Tras 107 días de guerra, Estados Unidos e Irán han alcanzado un acuerdo que pone fin a las hostilidades y abre un periodo de negociación. El conflicto se sustentaba en la convicción de Washington y Tel Aviv de que Irán atravesaba un momento de vulnerabilidad que permitiría debilitar sus capacidades estratégicas y generar una crisis interna capaz de alterar el equilibrio regional en favor de Estados Unidos e Israel. Y aunque Irán ha sufrido importantes daños políticos, humanos, económicos y militares, además de la destrucción de infraestructuras estratégicas, la estructura de poder de la República Islámica permanece intacta. La guerra, por tanto, ha puesto de manifiesto los límites de un diagnóstico que sobreestimó la fragilidad interna del régimen y subestimó tanto su capacidad de resistencia como los costes de una escalada prolongada.
La evolución del conflicto también explica el giro de Washington hacia la negociación. El cierre de facto del estrecho de Ormuz elevó los precios de la energía, alimentó la inflación y frenó el crecimiento económico, de modo que, a medida que aumentaban los costes económicos y políticos, la prioridad dejó de ser modificar el equilibrio regional para pasar a contener los efectos de la propia guerra.
Y es en este contexto que debe interpretarse el acuerdo alcanzado. Estados Unidos obtiene la reapertura de Ormuz, reduce la incertidumbre sobre los mercados energéticos y pone fin a las hostilidades, pero todo lo que motivó la intervención sigue abierto. La cuestión del enriquecimiento de uranio queda pendiente de la negociación, el programa de misiles iraní permanece fuera del pacto y tampoco se establecen límites a sus alianzas regionales. En cambio Teherán, obtiene un alivio parcial de las sanciones, recupera parte de los activos congelados y llega a la negociación sin concesiones sustanciales y con la posibilidad de reforzar su posición estratégica en el estrecho de Ormuz.
Las implicaciones son especialmente negativas para Israel, el actor más incómodo ante el acuerdo. Mientras Estados Unidos busca estabilizar la región y cerrar un conflicto costoso, el Gobierno de Netanyahu mantiene la presión militar sobre el Líbano –cuestión que puede hacer descarrilar el acuerdo– y se ha desmarcado de algunos aspectos del pacto, una discrepancia que refleja la creciente distancia entre Washington y Tel Aviv. Trump puede presentar el fin de las hostilidades como un éxito diplomático, aunque lo hace sin haber alcanzado los objetivos que justificaron la intervención. Netanyahu afronta críticas internas y externas y dificultades crecientes para sostener una estrategia basada en la presión militar. Y los ayatolás llegan a la negociación habiendo preservado el régimen y con capacidad para presentar el acuerdo como una muestra de resistencia frente a la presión exterior.
Si el acuerdo se consolida, la distancia entre los objetivos iniciales y los resultados obtenidos será evidente. EEUU contiene los costes de un conflicto costoso, mientras Israel afronta una creciente divergencia con Washington y el riesgo de quedar más aislado si prospera la vía negociadora. Irán, por el contrario, llega a la negociación con el régimen reforzado y en una posición más favorable de la que se preveía al inicio de la guerra.
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