Entre cientos de jóvenes saltando, cantando y dejándose la voz al ritmo del pasodoble Idella, hay una figura que cada año vuelve a aparecer en primera fila casi por inercia. Alto, vestido de zíngaro y completamente entregado al himno festero, Vicente Fort se ha convertido en una imagen habitual de la Entrada de Bandas de Elda. A sus 72 años, asegura que ese momento sigue provocándole la misma sensación que hace décadas: «Te emborrachas de adrenalina».
Valenciano de nacimiento, llegó a Elda en junio de 1978 por trabajo. Venía de dirigir la principal empresa de curtidos de España y una de las más importantes de Europa, pero asegura que lo que realmente le marcó fue la acogida que encontró en la ciudad. «Elda es mucho más abierta y acogedora», recuerda. Esa sensación de sentirse integrado le llevó rápidamente a involucrarse en la fiesta. «Me hice zíngaro porque soy el reflejo claro del himno zíngaro: Nunca corazón errante tuvo casa en que vivir. Zíngaro de mil caminos, entre estas nobles paredes podrás detener tu paso y, al son de alegres violines, cantar, bailar y reír».
Durante el himno te emborrachas de adrenalina, estás feliz, histérico…»
Un año después de aterrizar en la ciudad ya formaba parte de la directiva de los Zíngaros. Durante años vivió desde dentro el crecimiento de los Moros y Cristianos de Elda. Fue tesorero de la comparsa y recuerda una época en la que el llamado «mogollón» era la puerta de entrada a la fiesta para muchos jóvenes y recién llegados. «Tú llegabas y uno te dejaba un chaleco, otro unos pantalones y salías a desfilar», explica entre risas. Aquella espontaneidad, asegura, convirtió a Elda en una fiesta distinta a cualquier otra.
Vicente defiende que el carácter abierto de las fiestas eldenses sigue siendo una de sus principales señas de identidad. «Aquí se viste todo el pueblo», resume. Y añade que la esencia de los cuartelillos y de la fiesta está precisamente en compartirla: «¿Para qué quieres un cuartelillo si no vienen tus amigos?».
El pasodoble Idella es el orgullo de ser de Elda»
Aunque dejó de desfilar hace años en el mogollón porque sentía que debía ser «cosa de gente joven», nunca se ha desligado del ambiente festero. Especialmente la Entrada de Bandas, el momento que para él marca el verdadero inicio de las fiestas. «Para mí es el acto donde más adrenalina sientes», afirma. «No sé explicarlo. Estás feliz, histérico, como borracho, pero sin alcohol». Vicente describe ese instante como una explosión colectiva de alegría en la que la música casi queda en segundo plano frente a las voces de cientos de personas cantando al unísono. «Lo que más se oye es el coro de la gente», asegura.
En primera fila
Desde que comenzó a celebrarse la Entrada de Bandas, Vicente no recuerda haber faltado ni un solo año. Ni siquiera tiene un ritual concreto para acabar en primera fila. Simplemente ocurre. «Te metes por inercia y cuando te das cuenta estás allí en medio».
Su presencia no ha pasado desapercibida entre los más jóvenes. De hecho, fueron ellos quienes terminaron convirtiéndolo en una especie de símbolo espontáneo del acto. «Mis hijos se ríen porque sus amigos quieren venirse conmigo a recibir la Entrada de Bandas», comenta divertido.
Vicente cree que la fiesta ha cambiado mucho desde finales de los 70. Recuerda que antes había que «rogar» a la gente para participar en algunos actos y que ahora ocurre justo lo contrario. También admite que la fiesta se ha vuelto más seria y disciplinada, aunque mantiene intacta su capacidad de unir a la gente. Para él, el pasodoble Idella representa mucho más que una pieza musical. «Es el orgullo de ser de Elda», afirma. Y quizá por eso sigue mezclándose cada año entre jóvenes, cantando como uno más y dejándose llevar por una emoción que, después de casi medio siglo en la ciudad, todavía no ha perdido fuerza.
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