete aquí que Trump decidió levantar el teléfono rojo de las crisis y ello provocó un escándalo internacional que al presidente norteamericano se la trae al pairo pero que ha removido, sobre todo, a los que saben lo que cuesta llegar a lo más alto y que un dedo político les puede borrar de la ecuación.
Desde que se produjo la llamada de Donald hasta que Estados Unidos se midió a Bélgica han pasado algo más de cuarenta y ocho horas. A la par que La Roja preparaba su partido frente a Portugal (más roja aún, a la indumentaria me refiero), la sumisión del presidente de la FIFA se hacía más y más grande. Infantino acataba las órdenes de Trump, retiraba la tarjeta roja a Balogun (merecidísima) y Pochettino buscaba una sombra donde cobijarse ante tamaña polémica. En la madrugada del miércoles ni la FIFA ni el mandatario estadounidense lograron que el equipo nacional superara a los belgas. Justicia no divina. Justicia deportiva con un baile dedicado al que pretendió ganar sin jugar.
Pero ahí ha quedado el poso. El temor a ver de lo que es capaz Donald Trump si lo que ve no le gusta. Y España no es un país al que le mandaría un ramo de flores el día de los enamorados. El miedo de los deportistas de élite -he hablado con dos de ellos estas últimas horas- a que se activen ciertos resortes que aprieten a los jueces. Este Mundial, por desgracia, ha visibilizado como todo un presidente de la FIFA se baja los pantalones ante un poder mayor. Si esto ha sucedido en un evento que supone miles de millones de facturación/ganancias del llamado ‘deporte rey’, ¿que no puede pasar a otros niveles? “Sólo unidos podemos pararlo”, me decía una leyenda del deporte. El fútbol se ha quejado, sí, pero no sale a la calle ni se levanta en armas. Deberían planteárselo. Visto lo visto, esto ya no va de ser mejor que el rival ni de justicia deportiva.











