El prefijo telefónico 928 se ha convertido, en los últimos años, en un símbolo para reivindicar la identidad grancanaria. Los cantantes del Archipiélago lo incluyen en sus canciones, sus tatuajes y camisetas. Los dueños del restaurante 928 Capital en el Teatro Cuyás consideran que es una forma moderna de apelar a la identidad canaria. «Lamentamos decirle a Quevedo que nosotros fuimos antes», bromea uno de los propietarios, Gilberto Santana sobre el nombre de su local. En la carta, la esencia canaria se junta con los sabores del mundo dando a luz a una experiencia que no sabe a ninguna cultura gastronómica concreta, sino que crea un mundo nuevo de sabores.
Detrás del proyecto está la pareja constituida por Gilberto Santana y Héctor Carrasquillo, que abrieron en el Teatro Cuyás el pasado septiembre. Sin embargo, su recorrido se remonta una década atrás, cuando abrieron el primer 928 en San Agustín, y luego, se mudaron al Teatro Pérez Galdós, donde trabajaron tres años.
«Un oasis en medio de Triana»
Ahora, en el Cuyás han conseguido asentarse en lo que ellos consideran un «oasis en medio de Triana». «Esto es un lugar clásico de toda la vida», afirman. Precisamente la decoración está pensada para generar cercanía a los clientes, a través de paredes oscuras para que el ambiente se sienta como «en casa». «Yo lo llamo el apartamento 928, porque realmente tiene elementos más residenciales como la lámpara o la cajonera, pero en un espacio comercial», explica Santana.
El bocadillo de calamar, ‘de Madrid a Hanoi en guagua’. / Andrés Cruz
Una vida de trotamundos
Los libros de cocina colman los rincones del apartamento-restaurante, aunque al mirar con más detenimiento es posible encontrar unos pocos dedicados al mundo de la moda. Son estos los que delatan el pasado profesional de la pareja, ya que ambos se conocieron trabajando como diseñadores de tienda en Nueva York. Sin embargo, se cansaron del mundo de la moda, y lo que fue una crisis vital se convirtió en un nuevo proyecto empresarial. Buscaban un cambio de rutina en una tierra en la que el clima acompañara, y así llegaron hasta el Sur de la Isla, ya que Gilberto ya conocía Canarias porque nació en Arucas, aunque a los 10 años se mudó a Venezuela. «Yo soy canario, pero básicamente extranjero», explica. Héctor, en cambio, nació en San Juan, Puerto Rico y a los cuatro años se mudó a Florida, Estados Unidos. Tras graduarse del instituto comenzó un largo viaje por diferentes estados entre los que cuenta Texas, Filadelfia o Pennsylvania, entre otros. Finalmente, se asentó en Nueva York, donde colaboró con marcas de alta costura como Giorgio Armani, Hugo Boss, Dolce & Gabbana, Escada o Mulberry.

Croquetas de batata, chorizo, alioli y miel de caña. / Andrés Cruz
La moda era el sector que conocían hasta ese momento, pero al verse en la tesitura de buscar otra profesión, decidieron volcarse en la hostelería: «Nos gustaba la idea de un restaurante porque se nos daba bien entretener». Solían organizar cenas para 20 o 30 personas en su casa o incluso en la de amigos. «Hacíamos siempre eventos y nos gustaba tanto, que pensamos en hacerlo nuestro modo vida», dice Santana. Además, le atraía la idea de llevar a Canarias los sabores que habían descubierto por el mundo. «Queríamos que la gente tuviera la oportunidad de tener esas experiencias», afirma.

El ceviche maya hecho con langostinos. / Andrés Cruz
Carta internacional
Sus viajes por el mundo han creado un menú eminentemente internacional, que definen como una mezcla de culturas gastronómicas de capitales del mundo. Algunos de los platos que destacan son las croquetas de batata, chorizo, alioli y miel de caña; el bocadillo de calamares saharianos extra crujientes con salsa tailandesa o el ceviche maya elaborado con langostinos, cebolla encurtida, tomate, aguacate, zumo de lima y aceite de ajo. «No reinventamos la cocina, cogemos recetas ya existentes de diferentes culturas y las mezclamos», detallan.
Héctor Carrasquillo es el encargado de confeccionar las recetas cuya inspiración son sus viajes. Antes de servirlo al público, todos en cocina prueban la receta para darle el visto bueno democráticamente. Asimismo, los platos pasan una segunda fase de cata de la mano de los clientes más fieles, que para el restaurante son como amigos. «El eslogan del 928 es que los clientes se hacen amigos, y los amigos se hacen familia», afirma.
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