Esta primavera se cumplen 80 años desde que la junta ejecutiva del Comité Pro Refugiados Antifascistas fue llamada a declarar en Washington. Se trata de un acontecimiento relevante por dos razones: porque esta asociación neoyorquina fue la presa temprana del Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC) que persiguió muy pronto a muchos grupos y ciudadanos -como los famosos Diez de Hollywood-, pero también porque entre los encausados había dos españoles: el comerciante aragonés Manuel Magaña y la bibliotecaria burgalesa Ernestina González.
Diecisiete personas fueron citadas el 4 de abril de 1946 para presentar testimonio y entregar toda la documentación y libros de esa asociación que ayudaba a los refugiados españoles y a sus familias. Su presidente era el cirujano Edward Barsky que había viajado a España durante la Guerra Civil con un grupo de enfermeras norteamericanas, material médico y ambulancias donadas por asociaciones neoyorquinas que apoyaban a la República española. Terminado el conflicto, Barsky y un grupo de colaboradores entre los que se encontraba Ernestina González fundaron ese comité humanitario con un objetivo claro: «Mientras quede un refugiado español o miembro de las Brigadas Internacionales en un campo de concentración en peligro o con necesidad de ayuda, donde quiera que esté, nosotros se la daremos«.
‘Los diecisiete’ convirtieron ese largo día en Washington en una protesta y se plantaron ante el HUAC con una respuesta unánime. Leyeron un documento idéntico en el que se negaban a entregar la documentación para proteger a sus donantes, a los refugiados y a sus familias. Lo hicieron repitiendo la misma fórmula: «Individualmente no tengo posesión, custodia o control de esos documentos que se me solicitan y no puedo entregarlos«. Se trataba de una cuestión de principios puesto que afirmaron que presentarían sus libros al Gobierno o a cualquier asociación ciudadana, pero no al comité.
Fueron las primeras víctimas de una caza de brujas que acababa de empezar y que convertiría luego a miles de estadounidenses en sospechosos de ser «subversivos» y «antiamericanos». Los miembros del HUAC trataron de probar que la organización se dedicaba a la propaganda subversiva en vez de la ayuda humanitaria. La persecución estaba en marcha y pronto llegaría un periodo marcado por un ambiente viscoso: algunas personas de izquierdas cubrirían las tapas de los libros para que no se supiera qué estaban leyendo, tacharían los nombres de sus amigos de su agenda telefónica para no perjudicarlos o se mudarían con toda la familia a México en pleno macartismo.
En ese grupo había médicos, profesores, directores de cine y abogados. Además de Barsky, González y Magaña, en esa asociación trabajaban codo a codo el director de cine Howard Fast, la sindicalista Charlotte Todes Stern y la abogada Ruth Leider. Al enfrentarse al HUAC eran conscientes de lo que les esperaba: la mayoría fueron despedidos, perdieron sus licencias y sus trabajos.
«Si es delito ayudar a las víctimas del fascista Franco, entonces soy culpable», declaró Ernestina González
Manuel Magaña regentaba con su cuñado una ferretería en Harlem, presidía el Club Obrero Español, era miembro del Comité Pro Democracia Española y había viajado en 1943 a México con Ernestina y Barsky para participar en la Convención de la Solidaridad con el Pueblo Español. Su compromiso antifranquista era firme y sufrió un duro interrogatorio en el que le le amenazaron diciendo que estaba «frotándose las narices contra la puerta de la prisión«.
Ernestina González Fleischman adquirió la nacionalidad norteamericana tras casarse con el ingeniero de minas neoyorquino Leo Fleischman. En 1926 llegó a Nebraska para trabajar como lectora de español en la Universidad de Lincoln. Se casaron en Queens y se mudaron a Madrid. La trágica muerte del esposo mientras trabajaba como voluntario en una fábrica de armas marcó su destino y la viuda se instaló en la Gran Manzana con su suegra para luchar por la causa republicana.
Su empeño duró casi dos décadas: fundó en 1937 los Comités Femeninos Unidos, era miembro del Comité Pro Refugiados Antifascistas, colaboraba en la prensa, dirigía un programa de radio y tenía un inglés impecable que le permitió afrontar con ironía las preguntas de la HUAC. Ofreció respuestas sucintas, pidió más de veinte veces hablar con un letrado y su testimonio refleja que hizo muy poco esfuerzo por colaborar. Por momentos el interrogatorio tomó tintes surrealistas y algunas de sus respuestas hicieron perder la paciencia de los interrogadores: «Pienso que esa pregunta no es pertinente, pero si usted cree que lo es entonces quiero consultar con mi abogado«, declaró.
Pena de cárcel
Todos fueron condenados por desacato y el grupo que se mantuvo firme hasta el final lo formaron trece ciudadanos (ocho hombres y cinco mujeres) entre los que se encontraban Magaña y González. Fueron sentenciados a tres meses de cárcel y el cirujano Barsky a seis. Magaña entró en prisión en junio de 1950 y el día de su internamiento algunos veteranos de la Brigada Lincoln se manifestaron frente a la Casa Blanca con pancartas que decían: «Franco fue un compinche de Hitler«.
Howard Fast publicó un escrito donde explicaba los principios por los que se negaban a entregar sus libros: «No se puede obligar a los ciudadanos norteamericanos a convertirse en delatores e informantes«. Ernestina y la secretaria de la asociación, Helen Bryan, fueron las últimas en ingresar en la cárcel de Alderson en Virginia. La prensa publicó sus declaraciones después de conocer la sentencia: «Si es un delito ayudar y defender a las víctimas del fascista Franco entonces soy culpable. Espero que se reconozca que mis compañeros y yo somos víctimas de los amigos de Franco en EEUU«.
En 1955 se disolvió el Comité Unido Pro Refugiados Antifranquistas. Ernestina González se exilió en México y falleció en Madrid en 1976. Manuel Magaña siguió regentando su establecimiento y viviendo en el Bronx. Documentos del archivo familiar reflejan que en los años 60 aún enviaba ayuda y cajas de ropa a presos políticos y a familiares en Laviana (Asturias). Los dos se mantuvieron siempre fieles a sus ideas y su compromiso con la democracia. El Comité de Actividades Antiamericanas se abolió en 1975.
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