Cuando murió Klaus Kinski, pasaron dos cosas: la primera, el director de cine Fernando Colomo, que había rodado con el actor El caballero del dragón (1985), publicó en El País un obituario titulado ‘Descansemos en paz’ («Era un niño mimado, consentido y maleducado. De haber sido una persona mayor, sólo le cabría el calificativo de hijo de puta»); la segunda, Nastassja Kinski, su hija, lloró cinco minutos: «Fue muy intenso, pero sólo duró esos cinco minutos y nunca más volvió a suceder. Nos había causado demasiado dolor».
Una vez le pidieron a la actriz una descripción de su padre: «Sus ojos eran el infierno y el cielo al mismo tiempo». Un retrato más bien compasivo que, otras veces, ha quedado solapado por un lógico ánimo de revancha: «Me alegra que ya no esté vivo; si lo estuviera, haría cualquier cosa por meterlo entre rejas de por vida». Porque Klaus abandonó a Nastassja cuando tenía 8 años. «De niña siempre pensaba que quizás terminaría volviendo, pero jamás lo hizo», recordaría ya en la madurez. Mejor que no regresara: aquel chalado (que se definía como ‘una bestia con garras’ que si no hubiera encontrado la actuación «habría sido un asesino o un mártir») aterraba el «99 por ciento» del tiempo a la pequeña y a su madre, la también intérprete Ruth Brigitte Tocki. Ese «hombre poseso», en palabras de su enemigo íntimo Werner Herzog, intentó abusar sexualmente de la niña cuando tenía 5 años pero pudo zafarse y dejar que todo quedara en tocamientos inapropiados (en cambio, sí lo logró antes, con su primogénita, fruto de un matrimonio anterior, Pola).
Cuenta Ruth Brigitte que a Klaus le gustaba filmar con su cámara a Nastassja desde que tenía 2 años. Viendo las grabaciones, la madre tuvo claro que Nastassja sería artista: «Ya entonces era una niña-mujer, con una gran sensibilidad y un dolor tremendo en su cara». Un apunte: aunque Nastassja siempre ha considerado a su madre «como un amanecer y la madre de un león», la señora tampoco pasaría un examen básico de Asuntos Sociales: se llevó a la niña a una comuna en Munich, permitió que se pasara las noches a los 13 años como modelo de discoteca (se hacía llamar Stassi, como la policía secreta que operaba al otro lado del muro) y que la cortejaran señores con canas ahí (uno de ellos, cómo no, el ínclito Roman Polanski, habitual en estos fregados). Precisamente en uno de esos clubes la conocieron el entonces pujante cineasta alemán Wim Wenders y su esposa: recuerdan que quedaron subyugados por los grandes ojos azules templados por un gris algo amenazante.
Nastassja Kinski debutó en el cine con Wenders en Movimiento en falso (1975), una de sus road movies existencialistas con una escena que hoy ha devuelto a la actriz a la actualidad: a sus 13 años, enseñaba sus pechos durante dos minutos. »Aunque a los 13 años yo no sabía mucho de la vida, ya notaba que aquello no estaba bien», ha recordado hoy, más de medio siglo después, para pedirle al alemán que retire la cinta de las plataformas y todo tipo de exhibición (Wenders ha accedido y ha pedido disculpas por «no haber protegido» a Nastassja). Por cierto: desconozco si la Kinski ha realizado solicitudes similares a los responsables de otras cintas como Una hija para el diablo (1976), Ninguna virgen en el colegio (1978) o Así como eres (1978), en las que brindó desnudos totales también siendo menor de edad.
Mucho ojo con reducir a Nastassja Kinski al rol de víctima (que lo fue) y objeto habitual de grooming (que también). El director Mike Figgis trabajó con ella: «Me sentí completamente seducido por Nastassja: terminé acariciando su cara en la pantalla mientras montaba la película (Después de una noche, 1997). Es muy exigente, y pobre del director que no pueda satisfacerla: hay que ser firme con ella; de lo contrario, te devorará». Que se lo digan a Paul Schrader, con quien trabajó en El beso de la pantera (1982): mantuvieron una relación en pleno rodaje (palabra de Nastassja: «Siempre me follo a mis directores») y la cosa acabó tan mal (ella le dejó a él) que Schrader la terminó desde su limusina para no tener ni que dirigirle la palabra a la intérprete.
Acierta el crítico Peter Sobczynski al resumir el poder irresistible de Nastassja en una pantalla: «Podía pasar de la inocencia a la pura carnalidad en un abrir y cerrar de ojos y sabía mantener una pose a la vez abierta y tentadoramente distante que despertaba el deseo de saber más sobre aquella mujer». Cualquiera que haya visto Tess (Roman Polanski, 1979) o Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) lo habrá sentido: la hipnosis antes de caer en la perdición.














