En apenas medio año, más de la mitad de la superficie española se ha pronunciado en cuatro comicios autonómicos, fáciles de resumir en otros tantos batacazos del PSOE. Los sucesivos descalabros incluyen graneros de voto antaño tan propicios como Extremadura, o Andalucía ahora mismo.
A falta de medirlos termómetros de Madrid o Barcelona, la suerte está echada o cosechada.
En lugar de someterse a la autocrítica descarnada que exige su trayectoria, el PSOE pretendía desviar la atención hacia la mayoría absoluta fallida de un PP que casi le dobla en escaños andaluces, en la proporción de 28 a 53. Es decir, el socialismo alfa cifra hoy su consuelo en Vox, que garantiza la mayoría absoluta conservadora en el Congreso pero entorpece la hegemonía de los populares en el sur.
El PSOE coronó un diez a cero en las primeras elecciones a la Junta desde 1982, el marcador se acaba de encoger a diez a tres. El desprecio andaluz ha estado a la medida de la candidata. Hasta el CIS había avisado de que María Jesús Montero era la socialista más odiada de la comunidad, con la posible excepción del propio Pedro Sánchez. La candidata anotaba una valoración de 3,8 frente al 5,8 del presidente andaluz. La pérdida de dos escaños adicionales es una pena leve para la estima que merece a los suyos.
Dejando al margen a los personajes secundarios, el PSOE se marcaba como meta preservar su peor resultado histórico, cuando ocupa las principales instituciones del Estado. Ni por esas. Cabe hablar de un partido en riesgo de extinción en Andalucía, por no ampliar el foco. Encajar el naufragio por cuadruplicado sin rechistar proyecta a Ferraz como campeón mundial del estoicismo, dada la impavidez ejemplar ante desastres presentes y futuros.
Por suerte para los socialistas paralizados, en las sucesivas convocatorias solo pierde el PSOE, en ningún caso el invicto Sánchez.
Los partidarios de reanimar al socialismo deben añorar las sacudidas viscerales en el laborismo británico, donde el sanchismo sería historia. Como mínimo, permítase la herejía de consignar que cualquier candidato socialista perdería hoy con más dignidad que el presidente del Gobierno. Es un asunto personal.
Puede sorprender que el vencedor casi absoluto irrumpa a mitad del relato, pero Moreno Bonilla es el primer interesado en que solo se hable de su liderazgo en voz baja. Bisbiseando y con mensajes intrascendentes, hunde de nuevo al PSOE aunque le ha faltado energía para frenar el «lío» de Vox. Se lo agradecerá Núñez Feijóo, que nunca desaprovecha una oportunidad de difuminarse. Con su política de mitines separados, el teórico presidente del PP estatal iba a convertirse en la tercera víctima del previsible presidente andaluz. Gracias a los candidatos átonos de la derecha, ni los incendios castellanos ni los cribados andaluces han lesionado de gravedad a los populares. Los desastres encogen frente a la erosión mayúscula del PSOE o de Sánchez, a elegir.
En la tetralogía electoral autonómica, nadie conoce los nombres de los sucesivos candidatos de Vox, ni de la ensalada de siglas a la izquierda del PSOE. En Andalucía se han repetido las advocaciones neutras, con el progresismo real resignado a obtener grupo electoral. Antonio Maíllo ha comprobado que resulta tan nocivo para los radicales como Montero para los socialdemócratas. El espectacular avance de Adelante Andalucía no oculta que las dos listas indistinguibles suman un resultado inferior a la ultraderecha, con 68 a 41 para las fuerzas conservadoras. Los bienintencionados se lamentan de que nadie les escucha, pero nunca se preguntan por qué. Sobre todo, no van a romper amarras ni sueldos con Sánchez, la peor apuesta electoral.














