Cumplí los diecisiete el 9 de agosto de 2000 y utilicé el dinero de Epstein para alquilar y amueblar un apartamento en una tercera planta en Royal Palm Beach, a unos cinco kilómetros de Rackley Road. Michael se mudó conmigo, aunque para entonces nuestra relación era de mera conveniencia. A veces comíamos una pizza del Domino’s juntos en el sofá. Y cuidábamos de nuestros animales, entre los cuales había ahora una cachorrilla en miniatura de chow a la que llamé Mary-Jane. Pero no hablábamos mucho. Cabe decir que Michael nunca me preguntó por qué alguien me pagaba por hacer un trabajo que no sabía hacer.
Desde el principio, Epstein y Maxwell me hicieron cumplir la promesa de estar disponible en todo momento. Algunos días me llamaban por la mañana. Y yo me presentaba allí, realizaba los actos sexuales que a Epstein le apeteciera, y luego me quedaba holgazaneando en su inmensa piscina mientras él trabajaba. Al cabo de unas horas normalmente me requería para volver a tener sexo. Si Maxwell estaba presente, a menudo también me pedían que satisficiera sus necesidades sexuales. Tenía una caja llena de vibradores y juguetes sexuales a mano para estas sesiones. Pero nunca me pidió que mantuviéramos relaciones las dos solas, únicamente cuando estábamos los tres. A veces también había otras chicas y yo acababa pasando el día en El Brillo Way.
Virginia Roberts Giuffre con una foto de ella de adolescente, cuando empezó a ser abusada por Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell. / Europa Press/Contacto/Emily Mich / Europa Press
En otras ocasiones, el teléfono me sonaba cuando Epstein se estaba preparando para meterse en la cama. «Ven — me ordenaba Maxwell al descolgar—. Ha solicitado verte». Cuando eso ocurría, le decía a Michael que me había surgido una urgencia en el trabajo y salía por la puerta. Él ni pestañeaba. En paralelo, mi relación con mi familia iba mejor y peor al mismo tiempo. Mi madre me había confrontado muy al principio, preguntándome qué quería esa pareja mayor de una adolescente sin credenciales. Y yo había disimulado y respondido con evasivas, alardeando de todas las puertas que Epstein me había prometido abrirme. Supongo que agradecía que se preocupara por mí y sospechara, pero, al mismo tiempo, ¿no era ya un poco tarde para eso? Sabía que no podía salvarme; nunca antes me había salvado. Además, quería creer que no necesitaba que me salvaran.
Zorro Ranch
Había sobrevivido a la primera infancia, ¿no era cierto? En aquellas semanas iniciales con Epstein y Maxwell, me dije que también era capaz de capear eso, y quizá incluso salir adelante. Recuerdo que mis primeras vacaciones den ellos fueron en torno a finales de agosto, cuando se marcharon de viaje a unas propiedades que Epstein tenía en un lugar remoto. Zorro Ranch era una extensión de tres mil hectáreas cerca de Santa Fe, Nuevo México, donde Epstein decía que había mandado construir un «castillo» de tres plantas y tres mil metros cuadrados con decoración rococó: chimeneas de mármol de tres metros de altura, molduras esculpidas, frescos pintados con la técnica del trampantojo y lámparas de araña de hierro.
Además de unos terrenos con el césped perfectamente cuidado y fuentes borboteantes, una pista de tenis y una pista de aterrizaje y un hangar, la propiedad contenía una ciudad en miniatura en la que habitaban sus criados y encargados del mantenimiento. La población contaba con un establo con ocho pesebres y un cuarto de aperos, una estación de bomberos, un gran huerto en un invernadero acristalado e incluso un almacén de ramos generales. A mí me sonaba como Disneylandia, y se lo dije a Epstein.

Las víctimas de Epstein, entre ellas Virginia Roberts Giuffre, a las puertas de un tribunal federal en Nueva York en 2019. / ALBA VIGARAY / EFE
Donald y Melania, Heidi Klum y George Clooney
«Pues espera a ver mi casa adosada en Manhattan», replicó él, y se puso a alardear de su mansión en el Upper East Side. La propiedad, que antiguamente había acogido una escuela de primaria y secundaria para niños ricos, tenía siete plantas y treinta habitaciones y estaba ubicada en el número 9 de la calle Setenta y uno Este. Era una de las viviendas más grandes de la ciudad. Yo nunca había estado en Nueva York y no sabía casi nada de arte, así que cuando me dijo que estaba justo enfrente de la Frick Collection, me sonó a chino. Pero sí supe interpretar el mensaje que Epstein estaba decidido a transmitir: que era un hombre muy importante.
En cuanto a Maxwell, que nos exigía que la llamáramos G-Max, me figuré que también era alguien relevante. En octubre de 2000 voló en jet privado a Nueva York para reunirse con su viejo amigo, el príncipe Andrés de Inglaterra, el hijo pequeño de la reina Isabel II, que por entonces ocupaba el cuarto puesto en la línea de sucesión para ascender al trono británico. En Halloween, junto con otros invitados entre los cuales se contaban Donald y Melania Trump, Maxwell y el príncipe Andrés asistieron a una fiesta que daba la supermodelo alemana Heidi Klum en The Hudson, un hotel de lujo. Maxwell presumía de conocer al hombre que acababa de renovarlo, el empresario hotelero Ian Schrager.
Maxwell fanfarroneaba de su amistad con gente famosa, sobre todo hombres. Le encantaba hablar de lo fácil que le resultaría conseguir el teléfono del expresidente Bill Clinton; Epstein y ella habían visitado la Casa Blanca juntos cuando Clinton ocupaba el Despacho Oval. Maxwell también disfrutaba repitiendo que, en una ocasión, en un evento cualquiera, se había llevado al actor George Clooney al baño y le había hecho una mamada. Nunca sabremos si era verdad o no.

Donald Trump y Jeffrey Epstein, en una imagen de archivo. / EUROPA PRESS
Maxwell y Epstein, en habitaciones separadas
Era menos transparente en cuanto a su infancia, pero no tardé en atar cabos con respecto a eso también. Recuerdo que en una ocasión Epstein me enseñó un mural que Maxwell había pintado de una familia de aspecto feliz sentada en un banco con vistas a un estanque mientras una partida de caza perseguía zorros en segundo plano. Epstein me había susurrado al oído: «Es un retrato de la infancia de Ghislaine, de la parte de la que se enorgullece». Era la más pequeña de nueve hijos y había nacido en Francia, pero había crecido en una mansión de cincuenta y tres habitaciones en el sur de Inglaterra, y tenía tanto pasaporte británico como francés.
Su difunto padre, Robert Maxwell, había sido un magnate de los medios de comunicación en Inglaterra antes de que lo acusaran de malversación y luego lo hallaran muerto — quizá se tratara de un suicidio— tras caer de su yate en las Islas Canarias. Eso había sucedido nueve años antes de que yo conociera a Maxwell, pero era evidente que la muerte de su padre la atormentaba. En los buenos tiempos, había sido su hija preferida (de hecho, su padre había bautizado el yate en el que navegaba cuando murió Lady Ghislaine ). Supuse que Maxwell había conocido a Epstein al poco de fallecer su padre, y sospechaba que eso tenía algo que ver con la conexión que existía entre ellos.
¿Y cómo era esa conexión? Aunque dormían en habitaciones separadas y rara vez se besaban o se cogían de la mano, a mí me parecía que Maxwell y Epstein vivían en completa simbiosis. Epstein, que describía a Maxwell como su mejor amiga, valoraba su habilidad para ponerlo en contacto con gente poderosa. Y Maxwell, por su parte, apreciaba que Epstein dispusiera de los recursos para financiar la fastuosa vida que ella pensaba que se merecía, pero que tenía problemas para costearse tras la muerte de su padre. En entornos sociales, Maxwell a menudo se mostraba vivaz y entretenida, el alma de la fiesta.

Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell / EPC
En cambio, en casa de Epstein funcionaba más como una planificadora de eventos: programaba y organizaba el desfile infinito de chicas a quienes ella y otras personas, sobre todo Sarah Kellen, reclutaban para que mantuvieran relaciones sexuales con él. Recuerdo que, en un momento dado, le pregunté si no le importaba que Epstein sintiera deseo por tantas otras mujeres. Y me contestó que era un alivio. El apetito sexual de Epstein era tan insaciable, me dijo, que ninguna persona por sí sola podría satisfacerlo. Y me dio la impresión de que su falta de celos era singular pero auténtica. Con el tiempo acabaría viendo a Epstein y Maxwell menos como novios y más como las dos mitades de un todo retorcido.
De profesor de matemáticas a corredor de bolsa
Durante mis primeros meses trabajando para ellos, también averigüé cosas sobre Epstein. Había estudiado Física en la Cooper Union y Matemáticas en la New York University, pero había abandonado a dos años de licenciarse. Aun así, él se tenía por un prodigio intelectual, y esa confianza en sí mismo lo impulsaba.
Según contaba, siendo aún joven, en la década de 1970, había conseguido mediante la labia más de un empleo para los que carecía de las cualificaciones, primero como profesor de instituto de matemáticas y física en la prestigiosa Dalton School de Manhattan (me dijo que les ponía buenas notas a las chicas guapas si accedían a acostarse con él) y luego como corredor de bolsa en Bear Stearns, el banco de inversiones mundial del que acabaría siendo socio. En la década de 1980 había dirigido una consultoría que ayudaba a sus clientes a recuperar dinero robado, y luego había constituido una empresa para gestionar los activos de personas cuyo valor neto, según afirmaba, excedía los mil millones de dólares.

El pedófilo Jeffrey Epstein. AFP / AFP
Epstein se enorgullecía mucho de ese aspecto: de hacer negocios solo con la gente más rica, pese a ser hijo de un bedel y una ama de casa de Coney Island. Sin embargo, por más que cortejara a la flor y nata cultivada, a menudo quedaba como alguien poco sofisticado e incluso fuera de contexto. Su enorme capacidad intelectual no bastaba para disimular su acento de la clase obrera de Brooklyn. Y aunque le gustaba que la gente supiera que tenía dinero, normal mente iba vestido con una sudadera de Harvard y unos tejanos o pantalones de chándal, incluso para asistir a eventos sofisticados.
Fobia a los gérmenes
Sus incongruencias no acababan ahí. Epstein tenía una disciplina férrea sobre su alimentación: subsistía a base de tofu, salmón, guisantes, jengibre y otros alimentos que él consideraba saludables (e insistía en que las chicas que lo rodeaban hicieran lo mismo). Tenía fobia a los gérmenes, lo que le hacía ser sumamente escrupuloso con lo que tocaba. Por lo general, se negaba a dar la mano y requería que le cambiaran las sábanas cada dos días. Y, sin embargo, buscaba sin descanso el contacto sexual con chicas jóvenes que eran auténticas desconocidas para él, muchachas que llevaban unas vidas duras, terribles, fuera de su complejo cercado, y nunca usaba condón.
Aunque a las chicas como yo, a quienes obligaba a mantener relaciones sexuales con penetración con él habitualmente, nos obligaba a hacernos análisis cada tres meses para descartar enfermedades de transmisión sexual, nadie podía garantizarle que el torrente de chicas que entraban y salían de El Brillo Way estuvieran sanas. Supongo que esa dejadez puede atribuirse a la arrogancia: Epstein se creía exento de seguir las reglas por las que los demás se regían.
Viaje a la isla de Epstein
En el otoño del año 2000, Epstein y Maxwell anunciaron que había llegado el momento de que los acompañara por primera vez de viaje. Celebrábamos que había completado con éxito mi «formación como masajista», dijeron, mientras me revelaban el itinerario. Primero tomaríamos uno de los aviones privados de Epstein (era dueño de un Gulfstream IV, un Boeing 727 y un helicóptero) desde Palm Beach hasta Nueva York.
Luego, tras pasar unos días en Nueva York, volaríamos al sur, a la propiedad más lujosa de Epstein: un islote de veintinueve hectáreas que tenía en las Islas Vírgenes de Estados Unidos, junto a Santo Tomás. Aquel pequeño santuario privado se llamaba Little Saint James, pero a Epstein le gustaba llamarlo «Little Saint Jeff’s». Sonaba a un lugar exótico, sobre todo para una chica que nunca había salido de los Estados Unidos peninsulares, y les dije a Epstein y Maxwell que tenía muchas ganas de verla. Recuerdo que cuando mi padre me llevó a El Brillo Way el día de nuestra partida, Epstein salió a la puerta y se presentó. «La cuidaremos bien», le aseguró.

El expríncipe Andrés, en una de sus fotos más comprometedoras reveladas en los últimos archivos desclasificados sobre el caso Epstein. / AP / Jon Elswick
Pilotos de confianza
En las décadas transcurridas desde entonces, registros de vuelos hechos públicos en diversos procedimientos judiciales demuestran que, durante el tiempo que pasé con Epstein, lo acompañé en sus jets privados, tanto dentro del país como internacionalmente, al menos treinta y dos veces (en veintitrés de esos vuelos, Maxwell también vino). Pero esa cuenta representa solo una diminuta fracción de mis viajes con ellos. Para empezar, a menudo volábamos juntos (o yo volaba sola para reunirme con Epstein) en aerolíneas comerciales.
Maxwell siempre reservaba los vuelos a través de la misma agencia de viajes, Shoppers Travel, pero esos registros no son públicos, de manera que no tengo acceso a ellos. En cuanto a nuestros viajes en jets privados de Epstein, solo uno de sus pilotos, David Rodgers, ha entregado sus registros a las autoridades. Aquel primer viaje que hice con Epstein y Maxwell fue en un avión tripulado por otro piloto, Larry Visoski Jr., que trabajó para Epstein desde 1991.
Visoski y Epstein eran amigos íntimos. Además de mantener los aviones de Epstein, Visoski le había montado cines en casa en el Caribe y Palm Beach y lo asesoraba sobre qué barcos y coches comprar (en una ocasión afirmó que ayudaba a Epstein «con todo lo que se mueve»). En un momento dado, Epstein le dio a Visoski un Hummer de su propiedad para su uso personal y, cuando la esposa del piloto quiso construirse una casa en Nuevo México, Epstein les regaló dieciséis hectáreas cerca del confín occidental de su rancho.
Así que ¿en qué fecha exacta tuvo lugar mi primer viaje con Epstein? Sin los registros de Visoski, no estoy segura, pero creo que fue en la segunda mitad de 2000. Nunca olvidaré que, durante aquel primer vuelo, Epstein le pidió a Visoski que me dejara sentarme en la cabina de mando durante el despegue. Yo solo había montado en avión en dos ocasiones previas: cuando volé a y desde Salinas durante mi exilio de California. Sin embargo, en aquellos vuelos había viajado en un asiento de clase turista en la cola del avión. Estar allí delante, con una vista de ciento ochenta grados, era emocionante. Le dije a Visoski que tenía la sensación de estar montada en una montaña rusa, y me pirraban las montañas rusas.

Marina Lacerda, superviviente de de la red de trata sexual de Epstein, durante una conferencia de prensa frente al Capitolio de EE. UU. el pasado de noviembre de 2025, donde exigía la publicación completa de los archivos relacionados con el caso. / Graeme Sloan/ /Bloomberg
El resto del vuelo no fue tan emocionante. Cuando regresé a la cabina, donde Maxwell y Kellen parecían estar echando una cabezadita en sus asientos reclinados, vi que Epstein estaba despierto y se había quitado los calcetines. Me miraba expectante. Me pasé las dos horas siguientes masajeándole los pies.
La mansión en el Upper East Side
Al aterrizar en un aeropuerto privado en Teterboro, Nueva Jersey, nos recogió un esbelto filipino vestido con un sobrio traje negro: era el mayordomo de Epstein en Nueva York, Jojo Fontanilla. Jojo y su esposa, June, cuidaban de Epstein en Manhattan, gestionando a un personal de mantenimiento integrado por decenas de personas. Siempre vestidos con traje y con prístinos guantes blancos, aquellos criados se desvivían por Epstein y sus huéspedes.
Quién sabe cuáles serían los verdaderos nombres de los Fontanilla, porque Epstein, como Maxwell, insistía en llamar a sus criados con nombres de su elección que sonaban americanos. Jojo metió nuestro equipaje en un SUV y se sentó tras el volante. No tardamos en llegar a la casa adosada de Epstein en el Upper East Side. Se ha dicho que el lugar parecía más una embajada o un museo que una vivienda privada, y no me queda más remedio que estar de acuerdo.
En la entrada, sobre una doble puerta de cuatro metros y medio de altura de roble macizo y adornada con una inmensa aldaba de latón con forma de cuerda anudada, dos letras de latón pulidas pegadas a la fachada de piedra anunciaban: JE. La acera de la parte delantera estaba caldeada, me explicó Epstein, para que no se amontonara la nieve. Para entrar, pasamos bajo un arco de piedra rematado con una gárgola con un rostro sonriente, subimos ocho peldaños y desembocamos en un enorme vestíbulo de mármol.

Virginia Giuffre, en una entrevista con la BBC. / BBC
En el interior, baldosas de color caramelo (Epstein me aclaró que era caliza importada de Francia) cubrían el suelo de la primera planta, espléndidamente decorada e iluminada por ventanas arqueadas. Todo allí dentro parecía más grande de lo necesario: las arañas de luces podrían haber iluminado una estación ferroviaria y la mesa del comedor, rodeada por sillas tapizadas con un llamativo estampado de leopardo, tenía espacio para veinte comensales. Las paredes estaban forradas con inmensas pinturas tenebrosas y tapices que describían escenas violentas. Una escalera conducía al despacho de Epstein, donde había un escritorio dorado; un piano de gran cola Steinway de ébano, de nueve pies, y una alfombra persa antigua tan grande que, como a Epstein le gustaba decir, debieron de confeccionarla para una mezquita. Además, había varios ascensores. Para una chica de Loxahatchee, tal nivel de majestuosidad resultaba casi imposible de procesar. Tenía la sensación de haber entrado en un monumento arquitectónico como los que había visto en los libros: en el Vaticano, por ejemplo, o en el Taj Mahal.
Whitney Houston y Céline Dion
Anunciando que estaba cansado del vuelo, Epstein me condujo por un pasillo lleno de arte y antigüedades. Sentía inclinación por las estatuas religiosas de los siglos xvi y xvii, incluida una pieza fundida en bronce del semidiós griego amante de las ninfas Pan, cuyos cuernos y ancas de cabra, según me dijo Epstein, simbolizaban la fertilidad. Seguí a Epstein hasta una alcoba de mármol negro con una camilla para masajes en el centro, un lugar tan tenebroso que lo apodé «La Mazmorra». Me señaló hacia un aparador en una pared que contenía una colección de aceites de masaje un reproductor de cedés. Me indicó que pusiera música.
A esas alturas, ya estaba acostumbrada a elegir la música antes de la «sesión» diaria. En Palm Beach me había hecho experta en interpretar el humor de Epstein para determinar cuál de sus álbumes favoritos reproducir. A veces le apetecía oír ópera y otras, música clásica. Los únicos cantantes populares que le gustaban eran vocalistas femeninas como Whitney Houston y Céline Dion.

Virginia Giuffre, la mujer que ha demandado a Andrés de Inglaterra por abusos cuando ella era menor de edad. / EFE
«¿Dónde te has metido?»
No me acuerdo de qué discos elegí aquel día. Solo recuerdo que, cuando hube satisfecho sexualmente a Epstein, me escoltaron a un apartamento propiedad de su hermano, Mark, en la calle Sesenta y seis Este. La única noche que dormí allí disfruté de tener mi propio espacio, pero sería una libertad efímera. Al día siguiente tuve la idea alocada de salir a dar un largo paseo para escubrir la ciudad de Nueva York. Pero, como no tenía teléfono móvil, Epstein y Maxwell no pudieron localizarme durante las horas que pasé deambulando por las calles, boquiabierta.
Recuerdo que los rascacielos que circundaban Central Park me parecieron soldados de juguete formando filas. Había muchísima gente en las aceras, bien abrigada para disfrutar de la fría tarde. Llevaba algo de dinero en el bolsillo y compré una cámara Instamatic desechable, la primera de las muchas que adquiriría en los meses venideros. No sabía durante cuánto tiempo seguiría viendo mundo como parte del séquito de Epstein, así que quería tener fotografías para recordar dónde había estado.
Pero, cuando regresé a la mansión, me encontré a Maxwell y a Epstein en la entrada, caminando de un lado para otro, frenéticos. «¿Dónde te has metido?», me preguntó Epstein enfadado mientras Maxwell me fusilaba con la mirada. Fue la última vez que vi el apartamento en la Sesenta y seis. A partir de aquel día, siempre que viajamos a Nueva York, me alojé en un dormitorio de la quinta planta de la mansión de Epstein: un espacio enorme, estilo loft, con molduras labradas pintadas de dorado y dominado por un tapiz mural que me daba escalofríos: una imagen de jabalíes comiéndose los cadáveres de otros animales bajo la mirada de unos niños que gritaban. Había un intercomunicador que Epstein utilizaba para requerir mi presencia. Enseguida aprendí que no debía hacerle esperar.

Epstein y Maxwell, en una imagen de archivo. / EPC
‘Sus niñas’
Cuando hoy recuerdo las lujosas trampas de las casas de Epstein, tengo sentimientos encontrados. En muchas noticias de prensa, las descripciones del extravagante estilo de vida de Epstein han alimentado la percepción de que las chicas que fuimos sus víctimas tuvimos la suerte de encontrarnos en esos entornos. No quiero apuntalar ese relato degradante.
Es cierto que viajar con Epstein implicaba conocer un nivel de lujo que de otra manera yo nunca habría experimentado. Y no discutiré que es más agradable dormir entre sábanas de algodón egipcio de primera calidad que entre sábanas baratas de poliéster. Pero las comodidades de la glamurosa vida de Epstein, por más que las apreciara e incluso disfrutara, se cobraron un horrible peaje en mí. ¿Qué era lo que me hacía sentir como en casa en el mundo de ese pedófilo? Mucho más que la riqueza de Epstein, los abusos previos que había soportado en la humilde Rackley Road.
Me ha costado mucho tiempo entender que Epstein y Maxwell solidificaron su poder sobre mí ofreciéndome una especie de familia nueva. Epstein era el patriarca y Maxwell la matriarca, y esos roles no solo eran implícitos. A Maxwell le gustaba llamar a las chicas que solían ofrecer sus servicios a Epstein «sus niñas». En una ocasión, Epstein y ella me llevaron a una exposición de barcos en Palm Beach y se pasaron toda la tarde presentándome como su hija, solo por bromear. Y por raro que suene, me hizo sentir bien.
Dada mi historia, no obstante, no me hacía sentir tan bien que a veces Epstein insistiera en que le llamara «papi» durante el sexo.Y aunque yo no disponía de las herramientas para juzgar con criterio, a menudo tenía la sensación de que Epstein y Maxwell se comportaban como mis padres. La primera vez que comimos juntos, por ejemplo, les escandalizaron mis modales en la mesa, de manera que Maxwell me enseñó a sujetar el cuchillo y el tenedor y a ponerme la servilleta en el regazo, tal como hace la gente civilizada.
No tardaría en enseñarme también a maquillarme y a vestirme, así como en indicarme en qué peluquería debía cortarme el pelo (el estilista de famosos Fr édéric Fekkai peinaba a muchas de las chicas del mundo de Epstein, yo incluida). Incluso entonces, parte de mí sabía que si había pedido a sus dentistas que me blanquearan los dientes o si me enviaba a una esteticista para que me depilara a la cera, era para complacer a Epstein.

Los papeles clasificados de Epstein. / EPC
Tres playas privadas, dos piscinas y un helipuerto
Pero el papel que Maxwell desempeñaba en mi vida a menudo parecía más que eso. Un día de otoño del año 2000 sonó por la radio del coche «Yellow», la nueva canción de amor de Coldplay. Me encantó, no conseguía quitármela de la cabeza. Un día después, Maxwell me regaló el cedé. También me regaló mi primer teléfono móvil. Por supuesto, le servía para tenerme atada en corto, tanto para su uso como para el de Epstein. Pero yo tuve la sensación de que con aquel regalo, a su manera, también me estaba protegiendo. No es que yo fuera experta en madres, pero, en aquellos primeros momentos, a veces imaginé que Maxwell era la mía.
Tras unos pocos días en Manhattan, y tras muchas sesiones en La Mazmorra, pusimos rumbo a Little Saint James, que era tan bella como Epstein había dicho. Rodeada por unas aguas cristalinas de color turquesa, la isla contaba con tres playas privadas, dos piscinas, un helipuerto y su propio sistema de desalinización. Además de la inmensa residencia principal de tejados azules, había casitas para invitados pintadas de alegres colores al estilo caribeño: amarillo claro, verde menta y rosa coral. Había también un reloj de sol grande como un cercado para caballos y un muelle con una lancha motora Donzi de diez metros de eslora que se mecía bajo un tejado de paja. Epstein alardeaba de que la lancha le había costado 60 000 dólares. En la playa, había mandado construir diversas glorietas para dar masajes y lo que quiera que le apeteciera. De no haber sido por lo que sucedía allí, aquel lugar habría sido el paraíso.
En aquel primer viaje al Caribe, mientras estaba al servicio de Epstein, descubrí los ritmos de la vida isleña. Dado que no había una lista de huéspedes de primera a los que entretener, como sí ocurriría en los viajes subsiguientes, me pasé horas en un trampolín flotante, a escasa distancia a nado del muelle, maravillándome mientras contemplaba los peces de colores que nadaban en el agua. También hicimos inmersiones con bombona en grupo, saltando de la lancha de Epstein. En un momento dado, me vi rodeada de un banco de medusas y acabé con picaduras por todo el cuerpo. Me ardía la piel. Maxwell le pidió vinagre al capitán del barco, porque supuestamente aliviaba el dolor, pero no encontró por ninguna parte. «Túmbate en cubierta», me dijo Maxwell.

Jeffrey Epstein, el pederasta y depredador sexual, en una imagen de su archivo personal divulgada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos / AFP
«Quería creer que me tenía cariño»
Mientras estaba tumbada boca arriba, se quitó las braguitas del biquini y orinó sobre mí. Sé que suena asqueroso, pero funcionó: dejé de sufrir. Otro día descubrí que tanto a Maxwell como a mí nos encantaba buscar tesoros en la playa. «Los piratas solían amarrar aquí», me dijo mientras paseábamos juntas escudriñando la arena en busca de cristalitos marinos y maderas flotantes. Quería creer que me tenía cariño.
Epstein seguía proyectándose como mi mentor. A veces permanecíamos durante horas sentados en su ducha de vapor mientras pontificaba sobre diversos temas de los que yo no había oído hablar nunca: la teoría de juegos, por ejemplo, la biología evolutiva, derivados financieros o los fundamentos matemáticos del lenguaje humano. Además, me prestaba libros para leer. Muchos de ellos eran eróticos, como ‘Lolita’ de Nabokov o ‘Historia de O’ de Anne Desclos, pero su insistencia en que los leyera seguía antojándoseme un voto de confianza. Epstein solía decirme algo que yo necesitaba escuchar: que era inteligente y tenía mucho potencial.
Por la noche, Epstein, Maxwell, Tayler, Kellen y yo nos reuníamos frente a un televisor enorme en la residencia principal de la isla y compartíamos fuentes de palomitas mientras veíamos películas y series. A Epstein le gustaba mucho ‘Sexo en Nueva York’ , le hacía reír. Pero aquellas noches hogareñas podían transformarse en veladas sexuales en un abrir y cerrar de ojos. Una expresión sombría y distante velaba el rostro de Epstein y se lo intuía en los ojos: tenía que «aliviarse» en ese preciso instante. Cuando eso sucedía y yo estaba con ellos, Maxwell me ordenaba que me quitara la camisa y lo que quiera que Epstein quisiera. En esos momentos, me resultaba más difícil eludir la verdad: que para ellos yo no era más que un instrumento que les proporcionaba placer.

Epstein, en su avión durante un viaje con una de las mujeres de las que se hacía acompañar. / El Periódico
Epstein, ¿víctima de abusos?
Hoy también entiendo que aquello era un eco de mi infancia. Odiaba los deberes sexuales que Epstein y Maxwell me requerían, pero había negociado conmigo misma, tal como había hecho cuando mi padre abusaba de mí: había que pasar la parte repugnante para que las partes buenas de la vida pudieran seguir. Con el paso de los años me he preguntado muchas veces qué hizo que Epstein sintiera inclinación por mí. A medida que el mundo ha tenido noticia de otras muchas supervivientes de sus abusos, se ha revelado que Epstein solía preferir a chicas con una experiencia sexual escasa o nula.
Muchas víctimas han relatado que parecía disfrutar observando a chicas inexpertas sufrir la incomodidad de descubrir el sexo con él, un desconocido mayor que ellas. Pero como yo había sufrido abusos antes de conocerlo, es imposible que le diera esa satisfacción. No obstante, he llegado a pensar que le aportaba algo más que él necesitaba, algo que había aprendido de mis agresores anteriores. Yo sabía interpretar el ambiente — o el rostro de Epstein— y adaptarme, convirtiéndome en lo que se requería en ese momento. Podía fundirme en la carpintería, hacerme invisible, o fingir placer. A diferencia de algunas otras víctimas recurrentes de Epstein, que se ponían celosas o intentaban consolidar su relación con él, yo me mantenía distante y nunca le pedí nada. Mucho antes de conocer a Epstein me habían entrenado para aceptar cualquier migaja de afecto, si es que me daban alguna. Y a Epstein eso le gustaba.
Si bien no dispongo de pruebas para demostrarlo, creo que también es posible que Epstein viera en mí, una niña que había sufrido abusos, una parte de sí mismo. Solo le pregunté una vez acerca de sus experiencias en la infancia. Lo conocía lo bastante bien como para no abordarlo directamente con un: ¿abusaron de ti de niño? En vez de eso, le pregunté con cautela si había tenido una infancia feliz. Presintiendo adónde quería llegar, creo, me cortó casi antes de que pudiera concluir la pregunta, dejándome claro que nunca debía volver a sacar a colación ese tema. Años después, cuando le preguntaron bajo juramento si habían abusado de él siendo menor, se negó a contestar, acogiéndose a su derecho constitucional a no incriminarse. Quizá me equivoque, pero siempre he creído que, durante su infancia, él también vivió alguna agresión sexual. No obstante, eso no atenúa sus horripilantes delitos.
Pero podría ayudar a explicarlos. Sé que Epstein estaba emocionalmente roto, desprovisto de toda capacidad de establecer conexiones íntimas con otras personas. Lo más probable es que nadie sepa nunca si nació así o abusaron de él de un modo que erosionó su capacidad de sentir empatía.
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