SpaceX quiere «sacar la ficción de la ciencia ficción y crear un auténtico Star Trek» que permita impulsar la vida interplanetaria.
Esa es la frase que Elon Musk, propietario de la compañía aeroespacial, pronunciaba durante el debut bursátil de la compañía este viernes. Una visión de pensar fuera de la caja que a muchos les resulta excéntrica pero que le ha convertido en la primera fortuna del mundo con un patrimonio superior al billón de dólares.
No es que sea el hombre más rico del mundo. Es que su fortuna es superior a la del 90% de los países del planeta. Y está por encima del PIB de países como Suiza, Taiwán o Suecia.
Para entender la magnitud de lo que hablamos: Musk podría comprar de golpe 25 millones de Tesla Model 3. Automóviles que fabrica una empresa de su propiedad, por cierto.
Con estudios de física y economía en la Universidad de Pensilvania, ElonMusk ha hecho buena parte de su fortuna gracias a SpaceX. Fundada en 2002 tras vender PayPal, fundó la compañía tras darse cuenta de que el problema de la industria aeroespacial no era el coste de los materiales, sino la ineficiencia de la industria.
Dicho y hecho. Se puso a trabajar para lograr una compañía que pudiera lanzar cohetes al espacio a un coste diez veces menor que el de la NASA. Para ello, buscó fabricación de componentes que pudieran ser reutilizables misión tras misión. Todo ello con un objetivo: hacer multiplanetaria la humanidad.
Tras varios intentos fallidos, en 2008 Musk se quedó sin dinero. Sin embargo, el cuarto modelo de Falcon 1 se convirtió en el primer cohete de financiación privada con combustible líquido en alcanzar la órbita.
Un éxito que le permitió ganar un contrato de 1.600 millones de dólares con la Nasa, y que le sirvió para poder centrarse en el Falcon 9, un cohete más grande y ambicioso.
Pronto Musk se dio cuenta de que esos cohetes podrían servir como una plataforma de lanzamiento de satélites. ¿Objetivo? Crear una constelación satelital de comunicaciones que fue el germen de Starlink.
Pero los negocios del hombre más rico del planeta van mucho más allá del espacio. Es dueño del fabricante de automóviles eléctricos Tesla; de Neuralink, una empresa centrada en neurología; de The Boring Company, que busca el desarrollo de túneles de alta velocidad para reducir el tráfico urbano.
Y por supuesto, X, la antigua Twitter, en octubre de 2022. Una operación de 44.000 millones de dólares que se convirtió en un culebrón financiero y político que generó polémicas en cascada.
Tras una opa hostil que el consejo de Twitter acabó aceptando, Musk se dio cuenta de que las redes sociales no eran lo que aparentaban. Así que intentó frenar la operación en distintas ocasiones, sin que la jugada saliera adelante.
Así que decidió arremangarse y comenzar los cambios. Despidió a los directivos, recortó el 80% de los empleos de la compañía y exigió a sus trabajadores «largas jornadas a alta intensidad» si no querían ser despedidos.
Después vino el cambio de modelo. Del todo gratis a casi todo de pago. Y a continuación comenzó a lucir la bandera de la libertad de expresión. Hizo una amnistía general a cuentas que habían sido baneadas. Aunque al mismo tiempo -en 2022- comenzó una caza de brujas entre periodistas críticos con su figura.
Porque Musk trasciende lo empresarial. Sus máximos defensores lo ven como un visionario, un ingeniero pragmático capaz de romper los estándares tradicionales -como ha hecho con SpaceX o con Tesla- optimizando las cadenas de producción desde los materiales básicos.
Sin embargo, es un personaje que también tiene cientos de miles de detractores, especialmente tras su irrupción en el tablero político internacional.
Musk pasó en pocos años de ser un emprendedor de SiliconValley que donaba dinero a demócratas y republicanos a ser un actor geopolítico clave con una agenda ideológica muy clara.
Fue uno de los pilares del movimiento MAGA (Make America Great Again) que lideraba Donald Trump, a cuya campaña inyectó decenas de millones de dólares.
Un apoyo que le valió para ser nombrado máximo responsable del DOGE, el Departamento de Eficiencia Gubernamental, para recortar miles de millones de dólares del presupuesto federal estadounidense.
Su aventura en la administración terminó en mayo de 2025, casi 130 días después de su llegada como Empleado Gubernamental Especial. O lo que es lo mismo, días antes de que la ley le obligara a vender todas sus empresas para evitar un problema de incompatibilidad.
Ahora bien, las tuvo tiesas con Donald Trump a cuenta de los Presupuestos. Justo antes de su salida calificó de «abominable» y «gasto masivo» el aumento del déficit por parte del Gobierno, lo que desembocó en una guerra en redes con el presidente.
El hombre más rico del mundo es también uno de los principales luchadores contra lo que él llama el «Woke Mind Virus« (el virus del pensamiento woke), al que considera una amenaza existencial para la civilización occidental.
Todo ello por no hablar de las críticas que han surgido contra él por su papel en Ucrania y Taiwán a través de Starlink. La constelación satelital le otorga un poder diplomático y militar que tradicionalmente tienen los estados.
Su polémica más grave estalló cuando se reveló que Musk ordenó apagar la cobertura de Starlink cerca de Crimea para frustrar un ataque sorpresa del ejército ucraniano con drones marítimos contra la flota rusa. Hay algunas investigaciones periodísticas que lo vinculan con conversaciones secretas con el presidente ruso, Vladimir Putin, y con el líder chino, Xi Jinping.
Todo ello al margen de ser acusado de utilizar Twitter para dar pie a todo tipo de conspiraciones.












