El verano suele asociarse con sol, calor y largos viajes hacia la playa o la montaña. Sin embargo, esta época del año también se caracteriza por un fenómeno meteorológico tan repentino como violento: las tormentas estivales. Estos aguaceros, cortos pero de gran intensidad, son capaces de transformar las condiciones de la carretera en pocos minutos.
Para evitar riesgos al volante, los profesionales del sector del renting flexible de Alquiber desvelan una serie de pautas esenciales para afrontar estas trombas de agua con seguridad.
El peligro de las primeras gotas
El inicio de la tormenta es el momento más crítico para la conducción. Tras semanas de calor y ausencia de precipitaciones, el asfalto acumula una gran cantidad de polvo, restos de alquitrán y grasa.
Cuando caen las primeras gotas, este líquido se mezcla con la suciedad acumulada y crea una fina película de barro altamente deslizante. Esta capa reduce de forma drástica la adherencia de los neumáticos. Por ello, la primera recomendación al ver los primeros relámpagos o gotas es moderar la velocidad y aumentar la distancia de seguridad, anticipando las frenadas para evitar movimientos bruscos que puedan provocar una salida de vía.
Tormentas de verano y asfalto deslizante: cómo evitar sorpresas en los viajes de estas vacaciones / Archivo
Cómo esquivar el ‘aquaplaning’
Las tormentas de verano descargan un gran volumen de agua en un intervalo de tiempo muy corto, lo que favorece la aparición inmediata de balsas en la calzada. En este escenario, el estado de las ruedas es el único factor que garantiza el control del vehículo. Los expertos recuerdan que no hay que descuidar el mantenimiento de las cubiertas aunque el clima sea favorable; revisar que la presión sea la correcta según el fabricante es vital antes de salir de viaje.
Un neumático con la presión óptima desaloja el agua de forma eficiente y reduce las posibilidades de sufrir aquaplaning (el efecto por el cual el coche flota sobre el agua y pierde la dirección). Si aún así nos encontramos en esta situación, la regla de oro es levantar suavemente el pie del acelerador para perder velocidad por la propia resistencia del agua, manteniendo el volante firme y sin pisar el freno bajo ningún concepto.
Visibilidad, mosquitos y el uso correcto de las luces
El verano también deja los parabrisas llenos de polvo en suspensión e insectos estampados. Si una tormenta nos sorprende con la luna sucia y las escobillas del limpiaparabrisas desgastadas por el sol, la visibilidad se reducirá a cero de forma inmediata. Es imprescindible revisar el estado de las gomas antes de arrancar.
Además, el fuerte contraste de temperatura entre el calor exterior y el interior del habitáculo suele empañar los cristales rápidamente. Para solucionarlo, lo más eficaz es conectar el aire acondicionado. Del mismo modo, para asegurar que el resto de conductores nos detecten, se deben encender las luces de cruce y recurrir a las luces antiniebla únicamente si la intensidad de la lluvia es extrema.
Cuándo es mejor parar
Si la lluvia se convierte en granizo o la intensidad del agua impide ver el trazado de la carretera, lo más sensato es no arriesgar y detener el coche en una zona segura que no obstaculice el tráfico, dejando conectadas las luces de posición, de emergencia y los antiniebla para señalizar nuestra presencia a otros conductores.
Además, si la tormenta es eléctrica, conviene saber que el interior del coche es uno de los lugares más seguros. Los vehículos funcionan como una «jaula de Faraday», lo que significa que la carrocería metálica conduce la electricidad de un rayo por el exterior hasta descargarla en la tierra, sin dejar que pase al habitáculo. En este caso, basta con apagar la radio y evitar tocar las superficies metálicas del interior mientras pase el peligro.













