Se ha echado en falta a España. Imagine Eurovisión sin Rosa López, Sergio Dalma y Pastora Soler. Que, de repente, Chanel no hubiera hecho historia con 459 puntos. O aún peor: no haber bailado a Beth. Qué pena hubiera sido perderse a Karina y Raphael cantando al amor. Y lo más doloroso: entregar las dos únicas victorias que lograron Massiel y Salomé. Es difícil olvidar la actuación interruptus de Azúcar Moreno. O los zero points de Remedios Amaya. Hubo quien aprendió inglés con Ruth Lorenzo. Y quien se torció el tobillo con Barei. Volamos con El Sueño de Morfeo. Y suspiramos con Mocedades. Sin embargo, hoy España no está. Y se ha notado. Decidió apartarse del festival tras 65 años inagotables por la presencia de Israel. Un país que lo ha utilizado para blanquear el genocidio que lleva ejecutando en Gaza desde 2023. Por primera vez, ojo, en Eurovisión no se ha hablado de canciones, sino de quién podría salvarlo. El mérito, en una Viena bloqueada por los acontecimientos, con 516 votos, es de Bulgaria.
A Dara le han bastado tres minutos para dejar a Europa en trace. No estaba en las quinielas, pero el terremoto que desató en la segunda semifinal rápidamente la encumbró. Bangaranga es enérgica y rebelde. No deja nada a la imaginación. Está tan bien planteada sobre el escenario que, como si de un videoclip viviente se tratase, qué locura, ha arrasado. Posiblemente, sea una de las pocas candidaturas que trascenderá este 16 de mayo. Se pega rápidamente. Y su baile, con permiso de Ruslana (Ucrania, 2004), atención, es uno de los más estrambóticos que han tomado el festival. Quizá, por ello, haya despertado tanta curiosidad. Es la primera vez que Bulgaria se hace con el Micrófono de Cristal: lleva 15 ediciones a su espalda y, hasta hoy, su mejor resultado era un segundo puesto. Lo alcanzó en 2017, gracias a un hipnótico Kristian Kostov.
Noam Bettan ha representado a Israel en Eurovisión 2026 con ‘Michelle’. / DPA | EUROPA PRESS
La gala, aburridísima, conducida sin gracia por Victoria Swarovski y Michael Ostrowski, ha quedado ensombrecida por los gritos, pitadas y abucheos que el público ha dirigido contra Israel. De nada ha servido el intento de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) por maquillarlos durante la actuación de Noam Bettan. Aceptar su participación ha politizado hasta el extremo un certamen cuya naturaleza dista bastante de estos valores. Así lo ha alertado Amnistía Internacional esta semana: “Han traicionado a la humanidad”. Desde el inicio del conflicto en Palestina, la KAN, su televisión pública, ha empleado Eurovisión para mostrar su visión de los hechos con dos propuestas partidistas: Hurricane y New Day Will Rise. Michelle, por su parte, atendiendo a sus contrincantes, no merecía quedar tan arriba. Es sosa, altamente prescindible. No tiene espíritu. De nuevo, motivos extramusicales la han catapultado. Un matiz interesante teniendo en cuenta que Rusia y Bielorrusia fueron expulsadas en el pasado por no respetar los derechos humanos.

Delta Goodrem ha representado a Australia en Eurovisión 2026 con ‘Eclipse’. / DPA | EUROPA PRESS
“La situación en Gaza, pese al alto el fuego y la aprobación del proceso de paz, hace cada vez más difícil mantener la cita como un evento cultural neutral”, señaló RTVE en diciembre. Una realidad que, este lunes, a escasas horas de arrancar la 70ª edición, The New York Times refutó: según este periódico, Israel lleva destinando dinero público para manipular el televoto desde 2018. “En algunos países habrían bastado unos cientos de personas para asegurar la victoria, lo que lo hace susceptible a la influencia de campañas gubernamentales”, explicó. En los últimos días, además, se ha conocido que la UER ha amonestado a la KAN por promover iniciativas con este objetivo. El nuevo reglamento lo prohíbe expresamente.
Esquizofrénica Rumanía
Australia ha sorprendido. Con un directo arrollador, Delta Goodrem ha brillado como ninguna: acompañada por un piano de diamantes, la artista ha sacado lustre a un tema desfasado. Pero, oye, qué bien le ha sentado el directo: las 16.000 almas del Wiener Stadthalle le han hecho el coro perfecto. Pocas veces ocurre algo así. Ha sido una de las dos actuaciones que ha puesto la dosis de emoción que tanto pedía la noche. Rumanía ha liderado la otra: Alexandra Căpitănescu tenía aura de ganadora. La manera en la que ha encarado Choke Me, tan narcótico, tan crudo, ha traspasado la pantalla. Era auténtico. Y, claro, frente a un mar de canciones, diferenciarse es la clave. Søren Torpegaard, de Dinamarca, también lo ha intentado, pero con un resultado mejorable. Vocalmente, no ha estado a la altura de la puesta en escena: parece que el cuero, el sudor y el rímel aún se le resiste a Europa si viene de un hombre. ¿Demasiado homoerótico? Puede ser. A los más clásicos les sigue enamorando el topicazo escandinavo.

Linda Lampenius y Pete Parkkonen han representado a Finlandia en 2026 con ‘Liekinheitin’. / EFE
Suecia es el mejor ejemplo. Da igual que repitan viejas glorias una y otra vez. Les funciona. Y, en esta ocasión, además, con una propuesta que podrían haber enviado hace años. No obstante, hay que reconocerlo: la rave que Felicia ha montado no ha dado margen a los siguientes países. Mientras Chipre, Italia y Noruega cantaban, ella aún seguía resonando. Lo mismo que la favorita Finlandia: aunque no ha consumado el triunfo, ha calado por su particular forma de enarbolar el amor desde lo clásico. La historia que Linda Lampenius y Pete Parkkonen han paladeado, a través de un confesionario, con el violín como protagonista, ha atraído un buen puñado de miradas en el Wiener Stadthalle. El mismo efecto que han desatado las caricaturescas Grecia y Moldavia, que se han convertido en un fenómeno en sus respectivos territorios.
Rock serbio y folclore
La salida de España, miembro del Big Five, junto a Islandia, Irlanda, Países Bajos y Eslovenia, ya ha asestado el primer bofetón a Eurovisión. “Será más caro participar en las próximas ediciones”, aseguró Christer Björkman, su productor en 2024 y 2025, en el podcast Eurovisionklubben. La tensión financiera es evidente: intentaron paliar la hecatombe con la vuelta de Rumanía, Bulgaria y Moldavia, dándoles facilidades económicas para forzar su regreso. Ahora bien, como sentenció el experto, “no compensan las pérdidas”. En total, han aceptado la invitación 35 banderas: la cifra más baja desde 2003. Asimismo, la pérdida de interés es palpable: las reproducciones han caído un 45%. Tal y como ha desvelado ESCStreams, estamos ante la hornada que menos pasión ha suscitado desde 2020. ¿Remontará tras la final? Al tiempo. Por el momento, Croacia y Serbia ya lo están notando. Es tal su furor que no paran de sumar adeptos.

Lelek ha representado a Croacia en Eurovisión 2026 con ‘Andromeda’. / DPA | EUROPA PRESS
Por un lado, la apuesta de Lelek por lo étnico ha resultado apoteósica. Más allá de la realización, con planos rapidísimos, enfatizando el tono de la escenografía, hay que subrayar su buen gusto al cantarla. Y, por otro, a Belgrado le sienta de fábula distanciarse de las últimas tendencias. Ya lo certificó en 2022 con Konstrakta. Y, esta vez, ha vuelto a corroborarlo con Lavina, una banda de rock en estado puro. Tal vez, no sea el género fetiche de la mayoría. Sin embargo, Luka y los suyos han estado hipnóticos. Francia, Malta y Chequia son las que mejor han aprovechado las oportunidades que la ORF, el ente austriaco, les ha proporcionado: su desarrollo ha sido sobresaliente. Como el de Bulgaria. El problema es que nada de esto ha interesado. Israel lo ha eclipsado todo.











