Cada año que vivimos, el solsticio de verano nos recuerda el luminoso instante del nacimiento de Las Palmas, junto al mar, el 24 de junio de 1478. En los primeros decenios de la nueva villa ya se establecieron los cimientos de la urbe de los siglos XV al XIX: el uso de la bahía de las Isletas como puerto natural de la ciudad, el asentamiento urbano en la desembocadura del Guiniguada y las primeras fortificaciones de una ciudad que inauguró el prolongado y extraordinario proceso de fundaciones urbanas españolas en el Atlántico y en el Nuevo Mundo.
Aquel 24 de junio la villa se emplazó en las orillas del Guiniguada y, al propio tiempo, en los años siguientes se fueron desarrollando los pilares urbanos e institucionales de la ciudad histórica: el primer Concejo municipal (c. 1480), con una continuidad de cinco centurias hasta conformar el Ayuntamiento actual; los primeros baluartes defensivos en el palmeral del Guiniguada y en el puerto de las Isletas, un fortín que fue precedente del castillo de la Luz, defensas ampliadas en la segunda mitad del XVI con las murallas norte y sur de la ciudad, que protegieron el recinto urbano de aquellos siglos. También en fechas inmediatas, los primeros trapiches azucareros, hacia 1480, que fomentaron la riqueza de la ciudad y de la isla durante largos decenios. Y, en la esfera institucional, la sede del Obispado y de la Catedral de Canarias, el edificio monumental más relevante de la ciudad de aquellos tiempos junto a la primitivas Casas Consistoriales, edificadas entre 1512 y 1518 en la cabecera de la Plaza Mayor.
La importancia de la plaza
Debo subrayar aquí la temprana creación de la Plaza Mayor de Las Palmas (primeros decenios del XVI), que concentró las sedes y edificios político administrativos y religiosos de la ciudad y de Canarias, incluida la Real Audiencia, establecida en 1526, e integró una pieza urbana institucional que fue precedente de las futuras Plazas Mayores de la América hispana.
Además de su origen en el propósito de Castilla de llevar a cabo la conquista de Gran Canaria, el escenario del hecho histórico fundacional se produjo en el marco de los descubrimientos y exploraciones en África y el Atlántico a mitad del siglo XV, y la subsiguiente competencia entre Portugal y Castilla por acrecentar sus dominios. Y, por otro lado, hay que constatar en aquel periodo el surgimiento de una nueva forma de poder real en Castilla y su implantación en el reinado de los Reyes Católicos. Las Palmas fue la primera ciudad real fundada por Castilla en El Atlántico y en sus comienzos fue un testimonio de esta dimensión política iniciada y desarrollada por lo gobernantes de Isabel y Fernand.
Fue, asimismo, la primera sede administrativa creada por la Corona en ultramar, conforme a los nuevos criterios establecidos para las villas y ciudades del país: Gobernador, c.1479; Ayuntamiento, hacia 1480; Obispado de Canarias, c. 1485; Tribunal del Santo Oficio, 1499; Real Audiencia de Canarias, 1526, y gobierno civil y militar de Canarias, 1589. En este aspecto, Las Palmas tuvo la primera organización municipal dispuesta por la Corona para sus dominios de ultramar, contenida en el Fuero y Privilegio Real de Canaria, promulgado el día 20 de diciembre de 1494.
Además, nuestra villa marítima fue la primera ciudad portuaria de Castilla en ultramar y, al pasar el tiempo, puente marítimo en la formación de lo que hoy conocemos como Civilización Atlántica, con el trascendental viaje de Cristóbal Colón en 1492 y sus posteriores periplos en lo que también hizo escala en la bahía de Las Palmas.
Así, desde esta ciudad se llevó la caña de azúcar a las Antillas (isla de la Española, actual Santo Domingo), transportada en el segundo viaje de Colón (1493) y, posteriormente, el plátano que llegó a aquella isla ya a principios del siglo XVI, tal como registró el cronista Gonzalo Fernández de Ovierdo.
Las escalas de las naves de Colón abrieron un capítulo fundamental para nuestra ciudad y su bahía de la Luz como enclave en las comunicaciones intercontinentales durante varias centurias. Asimismo, desde finales del siglo XIX, el Puerto de La Luz jugó el papel de un eje importantísimo en la navegación y comercio de Europa con América, África, Extremo Oriente y Australia.
Las anteriores pinceladas nos recuerdan particulares y relevantes aspectos de la historia de esta ciudad atlántica. En el presente, una mirada de honda sensibilidad a nuestra histórica Plaza Mayor, un recoleto paseo por las empedradas callejuelas que rodean la Catedral, una pausa de reflexión en la plazuela de severidades románticas del que fuera convento de San Pedro Mártir, y las vivencias de una sombreada galería de un dieciochesco patio de la Vegueta, un instante fugaz para cultivar el sabio goce comunicador en la mercantil Calle Mayor de Triana o el disfrute de un brillante paseo junto al azul recorriendo la Avenida Marítima y, finalmente, rendirnos ante la extraordinaria puesta de sol en la playa dorada de las Canteras, nos permitirán calar intensamente en sugerentes aspectos de la antigua y de la actual personalidad de nuestra villa.
Ello contribuirá a lograr que la propia ciudad se nos aparezca como un espejo mágico que nos explica a nosotros mismos en tanto ciudadanos y que nos aporta un territorio sustantivo que fundamenta el arraigo profundo y la identidad poderosa, haciendo brotar, pasados estos 548 años, un transparente surtidor de imágenes y de sentimientos que alimentarán nuestra pasión ciudadana y las insoslayables virtudes cívicas.
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