Richard Ford (Jackson, 1944) se despidió hace un par de años de Frank Bascombe, personaje al que ha consagrado buena parte de su carrera y a través del que ha retratado con maestría decimonónica la sociedad americana de la segunda mitad del siglo XX, pero en vez de coquetear con el ‘dolce far niente’ y entregarse a los placeres de la jubilación, el autor de ‘El periodista deportivo’ ha aprovechado para reflexionar sobre su oficio, el peso de las palabras y las implicaciones políticas, muchas veces accidentales o involuntarias, de toda creación literaria.
«Muchos colegas creen que ser escritor consiste únicamente en escribir, pero para mí es muy importante saber por qué hago las cosas. Si entrego un libro no solo quiero que la gente lo lea; también quiero que lo utilice», asegura el estadounidense, brújula moral de electrizante mirada azul que acaba de estrenar la colección Feltrinelli Lectures con el ensayo ‘En palabras sencillas’.
En él, el novelista recorre sus primeras obras y ahonda en su formación como escritor en el Misisipi de William Faulkner y ‘¡Absalón, Absalón!’ para acabar concluyendo que toda novela es, de un modo u otro, una forma de política. «La política surge de la vida cotidiana, no de las elecciones o de Donald Trump; las novelas son políticas porque tienen que ver con la vida contemporánea”, apunta Ford, de paso por Barcelona para defender en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) que una novela «puede seguir siendo una forma de verdad y de compromiso con la humanidad».
También, añade, un mecanismo de resistencia y confrontación. «Todo lo que sé es que leer es esencial para la vida; los libros nos enseñan la realidad, así que tenemos que perseverar. Trump, y lamento incluso pronunciar su nombre, le tiene miedo a la vida intelectual, así que tenemos que afrontar el hecho de que intentará exterminarla y hacerlo lo mejor que podamos», ilustra durante la rueda de prensa previa a la conferencia. Ante la duda, otro ejemplo la mar de revelador. «Justo este año he leído una biografía de Stalin y, bueno, sabemos que asesinó a profesores, a escritores, a poetas… No creo que esto vaya a pasar en Estados Unidos, pero la sensación de urgencia es la misma», remata.
El escritor estadounidense Richard Ford, fotografiado en Barcelona / EFE
Respuestas peligrosas
La literatura, defiende Ford, no consiste en «dar respuestas, sino en plantear las preguntas adecuadas»; interrogantes generalmente impredecibles y, por tanto, «peligrosos para el conservadurismo» sobre los que el norteamericano ha edificado una de las trayectorias más imponentes de las letras anglosajonas.Ahí están, dando fe y sentando cátedra, ‘El periodista deportivo’ (1986), ‘El día de la Independencia’ (1996), ‘Acción de Gracias’ (2008) o ‘Canadá’ (2012), inmejorable mapamundi de una sociedad americana que ha empezado a desvanecerse.
Palabras sin duda mayores para alguien que, reconoce, debutó con ‘Un trozo de mi corazón’ (1976) y ‘La última oportunidad’ (1981) sin saber muy bien lo que estaba haciendo. «No sabía cómo escribir una novela, así que me lo inventé. Venía de leer a Camus y los existencialistas y creía que la oscuridad era, por sí misma, sinónimo de importancia», recuerda. Su esfuerzo, sin embargo, quedó sin recompensa. «No hubo redoble de tambores, ni me embargó la emoción, ni me iban a regalar un bolígrafo de oro», recuerda en ‘En palabras sencillas’.
Por suerte, la revista deportiva para la que trabajaba se hundió y su mujer le animó a recomenzar con algo más de ligereza y humor, escribiendo, tal vez y para variar, «sobre alguien feliz». «Muchos autores estarían muy contentos si sus parejas les dijeran ‘cariño, deberías escribir otro libro’, porque lo que escucha la mayoría es ‘búscate un trabajo de verdad y gana algo de dinero'», ironiza ahora Ford, cuyo trabajo de verdad fue alumbrar a Frank Bascombe y mantenerlo con vida durante casi cuatro décadas. «Todo el mundo tiene que parar en algún momento, así que me dije: ‘vale, lo dejo’. Siempre quise poder parar yo antes de que alguien me dijese que lo hiciera», subraya Ford, que con la publicación ‘Sé mía’ cerró definitivamente el ciclo de novelas y relatos dedicados al entrañable cronista deportivo reciclado en agente inmobiliario.
En el horizonte, anudado a la pequeña libreta que descansa en el bolsillo interior de su americana, un nuevo proyecto de novela cómica y académica que, explica, empezó a cobrar forma después de que un amigo suyo muriera por eutanasia rodeado de toda su familia. «Empecé a imaginarme la escena y pensé que estaría bien rodearte también de todos tus amigos», desliza a propósito de ‘Never Better’, libro que ya tiene título pero no páginas terminadas. «Aún no está escrito, pero si vivo lo suficiente lo estará», adelanta. ¿Otra pista más? «Será breve. Cuando un colega escribe una novela corta pienso: ‘sí, esto es; no más Moby Dicks'».
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