Vuelvo a Carrús de vez en cuando. No porque espere encontrar el barrio de mi infancia. Hace tiempo que entendí que ese lugar ya no existe. Vuelvo por si aparece una cara conocida, un olor capaz de engañar a la memoria o la voz de alguien que todavía pronuncie mi nombre como lo hacía cuando tenía diez años.
Casi nunca ocurre. Las calles siguen ahí. Algunas fachadas también. Pero el barrio siempre fue la gente.
Recuerdo especialmente a una vecina. Ella y su hermano tenían juguetes que, en mi casa, parecían de otro planeta. Hoy sé que no eran mejores que los míos. Solo tenían una ventaja imposible de igualar: no eran míos.
Ahora me la cruzo de vez en cuando en un centro comercial. Nos saludamos. Sonreímos. Y seguimos cada uno nuestro camino. No siento nostalgia de ella. Siento la certeza de que hubo personas sin las que no entendía una tarde y que, sin despedidas ni discusiones, desaparecieron de mi vida como desaparecen casi todas las cosas importantes: poco a poco.
En aquella escalera cabía un mundo entero. Podías hacerte inseparable del vecino del tercero, enamorarte de la chica que vivía dos rellanos más abajo o descubrir, años después, que el hijo de unos vecinos discretos, ensimismados en su anonimato y en su sencillez, había acabado en la cárcel por un atraco o por algo que se le parecía demasiado. Vivíamos con las puertas medio abiertas. Subir al tercero para jugar con los vecinos era tan normal como bajar a comprar el pan. Llamar al timbre era un formalismo reservado para los desconocidos. La vida sucedía delante de todos. Mientras nosotros jugábamos, los mayores sostenían el barrio. Entonces no lo veía. Ahora sí.
Las aparadoras cosían durante horas. La faena subía y bajaba por las escaleras. El olor a cuero, a pegamento y a café recién hecho formaba parte del edificio igual que las radios que sonaban desde las cocinas. Tener ascensor era casi un símbolo de prosperidad. La mayoría seguía subiendo cinco pisos con la compra, los capazos y el cansancio a cuestas. Éramos hijos de una generación que nunca tuvo tiempo para hablar de sí misma.
Los lunes y los sábados el barrio cambiaba de acento. Bastaba acercarse al mercado de la Plaza de Barcelona o perderse por el mercadillo para recorrer media provincia sin salir de Carrús. Allí se mezclaba el valenciano de quienes se habían criado en El Raval con las familias llegadas de la Vega Baja, de Castilla, de Andalucía o de Extremadura. También estaban los vendedores gitanos, capaces de convencerte de que necesitabas exactamente aquello que cinco minutos antes ni siquiera sabías que existía. Nadie hablaba de integración. No hacía falta. La convivencia era esperar turno para comprar tomates, un trozo de bacalao o unas zapatillas.
Mientras tanto, las madres regresaban a casa cargadas con los capazos del mercado. Muchas vestían de luto. Otras llevaban toda la vida levantándose antes del amanecer. Subían cinco pisos sin ascensor, dejaban la compra en la cocina y seguían cosiendo hasta que caía la tarde. Nosotros solo veíamos una infancia feliz. Con los años comprendí que alguien la estaba pagando.
Carrús era un barrio donde un despido a los cincuenta y siete años podía poner patas arriba una familia. Donde algunos se dejaban el jornal en las tragaperras y otros hacían auténticos milagros para que sus hijos estudiaran gracias a una beca.
Y también estaba la heroína. El alcohol. Las discusiones que atravesaban los tabiques con más facilidad que el olor a pegamento. El padre que llegaba demasiado tarde y demasiado enfadado. Las madres que envejecían antes de tiempo. Historias que unas veces acababan mejor de lo que imaginábamos y otras, desgraciadamente, mucho peor. De niños solo sabíamos que había personas que dejaban de aparecer. Mucho después aprendimos por qué.
Hace unas semanas asistí a una obra de teatro interpretada por chavales del barrio. Durante un rato volví a tener diecisiete años. Reconocí la forma de hablar, el humor, la ironía y esa mezcla de orgullo y pudor que siempre ha tenido Carrús. Salí pensando que el barrio seguía ahí. Con sus luces. Con sus sombras. Con esa capacidad tan suya para sacar adelante a gente extraordinaria.
El que había cambiado era yo. Por eso vuelvo de vez en cuando. Buscando una radio sonando detrás de una puerta. El olor a pegamento en una escalera. Una madre cargando un capazo desde la Plaza de Barcelona. O un vecino llamando a otro desde la calle para bajar a jugar. Casi nunca encuentro nada de eso. Pero cada vez entiendo mejor a aquella gente. Nosotros jugábamos. Ellos sostenían el barrio.
Creo que por fin entiendo qué llevo tanto tiempo buscando. No era el barrio. Era a mi madre. A mi madre y a mi tía, volviendo de la Plaza de Barcelona con el capazo de la compra entre las dos, hablando de sus cosas mientras yo solo pensaba en salir corriendo a jugar. En aquel momento no veía el peso del capazo. Ni el cansancio. Ni el esfuerzo. Solo veía a mi madre.
Ahora entiendo que mientras nosotros jugábamos… ellas sostenían el barrio.
Suscríbete para seguir leyendo













