Hay varios acontecimientos a final de curso que coinciden y ayudan a reconsiderar el papel de las universidades. Acaba el año y hay que poner las notas, claro está. Pero en un momento como el actual, en el que los alumnos son clientes, también toca no solo que estos manifiesten su satisfacción, sino que los profesores escribamos nuestras reflexiones sobre la calidad de nuestra enseñanza.
La entrega de esos cuestionarios y la importancia que se concede a la percepción del estudiante es uno de esos hechos que a un profesor le pueden llevar a plantearse su vocación. Pero, además, se ha dado a conocer la última actualización del ranking QS, que ordena las universidades en función de una serie de criterios.
Más aún. Justo esta semana los jóvenes están eligiendo su futuro con ansiedad, tras la publicación de las notas de selectividad. La situación ha dejado de ser tan angustiosa como lo era hace algunos años: en primer lugar, porque las calificaciones han subido de forma inexplicable -inversamente proporcional a la preparación de los estudiantes- y, dos, porque hay tanta oferta de grados y centros de estudios que muy pocos verán frustradas sus opciones.
“Hay tanta oferta de grados y centros de estudios que muy pocos verán frustradas sus opciones tras las pruebas de selectividad”
A ello se suma las huelgas de profesores, el debate acerca de las universidades públicas y privadas, la llegada de las vacaciones y la última entrega de los preceptivos trabajos finales, que siempre dejan mucho que desear. Finalmente, en el Reino Unido se ha publicado un libro de Colin Kidd sobre la clase intelectual británica a lo largo del siglo XX.
En Twilight of the Dons, Kidd rastrea la devaluación sufrida en esos campus llenos de libros viejos y cuidados jardines, Cambridge y Oxford, y la pérdida de influencia de los profesores más prestigiosos. El cursus honorum parece haber cambiado y si antes era menester haber estudiado clásicas para optar a un puesto en el gabinete del Primer Ministro, ahora el criterio más seguro es aumentar los seguidores de un político en Instagram.
La lectura que hace Kidd está caracterizada tanto por su oposición a Thatcher, cuyo periodo califica de crítico, como por la lógica de la decadencia, a la que me sumo. Y es que, cuando uno atiende a la evolución de la enseñanza universitaria, caben dos conclusiones: el pesimismo o el más esperanzado optimismo.
Como muchos, desde Allan Bloom hasta Gregorio Luri, soy de los que piensan que las aulas han cesado de ser el templo del saber y, con ello, dejado de funcionar como un ascensor social. Para que el público se haga una idea de la crisis: ¿cómo puede seguir apostándose por los centros de educación superior si ya no se valora la búsqueda del saber por sí mismo?
En este sentido, si se atiende al desarrollo histórico de esta institución nacida en la Edad Media, uno se dará cuenta de que es difícil mantener su idiosincrasia si el ethos y la cultura colectiva que explican su nacimiento han desaparecido. No sé si es la edad o esa crisis propiciada por el final de curso, pero tiendo a pensar que o cambian mucho el entorno y se transforman los valores o la universidad durará lo que dure el presupuesto público.
“Si antes era menester haber estudiado clásicas para optar a un puesto en el gobierno, ahora el criterio más seguro es aumentar los seguidores de un político en Instagram”
Hay otra interpretación, claro está. Porque hay profesores y gestores que creen que la universidad debe adaptarse a los tiempos, a las nuevas generaciones y a los vaivenes del mercado laboral. Así, saludan con grandes gestos y todo tipo de parabienes las métricas, los comités de calidad, la penetración violenta de la nueva pedagogía, a pesar de que, como cualquiera puede acreditar, los profesores saben cada vez menos y los alumnos llegan y salen cada vez peor preparados.
De hecho, una de las aportaciones del libro de Kidd es precisamente la de subrayar que la universidad ha perdido su liderazgo social y político. Aunque parezca utópico, en un momento era desde las aulas hacia donde se miraba para orientarse en el mundo. Hoy, por el contrario, se mira con mucho más interés y sobrecogimiento al mercado.
Dos apuntes, para finalizar. ¿Dónde puede estar la respuesta? Lo principal es que la universidad insufle respeto y admiración por el saber. Si deja de convertirse en el lugar prioritario para hacer política y, simple y llanamente, consigue que quienes pasen por su paraninfo aspiren al conocimiento, habrá sembrado esperanza para el futuro.
Por otro lado, no nos llevemos a engaño: es importante la investigación, pero hoy la universidad es un sitio donde principalmente se enseña. Si no se atiende la docencia, todo el edificio se desmorona. Tarea no falta.














