El acto que se celebró hace unos días, auspiciado por el diario Público, es de extrema gravedad. Ministros, representantes públicos, periodistas y otros insignes miembros de la farándula homenajearon, bajo el fogonazo de los flases, a Álvaro Ortiz, ex Fiscal General del Estado, inhabilitado por el Tribunal Supremo en noviembre del año pasado.
Grave fue, también, lo que dijo uno de los guardianes de Sánchez, Óscar López, quien, pese a llevar una cartera ministerial, no tuvo reparos en afirmar que hay jueces que prevarican. La declaración puede tomarse en dos sentidos: de forma banal, como quien afirma que hay veces que llueve. O bien como una falta de respeto hacia un poder del Estado.
Si siguen así las cosas, la situación no puede más que ir a peor. Me refiero, claro está, a la separación de poderes. Desde que Locke y Montesquieu hablaron de ella, con el convencimiento de que el poder absoluto corrompe absolutamente, hasta hoy se ha ido erosionando uno de los principios básicos de la política liberal.
La figura de Álvaro Ortiz ha quedado aún más empañada al saber que no inició ninguna investigación cuando otros compañeros pusieron en su conocimiento que la fontanera del gobierno había visitado las instalaciones de la Fiscalía. Es inaudito, además, que quien se encarga de nuestra legalidad se presentara tan crítico con el poder judicial en un programa de televisión y que, desde ese altavoz, al igual que el ministro, criticara a nuestra administración de justicia.
Vivimos en tiempos cínicos, sin valores. Y nuestras libertades están siendo gestionadas por políticos siniestros
Vivimos en tiempos cínicos, sin valores. Y nuestras libertades están siendo gestionadas por políticos siniestros que se pueden clasificar en una de estas dos clases. Primero, los hay que acceden a un cargo para lucrarse; por eso, campa a sus anchas la corrupción. Por otro, están los que llegan al escaño sin compromisos morales o convicciones.
Estamos generalizando, como imaginará el lector. Pero la tipología a la que aludimos expresa el alejamiento absoluto de la forma de entender el servicio público que nos ha legado la tradición. La corrupción indica que, frente a lo que sugería Aristóteles, hay personas que priorizan su bien privado al común, devaluando su función.
En el caso de los amorales, resultan ser poco escrupulosos con los principios, de modo que se distancian de las enseñanzas de quienes, sabiendo hasta dónde llegaba el egoísmo humano, idearon mecanismos de control, limitación y supervisión del poder.
A estos lastres, que envilecen la vida pública española, se añade otro, que agrava nuestro tiempo: la falta de institucionalidad. Se olvida que quienes se encargan de funciones públicas están ejerciendo un papel, que representan un rol. Cuando se pasa por alto la representación y se confunde al individuo con la función, se empaña la dinámica institucional.
Lo que no deja de ser cómico es que haya recrudecido el enfrentamiento político justo en el momento en que, por primera vez, se da la palabra en el Congreso a un sumo pontífice. Precisamente León XIV es el ejemplo más palpable de esa responsabilidad institucional de la que hablamos.
A estos lastres, que envilecen la vida pública española, se añade otro, que agrava nuestro tiempo: la falta de institucionalidad
Aunque se ha criticado que acudiera a las Cortes y se ha llegado a afirmar, como indicaba ayer Félix Ovejero en las páginas de El Mundo, que la democracia es incompatible con la religión, la verdad es que León XIV es un Jefe de Estado. Si algunos de ellos ya han hablado en el Congreso, ¿por qué debería evitar que lo hiciera otro? ¿Acaso porque el Vaticano es un país territorialmente minúsculo?
Al terminar la visita del Papa y haber asistido a la limpieza, cuidado y escrupulosidad de la diplomacia vaticana, uno se pregunta si el tono moral de una sociedad no lo da la liturgia, el respeto a la formas. La chabacanería y el poco tacto institucional es el mejor camino de llegar, aunque sea lentamente, a la barbarie totalitaria.
De ahí que, aunque es grave que un servidor público meta mano en la caja que guarda lo que a todos nos pertenece, también es sumamente peligroso que ministros, políticos y otros representantes se salten las formas o zahieran con sus declaraciones la respetable imagen de otro poder. Eso quiere decir que los valores brillan por su ausencia y que el poder absoluto de un momento a otro podrá asomar por la esquina.














