JAVIER PUGA LLOPIS | Gatsby en Madrid

En ocasiones las circunstancias le hacen a uno descubrir su ciudad desde el otro lado del espejo, con los ojos de esos ricos forasteros que habitan entre nosotros, desarraigados fiscales que viven a caballo entre varios países y de los que no se sabe dónde pagan sus impuestos, ni si pagan impuestos. Billonarios nómadas que responden lacónicos al «¿A qué te dedicas?» con un «trabajo en banca». Y ahí se acaba la conversación, pues, para evitar seguirla, el susodicho oligarca se afanará en pedir otra botella de champán al camarero. Decía que me encontré, de rebote, en una cena en un restaurante de Madrid, de esos a los que hace apenas diez años todavía se podía ver a una Infanta de España, y en los que hoy, con suerte, sólo reconocerá a algún mediocentro del Atlético de Madrid. Presidía la mesa en majestad un simpático “banquero” de origen persa, escoltado por dos tipos españoles de nombre balcánico y bíceps y corte de pelo como los de Ilia Topuria. Hablaban -poco- con el deje del sur de Madrid y esa corrección del que se sabe invitado y fuera de lugar. Comían sosteniendo el cubierto a su manera, la de alguien que quizá ha pisado presidio, pero a quien no le chirría el caviar. Decían que trabajaban “en la noche”, una preposición que lo dice todo y no dice nada. Completaban la mesa una princesa india, un galerista con sobrepeso, un joven financiero residente en Mónaco idéntico al chino de “El Amante” de Jean-Jacques Annaud, y el que esto firma, con su novia. Todo era un divertido disparate. Al acabar la cena, nos esperaba un minibús VTC en la puerta, grande como para hacer una rúa y celebrar una Champions. Toda la coreografía de ese sindiós la dirigía nuestro amigo persa con precisión suiza desde su teléfono. En cinco minutos estábamos en el reservado de una conocida discoteca, protegidos por dos guardaespaldas que el banquero había contratado -por si se liaba entre émulos de Scarface, digo yo-. Varios camareros iban y venían con botellas de champán luminiscentes, seguidos de una cohorte que celebraba la comanda con pistolas de jabón y mucha fanfarria. Al poco, desembarcaron en aquella tarima unas quince señoritas también de la noche. De pronto me sentí en el parador de Teruel o en una mancebía camboyana. Mientras tanto, el Gatsby persa fumaba narguile en un rincón, satisfecho y algo ajeno al lío que había montado. Aparecieron gorrones sedientos que le saludaban con esa forma de estrechar la mano que más parece un pulso que un salam, y que apenas conocían su escueto nombre musulmán de cuatro letras. Como Gatsby, parecía disfrutar del hecho de que otros disfrutaran de su lasciva generosidad, mientras se decapitaban botellas de champán con nombre de abate medieval. Salí a fumar y pegué la hebra con dos vivaces saudíes que celebraban la fiesta del cordero en aquel lupanar, y que ya saldarían sus pecados extraterritoriales con algún peregrinaje a La Meca. En ese momento no tuve claro si estaba en Chamberí o en Mayfair, pues Madrid se ha convertido en una ciudad global como todas las demás ciudades globales, un transatlántico navegando a velocidad de crucero hacia ese iceberg de asepsia que trae el dinero nuevo. Sentí nostalgia de aquel otro Madrid más canalla y mesetario en el que todo era más auténtico y menos hortera, una capital de la noche con tribus urbanas definidas y de territorio delimitado como el de los Danakil, donde nadie abrevaba en pozo ajeno. Salamanca o Chamberí era la región de Afar de niños pijos de pelazo frondoso, mocasines de borlas, cinturón de polista argentino y camisa de Ralph Lauren, y de niñas de colegio de pago que nunca acababan de soltarse la melena, pues la tradición y el qué dirán seguía tirando fuerte de sus bridas, mientras sonaba El Canto del Loco o Los Nikis de fondo. Chicos y chicas que se verían el domingo en misa de ocho en los Carmelitas de Ayala, tras la cual seguiría el cortejo, con vocación de trascendencia para ellas y de magreo para ellos. Esa gente sigue existiendo, qué duda cabe, y por si acaso ya se encargó Manuel Longares de inmortalizarlos para la eternidad en «Romanticismo», pero ya no dominan una escena nocturna que han copado los nuevos Gatsbys que aquí moran, pues Madrid DF es hoy prioridad nacional para los billonarios de este mundo, tan coloridos y pródigos como capaces de volver anodino lo que antes tuvo un sabor quizá más rancio, pero también más nuestro.

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