Caetano Veloso salió anoche al Movistar Arena con la calma de quien ya no necesita convencer al público. Y, precisamente, por ello, pudo demostrarlo todo. A sus 83 años, el genio brasileño apareció pequeño de cuerpo y enorme de presencia, con esa elegancia suya que no hace ruido hasta que pisa el escenario. No hubo gesto grandilocuente, sino algo más conmovedor: un hombre cantando con la precisión de quien sabe que cada palabra puede ser la última que muchos escuchen de él en directo. Madrid lo recibió con una mezcla de devoción y gratitud, como si el público hubiera acudido a una despedida que nadie se atrevía a nombrar del todo. Es probable, quién sabe, ojo, que este haya sido el último concierto de Veloso en España. Pronto cumplirá 84, se reconoce cansado y, aun así, anoche cantó como si la belleza fuera todavía una forma de resistencia física.
“Qué belleza, Madrid. Mis canciones hablan de cosas que suceden en el mundo y no son fáciles. Así seguimos”, dijo emocionado. Enfundado en una camiseta amarilla, fue desmenuzando un cancionero de lo más ecléctico. Arrancó con Branquinha y, a partir de ahí, poco a poco, fue prendiendo la mecha de un pasado que suena muy presente. De hecho, no necesitó imponerse al Movistar Arena: lo fue domesticando con cierta nostalgia, bajando el volumen emocional hasta obligar a todos a escuchar más cerca. Ahí estuvo el milagro. En un espacio acostumbrado a la épica, él eligió la delicadeza como arma de conquista. Su voz, más frágil que en otros tiempos, pero intacta en intención, avanzó por el repertorio con la dulzura y el peligro que le han vuelto inclasificable. Cuando aparecieron piezas como Vaca profana, Divino maravilhoso y Sozinho, no sonaron como reliquias, sino como temas que todavía tienen temperatura en las manos. Lo mismo ocurrió con los pasajes de Meu coco, su último álbum, publicado en 2021, de mensaje limpio y urgente, reivindicando su identidad cultural y la no violencia.
Caetano Veloso ha arrancado el concierto de Madrid con ‘Branquinha’. / EUROPA PRESS
Veloso cantó anoche desde la memoria de quien aún se siente contemporáneo. Esa es, quizá, la clave de una carrera que atravesó la bossa nova, la samba, el rock, el pop y la psicodelia sin quedarse atrapada en ninguno de estos términos. Fue líder del Tropicalismo junto a Gilberto Gil, Gal Costa y Tom Zé, entre otros, y pagó la osadía de aquel movimiento con cárcel, confinamiento y exilio durante la dictadura militar brasileña. Ahora bien, anoche, frente a un Madrid ojiplático, no compareció como una página noble de la historia cultural del siglo XX, sino como un creador todavía en movimiento. Hubo guitarras que abrieron huecos de electricidad, percusiones que devolvieron el cuerpo al centro de la sala. Su manera de frasear hizo que incluso las letras más conocidas parecieran dichas en voz baja por primera vez. Matices que despertaron la euforia colectiva intermitentemente a lo largo de la velada.
Lo más emocionante no fue comprobar que Caetano conserva oficio, repertorio y aura, sino asistir a la forma en que administra su fragilidad. A veces, se apartaba del micrófono y dejaba respirar a los músicos. Otras, cerraba los ojos y apenas movía los brazos. Hubo instantes, incluso, que la luz lo recortaba con una belleza casi cinematográfica. La suya ya no es una voz joven y sería absurdo pedirle que lo fuera. Ha vivido lo suficiente como para no tener que embellecer las heridas que esta ha paladeado. En sus canciones caben el deseo, la ironía, el pensamiento, la ternura… y una idea muy brasileña de la alegría, entendida no como evasión, sino como una forma de conocimiento. Tal vez, por ello, este jueves, el concierto no fue triste, aunque estuviera atravesado por la posibilidad del adiós. Fue luminoso y delicado. Moderno. En efecto, pura belleza.

El de Madrid es el único concierto en España de Caetano Veloso. / EUROPA PRESS
No paró quieto, llevando concienzudamente el ritmo con la mano izquierda. Estuvo magnético, ciertamente pletórico. Y, al final, tan dicharachero, se marchó del escenario sin cerrar del todo la puerta, pues los artistas como él no se van nunca de una manera limpia. Siempre permanece una sílaba a destiempo, un golpe de samba y un eco de Bahía en la memoria de quienes entendieron que la cultura brasileña no se explica sin su audacia. Más de 50 discos, 13 Grammy Latinos y una vida entera pensando el mundo desde la música no bastan para resumirlo. Como tampoco una noche en Madrid, aunque por momentos lo pareciera. Veloso convirtió su único concierto en España en una celebración sin solemnidad, un acto de honor entre un patriarca que no quiere ser reliquia y un público que lo miró con el corazón henchido de nostalgia. La vida es más bonita si la canta Caetano Veloso.











