En algún momento habrá que desbaratar el montaje de que la organización criminal en la que se ha embarcado a Zapatero es un escándalo de izquierdas. Estudiando con devoción el ‘casting’ de la trama, no aparece un solo sospechoso de filiación progresista, salvo que se quiera incrustar en esta ideología a una Delcy Rodríguez al servicio de Donald Trump. Abundan los bufetes de abogados de postín, altos ejecutivos con una docena de relojes suizos en casa, entidades bancarias irreprochables, sociedades instrumentales, intermediarios borrachos de capital, el gran dinero. La primera conclusión del escándalo confirma que el expresidente del Gobierno es el único rojo de la trama.
Aldama se infiltró en ministerios del PSOE y Zapatero se coló en el templo de la corrupción de derechas, a veces denominada simplemente «economía de derechas». Provoca ternura imaginar al incauto que no se levantó al paso de la bandera estadounidense, postrado ahora ante la caverna más corrupta del planeta. Debido a la hegemonía conservadora en la trama, es inevitable que el escándalo arrastre con fuerza a la derecha española. En ese preciso instante, se relativizarán muchos de los crímenes que hoy se pregonan con enérgica convicción, y aparecerá la crema protectora de que «no todo lo que hicieron era delictivo por definición».
Ningún texto debe justificarse, pero quede claro que no se practica aquí el desviacionismo cobarde de quienes acusan por principio al PP, y no ven una viga en el ojo del PSOE. Al contrario, Sánchez debió disolver la legislatura al minuto de enterarse de la implicación de su promotor, además de cancelar la Sepi y de poner en cuarentena a todos los eslabones que arrojaron 53 millones no devueltos a la basura. Generalizando, el deslizamiento de Zapatero hasta el núcleo de un consorcio de ultraderecha demuestra que el chavismo no fue una alternativa a la oligarquía, sino una división de sus efectivos. Las revoluciones también son de derechas.
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