Las elecciones autonómicas del pasado domingo en Andalucía han confirmado la derechización en la que se encuentra gran parte del Estado. Aunque también hay que decir que, en estas elecciones, aparecen síntomas de que algo parece poder cambiar y que, desde la izquierda, no está todo perdido de forma irresoluble.
Una primera circunstancia llamativa del resultado andaluz es que el partido triunfador, el PP, es el que más escaños ha perdido, cinco, habiendo pasado de 58 a 53 diputados y, lo más grave, con ello ha perdido la mayoría absoluta, que es de 55. Recordemos que el PP adelantó estas elecciones, buscando aprovechar lo que parecía el momento más oportuno para ellos de reforzar la mayoría absoluta de la que disfrutaba, desde 2022, y liberarse así de cualquier influencia de Vox, según declaraba el presidente de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla. Quería evitar el «lío» que le supondría depender de ellos, según declaraba él mismo.
No puede decirse que haya tenido mucho éxito en esos objetivos. Es cierto que ha ganado y que seguirá presidiendo la Junta de Andalucía, por mucho lío que le monte Vox, que se lo montará, porque es su especialidad. En trabajar y aportar soluciones a los problemas no los encontrará, pero en lo otro son unos fenómenos. Y Moreno Bonilla lo pasará mal, porque él y todo el PP soñaban con alcanzar esos 60 disputados que algunos sondeos les daban. Parecía que lo tenían fácil. Así premiarían ese supuesto talante conciliador y eficaz de su gobierno (lo del cribado serían pelillos a la mar). Ahora está, a pesar de haber ganado, mucho peor que antes de las elecciones.
El PP ha ganado votos, aunque realmente casi todos han ganado votos. La participación ha subido mucho, de un 58,36% en 2022 a un 64,84% ahora. En cambio, el porcentaje de voto al PP ha bajado, pasando de un 43,1% a un 41,6%, perdiendo cinco diputados. Es un buen resultado, pero, sin duda, no es el esperado, por mucho que se intente disimular.
Claro está que al PSOE aun le ha ido mucho peor. De los 30 diputados que tenía, mínimo histórico, todavía ha perdido otros dos, quedándose en 28. Llevan cuatro derrotas autonómicas seguidas y, excepto en Castilla y León, empeorando resultados, como hace también, por cierto, el PP, aunque acabe ganando. La apuesta por María Jesús Montero ha fracasado, como pasó con la de Pilar Alegría en Aragón. Dejar el Consejo de Ministros para encabezar una candidatura autonómica parece garantizar un fracaso. Lo de Diana Morant en el País Valenciano es para pensárselo. Está difícil, pero todavía se estaría a tiempo de buscar otro tipo de alternativas, para intentar abrir el partido a otros sectores de la sociedad, en el extraño supuesto de que esas alternativas existieran y las dejaran presentarse, lógicamente.
El caso de Vox es de nota. Parece evidente una ralentización en su crecimiento. A pesar de perder el PP cinco diputados, ellos sólo consiguen ganar uno. Gracias a esa fuerte pérdida de los populares consigue Vox ser más importante, a pesar de su modesto crecimiento. Y lo hace sin aportar nada en la gestión autonómica, bien porque no son necesarios, como el caso andaluz, o bien porque se apartan de la misma, como el caso valenciano. Lo suyo no parece casar muy bien con el trabajo y la responsabilidad de gestionar. Prefieren el eslogan fácil, la crítica general, la descalificación «urbi et orbi» y la polarización y, ahora, la «prioridad nacional», ese mensaje copiado de Le Pen, en Francia, claramente racista y anticonstitucional. Desgraciadamente, tampoco les hace falta mucho más para conseguir el voto de una sociedad desencantada y falta de liderazgos alternativos jóvenes y progresistas.
El ejemplo de Adelante Andalucía parece una buena muestra de que el cambio, aunque difícil, es posible. Han pasado de 2 a 8 diputados, de 170.000 a 400.000 votos. De un 4,6% a un 9,6%. La mayor subida en porcentaje y en diputados en estas elecciones. Una candidatura joven, pegada al terreno, andalucista de izquierdas, con gente diversa y representativa, algo de lo que hacía falta allí y, está claro, en toda España. Algo que, la otra fuerza de izquierdas, Por Andalucía, no evidenciaba: una coalición hecha a última hora, con desgana evidente de buena parte de sus miembros, con candidatos solventes pero muy vistos. Hasta ellos han considerado un éxito quedarse como estaban, con sus cinco diputados. Toda una muestra de cómo está la cosa.
Andalucía también ha entrado en el lío que Moreno Bonilla quería evitar. Ya veremos cómo funcionará, y hasta dónde Vox les dejará trabajar y lo que pedirá a cambio de su voto, porque Vox creer en las autonomías no cree, pero en los beneficios que les pueda sacar son expertos. Y se verá hasta dónde el PP tragará que, seguro, será hasta donde Vox quiera, aunque sea a costa de empeorarlo todo.
Y aquí, en el País Valencià, hay que tomar nota de lo que ha pasado. Falta un año justo para las elecciones. Se imponen cambios en las fuerzas de izquierda, tanto en las candidaturas, con gente nueva, joven, representativa, diversa, etc., y con mensajes atractivos y necesarios y, ante todo, con mentalidad integradora a la izquierda del PSOE. La experiencia de lo que estamos viendo exige una confluencia de verdad para derrotar a un PP que, encantado de coincidir con Vox, está perjudicando el progreso de esta comunidad.
Queda poco tiempo para preparar el cambio. Y urge hacerlo.
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