Es de plástico. Y está un poco carcomida. Posiblemente, fue una herencia de los abuelos que ya no están. Huele a casa, almacena recuerdos. Hay confesiones que sólo ella ha escuchado. Y, aunque vale poco, acumula tanta vida que duele añorarla en la distancia. Aquella silla blanca, al fresco, tan típica de puertas para fuera, resume a la perfección el hito que Bad Bunny está protagonizando.
Es un símbolo de clase, la divisa del Caribe. Allí, entre guanábanas y parchas, al son de un abanico, esta Rimax, como la llaman en Puerto Rico, se ha convertido en parte del ecosistema. De hecho, aparece en la portada de Debí tirar más fotos, su último álbum. Es su raíz. Por ello, impresiona tanto ver lo que Benito Antonio está logrando: su banqueta, en el fondo, es la de todos, una carta de amor a quienes fuimos y que, poco a poco, tristemente, hemos ido desatendiendo.
Anoche, en el primero de los 10 conciertos que dará en Madrid, aquellos cafés, risas, besos, libros y duelos en torno a ella afloraron de golpe. Y, al instante, la multitud comprendió por qué su música se ha vuelto universal: no hay nada más valioso que nuestra memoria. Y él la lleva por bandera.
Este sábado, frente 55.000 personas, aquella sillita no estuvo presente, pero fue imposible olvidarla. Sobre todo, teniendo en cuenta la fiesta boricua que montó. Le bastó un segundo literalmente para levantar un Metropolitano en éxtasis. Ahí, trajeado, mirando al horizonte serio, el artista empezó a desmenuzar su historia con La mudanza.
Un viaje al pasado para entender lo que hoy está pasando a su alrededor. “De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo. Dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo”, cantó exultante. Este sentimiento de desarraigo, almibarado por la salsa y el dembow, no es una herida exclusiva de Bad Bunny, también de todo aquel que ha dejado su país hipotecando su futuro. Quizá, por ello, a pesar de la mala acústica, buena parte del público gritó la letra como si fuera suya.
Con un discurso orgullosamente latino, está reivindicando su identidad y su idioma por todo el planeta. Ha colocado la cultura puertorriqueña en el centro de la historia. Y, claro, en plena eclosión de lo hispano, él ha sabido hacerse único. Estuvo mayúsculo. Exultante. A veces, era difícil distinguir su voz del gentío que le arropaba.
Ahora bien, nadie puso en duda su capacidad para llevar las canciones a otro nivel. Fue directo, sin enredarse en palabras: habló de migración, colonialismo y familia con tal claridad que, pese a las imperfecciones vocales, dejó temblando el estadio. Esa conciencia social le ha acercado a la gente.
De ahí que, aunque no vistan ni vivan como él, lo sientan suyo, sin muros. El primer tramo fue apoteósico: Pitorro de coco, Turista, Baile inolvidable, Nuevayol… Una detrás de otra. Sin parar. Fue tal el fervor despertado que, entre saltos y aplausos, la grada parecía caerse. Un terremoto tropical que se extendió durante tres horas. El calor que está asfixiando la capital añadió el puntito exótico que faltaba para rematar la velada.
“Ésta no es cualquier noche con ustedes, así que espero que me canten bien, por favor. Quiero que me recuerden cómo es Madrid”, dijo desatando el delirio colectivo. No sería la última vez que la masa le respondería al unísono. Cualquier gesto era suficiente para vitorearle. Flanqueado por Los Sobrinos, su banda de 16 músicos, lideró un ejercicio salsero de lo más fascinante.
No obstante, los nervios estaban puestos en La Casita, el escenario secundario al que están subiéndose los rostros del momento. Ahí estuvieron, entre otros, Ester Expósito, Isi Palazón, María León y Ana de Armas a ritmo de reguetón. El aluvión de éxitos les dejó exhaustos: la pegajosa Tití me preguntó, la chisposa Neverita, la puntillosa Yo perreo sola… Al principio, la estampa era divertida. Pero, al rato, tras subirse al tejado y abandonarlos abajo, llegó a ser tediosa. Su desidia les delató.
Le encanta jugar
El Bad Bunny de la Superbowl que tanto escoció a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en febrero, llevaba siete años sin pisar Madrid. La última vez fue en 2019, como cabeza del festival Río Babel. Por lo que la expectación era absoluta. Además, como ya hizo Taylor Swift en su última gira, para captar aún más atención, en cada fecha tocará un tema sorpresa. En esta ocasión, rescató Adivino, con Myke Towers.
El preludio ideal a Café con ron, donde retomó el hilo tradicional con el que arrancó la noche. Sin duda, el mejor segmento. Y, para ello, regresó a la tarima inicial, afrontando el final con un rico cóctel de himnos. “Qué obra de arte, sé que prometí que iba a alejarme”, gritó hasta el infinito en Kloufrens. La nasalidad que incorpora a ciertos versos de repente le dan otras lecturas a sus temas, haciéndolos diferentes, provocando reacciones.
Le encanta jugar. Se nota. No en vano, cada tarde, se alía con una veintena de bailarines que le permiten recrear aquellas tardes a la sombra de las ceibas. Magnéticos como pocos, recuperaron el folclore caribeño que ha encumbrado al Conejo malo, como le llaman sus fans, en su último elepé.
“Quiero que disfruten de las cosas pequeñas de la vida. Pásenlo bien”, subrayó. Debí tirar más fotos, publicado en enero de 2025, ganó el Grammy al álbum del año. Y, en España, alcanzó el número 1, despachando 280.000 copias. Se estima que, en total, se han vendido 10 millones por todo el mundo. Un milagro que el joven Benito Antonio, mientras trabajaba de cajero en un supermercado, de sol a sombra, jamás hubiera soñado.
Anoche, al despedirse, no regaló una moraleja, sino una imagen: la de una silla blanca que parecía ausente y que, sin embargo, ay, lo sostenía todo. En ella cabían los abrazos, bananos, chascarrillos, sobremesas y jugos a los que hoy dedica su música. Madrid la entendió sin verla. Porque todos tenemos una silla así: barata, gastada, incómoda… pero nuestra. Una silla donde todavía se sienta lo que fuimos.












