El candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella aventaja a Iván Cepeda, el abanderado de izquierdas, por unos tres puntos según el quinto boletín del pre conteo oficial. Al escrutarse el 47% del padrón electoral, De la Espriella obtiene el 50,52% de los votos, contra el 47,88% de su rival. La cifra se parece a lo que ocurrió en el primer turno. Solo la confirmación de esta diferencia convertirá al abogado y millonario en el nuevo presidente de Colombia. Cepeda se aferraba a un milagro que revierta las primeras tendencias. Eso se sabrá recién con el correr de las horas.
Cerca de 40 millones de colombianos estuvieron en condiciones de sufragar en todo el territorio nacional. Unos 1,4 millones tenían la posibilidad de ejercer ese derecho desde el exterior. Ese sufragio puede ser decisivo.
La jornada se desarrolló sin mayores incidentes a pesar de los presagios de problemas. El registrador nacional, la principal autoridad electoral del país, Hernán Penagos, descartó toda posibilidad de anomalías en el escrutinio. «Nosotros tenemos múltiples garantías de integridad electoral. Las tuvimos en las elecciones de hace tres meses para el Congreso de la República». Penagos recordó que «es un deber respetar y reconocer los resultados».
El hecho de que no se cumplieran esos pronósticos de incidentes o irregularidades no modifica las aprensiones que rodean a la contienda. El segundo turno acentuó las características dramáticas de una polarización política de proporciones y que no cesará con el recuento de las urnas y augura mayores divisiones una vez que asuma en la primera semana de agosto el sucesor de Gustavo Petro.
De la Espriella reunió detrás suyo a todo el espectro conservador. Tuvo, además, el apoyo de Donald Trump y los líderes de la ultraderecha regional, como Javier Milei, José Antonio Kast y Daniel Noboa, de Argentina, Chile y Ecuador, respectivamente. Cepeda, el candidato del Pacto Histórico, se ha presentado como la continuidad de la administración de Gustavo Petro, y con la promesa de mejorar las realizaciones de su Gobierno. En el segundo turno contó con el apoyo de sectores del centro, asustado por la figura de De la Espriella.
El propio mandatario, el primero de izquierdas en la historia colombiana, dio cuenta de lo que estaba en juego este domingo. «No es cualquiera la decisión que se toma hoy. Se decide en cierta forma el futuro de uno mismo. De la familia. Estamos en manos del pueblo».
Expectativa y temor
La preocupación por lo que viene una vez proclamado el vencedor del segundo turno ha quedado de manifiesto en los editoriales de los principales diarios de Bogotá. «La prevalencia del odio genera un sesgo de confirmación tan severo, que la ciudadanía deja de ser militante y pasa a ser hincha: se perdonan los pecados propios –de la ineptitud a la corrupción– porque señalar al líder implica favorecer al enemigo. Así, la fiscalización al poder pierde toda relevancia», dijo El Espectador.
El Tiempo, en tanto, llamó a tomar distancia de cualquier intento de desconocimiento de los resultados «venga de donde venga». En la «sensatez ciudadana» está en gran parte «evitar desbordes indeseados». En caso de un escenario de alteración del orden, «la Fuerza Pública, a instancias de las autoridades civiles, sobre todo las del orden municipal y departamental, debe cumplir con su obligación constitucional de salvaguardar la vida, honra y bienes de la gente».
El temor a lo que suceda flotaba en el aire de Bogotá. «Colombia tiene una larga y dolorosa historia de violencia política. Son ya casi cuatro generaciones que, de una u otra manera, han tramitado las diferencias de opinión y los debates ideológicos mediante la violencia. Pareciera que no somos capaces, como sociedad, de anteponer el diálogo y la concertación a la descalificación del que piensa distinto y a la agresión verbal y física», admitió María Camila Moreno Múnera, directora en Colombia del Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ). «Ya deberíamos haber aprendido de nuestros dolores: el exterminio de la UP (Unión Popular, el partido al que pertenecía el padre de Cepeda), el asesinato de líderes políticos de todas las vertientes ideológicas, la combinación de todas las formas de lucha, el cierre del espacio democrático por décadas, etc. Pero no nos podemos resignar a que la violencia política sea el único camino».
Petro comienza a despedirse del poder. Lo hará con una aprobación de un 50% según una reciente encuesta. «Extraño dictador el que entrega su mandato, extraño dictador el que no ha cogido un solo preso político, a nadie preso de conciencia. No se ha perseguido a nadie por sus opiniones, maneras de pensar, maneras de creer, religiosas, o de otra especie, culturales, étnicas, de género, de expresión sexual libre», dijo Petro. «Entregamos una democracia brillante, viva, multicolor, como la llamo yo, ni un grado menos y sí muchísimos grados más de democracia de como la recibí en un país que en ese momento estaba ensangrentado».
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