Una vecina del Realejo profundo suele decir, cada vez que pone un pie fuera de casa, «lo puerca que está la calle», que viene a ser una glosa a la calidad del servicio público que debería prestar la municipalidad por medio de la empresa Sadeco. El concejal de la cosa acaba de pedir disculpas por una actividad que funciona mal, abriendo un melón de cordobesas consecuencias: esto es, ninguna. Ha aportado el edil Madruga un detalle curioso. La gente deja las bolsas fuera de los contenedores porque no caben por las bocanas de los modernísimos habitáculos alquilados a precio de beluga. Glups.
Entendemos que el gobierno municipal del PP está depurando las responsabilidades propias de quien adquiere contenedores en los que hay que dejarse los riñones, como se están revisando las adquisiciones de camiones que han dejado de funcionar tras muy pocos años de servicio. O el ritmo de implantación de esas islas sensorizadas que se anuncian pero no llegan a colocarse, no sabemos muy bien por qué. O esos ecopuntos que huelen a cabra muerta, como el ubicado frente al propio Ayuntamiento, que da un asco de la muerte. Porque la factura sigue llegando bimestralmente por un servicio que no se ha caracterizado nunca por ser eficiente, que es la forma moderna de llamar a lo barato.
Córdoba, estamos de acuerdo, está puerca que te cagas. Estructuralmente, la ciudad ha crecido mucho y los recursos son, básicamente, los mismos. La idea aquella de la recogida neumática de los nuevos barrios acabó con un desastre absoluto, una de las más acreditadas cagadas municipales que se recuerdan. Millones de euros enterrados, inservibles. El servicio global cuesta unos 72 millones anuales, acabará el año con pérdidas, el incremento de la tarifa en dos años superará el 35% y tocar una estructura con casi 900 trabajadores resulta caro, sobre todo, antes de unas elecciones. Las tasas cubren algo menos de la mitad del coste real porque el resto sale del presupuesto ordinario mediante transferencias. Definir el asunto como un marrón puede ser acertado.
Se insiste en el gesto noble del concejal de pedir disculpas y del alcalde Bellido por reconocer el problema con palabras crudas, pero esto exige de un esfuerzo suplementario que empieza por hablarle clarinete a los que pagamos el asunto. Si lo que van a volver es a los cosméticos planes de choque de un día de duración, casi mejor nos quedamos con las ratas, la mierda, los contenedores rebosantes y las papeleras atestadas a cada rato. Si estamos hablando en serio, van a tener que hacer números, exponernos a los ciudadanos las soluciones y quedar al dictamen necesario y transparente de opiniones como la de mi vecina sobre lo puerca que está la calle.
Que, por cierto, está bien guarra. Lleva toda la razón la mujer.












