La herejía del diálogo

El Papa llegó y se fue dejando “un recuerdo imborrable”. Es decir, éxtasis para unos y extenuación para otros. De la visita, cada uno ha intentado extraer lo que ha podido. Hasta algunos independentistas quisieron llevar la reivindicación soberanista a la Sagrada Familia. Ante una ceremonia milimetrada, la acción estaba abocada al fracaso. Solo la ingenuidad o la posibilidad de recrear el discurso victimista pudieron inspirarla. En cualquier caso, si alguien tenía la pretensión de someter a León XIV a una lógica partidista ha quedado demostrado que la Iglesia solo se casa consigo misma. Desde una mirada progresista es imposible comulgar con una institución que aún relega a la mujer a un insultante plano secundario. Y su postura sobre el aborto y la eutanasia no solo es contraria a la izquierda, también se aleja de la mayoría social. Eso por no hablar del encubrimiento de la pederastia. Pero todo ello no impide que parte del discurso papal haya sido recibido como agua bendita por aquella ciudadanía que contempla horrorizada el avance de las tesis de odio.

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