No sé qué da más miedo, si un poderoso cruel o un tonto con poder. Se encontraron los dos en la China moderna, nada que ver con aquel país gris de campos de arroz y fábricas humeantes. Unos bajaron del avión y otros los recibieron. Ambos pasaron revista a las tropas y se hicieron una foto que parece sacada cuando Mao iba en pantalón corto: una pila de hombres todos, sonrientes ante la cámara, altivos los de un lado, prudentes los del otro, cosas de las costumbres y los usos.
Se toparon, en fin, una cultura de más de cinco mil años con otra que ahora celebra el ducentésimo quincuagésimo aniversario, perdón por la pedantería, pero estoy harto de escuchar a políticos y locutores que tal o cual partido celebra su “doceava” asamblea, carajo, que eso fue siempre el partitivo y solo vale para las tartas de manzana y el Trivial. Vuelvo a mi discurso que ya tengo una edad y suele írseme el baifo con frecuencia.
En la cumbre chino-americana el presidente Xi Jinping advirtió (en su boca sonaba a amenaza) a su invitado del peligro de caer en la trampa de Tucídides, que no es otra que el miedo que tienen las potencias dominantes a las potencias emergentes y que suele acabar en guerra preventiva. Tucídides se refería entonces a Esparta y Atenas, pero las tragedias tienden a repetirse y, qué quieren, ya hemos llenado el cupo de guerras este cuarto de siglo.
El invitado, claro, solo entendió o creyó entender la palabra “trampa”, y tal vez pensó que el otro se estaba refiriendo a él, por eso asintió y sonrió y casi se ruborizó. Luego el presidente chino exhortó a su homólogo a olvidarse del todo de Taiwán, si quería tener la fiesta en paz.
El neoyorquino puso cara de preguntar ¿Taiqué?, pero siguió a lo suyo, que era confesar su entusiasmo y su respeto por el anfitrión. En verdad lo que admira y respeta Trump es la idea de eternizarse en el trono, de no tener que pasar más por engorrosas elecciones, qué gran sistema político es el chino.
Resulta curioso ver cómo trata a políticos elegidos en las urnas (Zelensky, Macron, Tusk, el primer ministro japonés a quien tuvo la desfachatez de recordarle Pearl Harbour) y cómo se solaza cuando habla de Putin, Kim Jong Un y el propio Xi, que por cierto, unos días después de la visita del “americano imposible” recibió al jefe supremo ruso y puso a parir a Trump y a su guerra de Ormuz.
Uno no puede menos que evocar al gran Gila. “¿Es el enemigo? ¿Van a atacarnos muchos? Hala, qué bestias. No sé yo si habrá balas para tantos. Bueno. Nosotros las disparamos y ustedes se la reparten.” Vaya tropa.
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