En Las Palmas de Gran Canaria del siglo XVIII, la vida cotidiana se desarrollaba en un mundo donde la esclavitud formaba parte visible del entramado doméstico y económico. No era una realidad apartada ni excepcional, sino integrada en casas, haciendas y cortijos donde amos y personas esclavizadas compartían espacios, rutinas y, aunque de forma profundamente desigual, también destinos.
Un testamento fechado el 11 de septiembre de 1777 y ampliado un año después del presbítero Diego Antonio Martínez Gallegos de Heredia permite asomarse a ese mundo con una claridad inusual. Más que una simple relación de bienes, el documento revela cómo se organizaban las jerarquías sociales, cómo se gestionaba la propiedad humana y cómo la vida privada de un clérigo podía condicionar el futuro de varias personas esclavizadas. Sus seis esclavos quedaron vinculados de por vida al antiguo cortijo familiar, una explotación rural de viviendas encaladas que, por su característico aspecto blanco, dio origen al topónimo Casa Blanca, hoy conservado en la actual urbanización Casablanca I, en Las Palmas de Gran Canaria.
Tensiones familiares
El clérigo Diego Antonio Martínez Gallegos de Heredia pertenecía a un sector del clero con recursos, propiedades y rentas, mientras otros diáconos y presbíteros moraban en pequeños conventos al límite de la subsistencia o ejercían su labor sacerdotal en aldeas, además de ejecutar labores agrícolas para poder llevar el día a día. Hijo de una familia influyente formad por el abogado José Martínez Alayón, antiguo corregidor de la isla, y doña Andrea Gallegos Heredia, acumuló tierras en zonas como La Vega, San Lorenzo y Tamaraceite, además de inmuebles urbanos y objetos de valor.
Sin embargo, su situación familiar estaba marcada por el conflicto. En el documento, el presbítero expresa su malestar por la gestión de los bienes familiares por parte de sus hermanos, a quienes acusa de haberse apropiado de rentas y frutos de las haciendas, especialmente de su propiedad en La Vega, haciéndose él cargo de los gastos de su propio bolsillo.
Así lo expresa: «sin haver percevido ni traido a mi poder hasta el presente frutos algunos de dichas hasiendas, porque mis quatro hermanos los han tomado todos y distribuidos en lo que han querido». Esa tensión atraviesa muchas de sus disposiciones testamentarias, que no responden únicamente a criterios económicos o religiosos, sino también a motivaciones de carácter personal.
El cortijo
Uno de los elementos más llamativos del testamento es el destino del cortijo conocido como la «Casa Blanca», situado al sur del barranquillo de San Cristóbal. Esta propiedad, adquirida en subasta tras haber pertenecido a Diego O’Shanahan, fue mejorada por el propio presbítero con cercas, limpiezas y labores agrícolas.
Sin embargo, su importancia no radica únicamente en su valor económico. En el testamento, el clérigo dispone que seis de las personas esclavizadas que tenía en su casa puedan seguir viviendo allí tras su muerte, no como propietarias, sino como usuarios vitalicios del espacio. Es posible que el conflicto y el distanciamiento con sus hermanos influyeran en estas decisiones testamentarias.
Vista de Casablanca I en los años 70 del siglo XX. / LP/DLP
Este detalle es clave: la «Casa Blanca» no era únicamente un lugar de trabajo, sino también su entorno vital. Cocinar, cultivar, cuidar animales o servir en la casa formaban parte de una rutina diaria que convertía la hacienda en algo parecido a un hogar, aunque dentro de un sistema profundamente desigual. El gesto, sin embargo, no altera el orden social. El derecho de uso no equivale a libertad ni a propiedad. Tras la muerte del último de los esclavos, la hacienda pasará al Hospital de San Martín, manteniendo intacta la estructura de poder y propiedad.
Servidumbre y libertad
El documento muestra, por otra parte, una realidad compleja, en la que no todas las personas esclavizadas recibieron el mismo trato. Algunas fueron liberadas, otras recibieron bienes o derechos de uso, y otras quedaron vinculadas a nuevas formas de servidumbre. Manuela, descrita como una esclava blanca adquirida en Santa Cruz de Tenerife, es una de las figuras centrales. A ella se le asigna una vida de servicio bajo tutela familiar, mientras que sus dos hijos Juan Miguel y María Antonia, reciben dinero, objetos o disposiciones específicas para su futuro, quedando libres partir del fallecimiento del clérigo.
En algunos casos, el testamento incluso contempla posibles conflictos entre herederos, estableciendo instrucciones precisas para evitar disputas sobre la libertad o el destino de determinadas personas. Así, se recoge que, si hubiera oposición de los hermanos a la liberación de Juan Miguel, «en tal caso mando que de mi proprio caudal se saque el valor del susodicho para su libertad».
También figura una esclava llamada Dominga, adquirida en Caracas al capitán Guzmán y posteriormente vinculada a Diego Guzmán, cuñado del miliciano en aquella ciudad. Tenía 23 años, estaba casada y, tras el fallecimiento del clérigo, pasaría a servir a Diego Curbelo, hijo de una familia canaria. El testamento detalla además instrucciones para su comunicación a su apoderado Marcos Marrero, así como el cobro de deudas pendientes: 25 fanegas de cacao que le debía Jerónimo de Santa Ana o de la Cruz, vecino de La Guaira, y una cantidad de más de cien pesos adeudados por Francisco Viana, vecino de Caracas.
Asimismo, legaba a su esclava Agustina de Ortega doce fanegas de trigo, o su equivalente a razón de 18 reales cada una, para el sustento de su vida. Además, disponía el uso de la casa en la que residía el presbítero, la cual, tras su fallecimiento, pasaría al heredero designado, el hospital de San Martín de la ciudad. Junto a ello le concedía también la totalidad del ajuar doméstico —joyas, cuadros, sillas, baúles, menaje, ropa y demás pertenencias—, dejando expresamente indicado: «y que su caja nadie se la revuelva, pues esta es mi voluntad».
Por otra parte, al citado Juan Miguel le entrega 50 pesos para que pidiera buscar su vida, encargándole además «que me encomiende a Dios». Estas decisiones reflejan algo más que generosidad o afecto: muestran un sistema donde la esclavitud podía adoptar formas variadas, desde la explotación estricta hasta relaciones más personalizadas, sin dejar nunca de ser un régimen de dependencia.
Caridad, poder y memoria
En su posterior codicilo, fechado el 20 de marzo de 1778, el presbítero dejaba entrever nuevamente el malestar ya manifestado hacia sus hermanos, a quienes restringe a la herencia de los bienes compartidos. En este segundo instrumento modifica disposiciones anteriores y ordena que el cortijo de la Casa Blanca pase a las personas esclavizadas desde el momento de su fallecimiento, de modo que, tras la muerte del último de ellos, la propiedad revierta al hospital de San Martín. Asimismo, lega a su esclava María Antonia los frutos y rentas pendientes de esas tierras correspondientes a ese año.
María Antonia es además beneficiaria de la casa terrera situada en la calle del Diablito, quedando libre de cualquier servicio hacia la familia del presbítero. Tras su muerte, la propiedad pasaría a Juan Miguel, y después de este al hospital. A Juan Miguel, por su parte, le concede un capote de terciopelo, un sombrero fino y la totalidad del vino de su propiedad almacenado en la bodega del padre fray Luis de la Nuez.
Finalmente, fueron también recompensados otros esclavos de su cortijo. A José, le legaba «un cuchillón grande con el cabo de plata» y las casas en La Vega que había fabricado el clérigo, mientras que a Manuela le correspondía su casa de Tafira.
El presbítero recuerda asimismo haber comprado a su esclava María Antonia cuando tenía tres años, a doña Isabel de Castro, vecina de Agüimes. En su disposición testamentaria la confía a Agustina, a quien encomienda su cuidado y educación, ordenando que la mantenga bajo su tutela, la eduque y le enseñe la doctrina cristiana, «sin que en esto tenga omisión».
La vida cotidiana del clérigo
Todos estos pasos no solo pueden interpretarse como una compensación por el cuidado, la dedicación o el trabajo prestado por sus esclavos en la vida cotidiana del clérigo, sino también como una forma de sanción hacia la indolencia, la inacción y el desinterés atribuidos a sus hermanos. En este sentido, el presbítero llega a desplazar la mayor parte de su patrimonio hacia sus sirvientes, alterando el orden hereditario tradicional y limitando cualquier expectativa de recuperación de los bienes al designar como heredero final al hospital de San Martín.
En la época, este tipo de disposiciones combinaba la devoción religiosa, la preocupación por la salvación del alma y estrategias de perpetuación de la memoria del testador. Así, la herencia se convierte en un instrumento de control que trasciende la muerte. De modo que la Casa Blanca ilustra bien este proceso, al cambiar de manos en varias etapas: del clérigo a las personas esclavizadas y, finalmente, de estas a una institución religiosa.
El caso de la Casa Blanca permite comprender una dimensión a menudo olvidada de la esclavitud en Canarias: su carácter doméstico y urbano. Lejos de las grandes plantaciones, muchas personas esclavizadas vivían en el interior de las casas o haciendas de sus amos, compartiendo espacios y desarrollando tareas cotidianas: cocinaban, cuidaban animales, trabajaban la tierra o realizaban labores en el ámbito urbano. Esta proximidad no implicaba igualdad, sino todo lo contrario: una forma de dominación más íntima y constante, en la que la dependencia se entrelazaba con la vida diaria.
El testamento revela, en definitiva, una sociedad en la que la esclavitud no era un sistema distante, sino parte del tejido cotidiano. Incluso los gestos de aparente benevolencia se inscribían dentro de una estructura que seguía determinando quién podía poseer, quién podía habitar y quién debía servir. Casa Blanca no fue solo un cortijo: fue también un espacio donde la historia de la esclavitud en Canarias dejó una de sus huellas más elocuentes, al condensar la convivencia forzada entre vida doméstica, poder y desigualdad, hoy leída desde una mirada crítica.
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