Otro de los escritores damnificados por la Academia Sueca, cuyos sabios profesores le negaron -también a él, como a Carpentier, como a Borges, como a Cortázar, como a Greene…- el Premio Nobel de Literatura, fue Sándor Márai. Sin duda, el escritor húngaro más importante de la edad contemporánea y uno de los autores europeos de permanente referencia, como lo siguen siendo aquellos otros dos maestros con quienes a menudo se le comparaba, Thomas Mann y Stefan Zweig.
En Último día en Budapest, una de sus mejores novelas, escrita en 1940, y que ahora, con una nueva y soberbia traducción de María Szijj y José Miguel González Trevejo, recupera el sello Salamandra, Márai dio un verdadero recital de clase y sensibilidad con la pluma en la mano. Y con el sombrero, habría que añadir, asimismo en la diestra al entrar al café de Londres o a cualquier otro de los establecimientos que albergaban la bohemia y la burguesía de entreguerras en aquella prodigiosa ciudad del Danubio donde, como un crisol entre Occidente y Oriente, el alma húngara había acristalado un espíritu nostálgico y altivo, melancólico y arrogante, derrotista y orgulloso, algo así como un alma aristocrática sin cabida o lugar en la realidad del mundo.
Márai, atrapado por la pasión húngara, por el reto de describir el ser de su pueblo, se embarcó en un largo paseo por Budapest de la mano de otro escritor, maestro suyo, Gyula Krúdy, con quien compartía un mismo esteticismo anclado en los años veinte, una manera de vivir y soñar que la II Guerra Mundial con sus ráfagas de metralla y sus invasores ejércitos -los nazis, primero; el ejército rojo, después- destruiría.
Juntos en cuerpo y alma, ambos recorrieron los paisajes urbanos de la capital húngara empapándose de su rumor de violines, del fulgor de sus arañas de cristal, del olor a tabaco y moho de sus hoteles raídos por el tiempo, del sabor de la comida picante y del pan y el vino patrios, nutritivos, necesarios, definitorios de un alma húngara que asomaba a la sonrisa de las mujeres, en el humo de las fábricas de cueros, sobre el olor a lodo y musgo de las orillas del Danubio… Una obra maestra.
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