Parece que la ausencia de España en Eurovisión ha levantado ampollas. Reírse de Manel Navarro en el ensayo de la segunda semifinal les ha delatado. Es cierto que el gallo que soltó en la malograda Do It For Your Lover fue histórico, pero no justifica la mofa en una edición tan polémica. Tal vez, por ello, como han advertido las redes sociales, hayan decidido eliminar dicho plano de la gala televisada: RTVE no ha participado por la presencia de Israel tras 65 años haciéndolo y, claro, cómo no, la emoción está a flor de piel. Este jueves, tras la burla hacia Conchita Bautista, nuestra primera representante, ha quedado patente la postura de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) al respecto. Por lo demás, no ha habido ni una sola mención a la ausencia de España. Como tampoco de Eslovenia, Islandia, Países Bajos e Irlanda. Victoria Swarovski y Michael Ostrowski, los presentadores, se han limitado a encarrilar unas canciones que, salvo el caso de Dinamarca y Rumanía, ojo, pasarán sin pena ni gloria. Razones extramusicales han oscurecido Viena.
El aplomo con el que Søren Torpegaard ha pisado el Wiener Stadthalle ha sido hipnótico. Aunque no ha sido su noche vocalmente, el artista danés ha demostrado por qué en Eurovisión encajan propuestas como la suya. No ha copiado a nadie para levantar Før Vi Går Hjem. Y, en un concurso de estas características, con tantas canciones que recordar, diferenciarse es una garantía. Su pasaporte a la final del sábado, a la que ya se han clasificado Moldavia, Suecia, Croacia, Grecia, Finlandia, Israel, Bélgica, Lituania, Polonia y Serbia, estaba cantado. Como el de Alexandra Căpitănescu, que ha conquistado a la ausencia con sus notas líricas en Choke Me. De energía desbordante, la intérprete rumana ha hecho del rock su lanza. Un género que ya catapultó a Mor ve Ötesi (Turquía, 2008), Lordi (Finlandia, 2006), Måneskin (Italia, 2021).
Alexandra Căpitănescu ha defendido ‘Choke Me’ en Eurovisión 2026. / EUROPA PRESS
Bulgaria es uno de los países que ha regresado al festival tras retirarse en 2023 por problemas económicos. Y, en esta ocasión, con ecos de Poli Geneva, que les llevó hasta el cuarto puesto en 2016, ha salvado la papeleta. Pocos como Dara han levantado el recinto: dinámica, enérgica, contundente. Su baile será recordado como uno de los más estrambóticos del festival. El de Ruslana (Ucrania, 2004) aún resuena en el subconsciente. El pase de Australia no estaba claro. Ahora bien, Delta Goodrem, con su piano de diamantes, tan icónica, lo ha logrado gracias a una personalidad apabullante. Difícil cuando su tema no daba para más. Era plano, algo insustancial. Pero, oye, qué bien le ha sentado el directo: las 16.000 voces que la han acompañado le han hecho el coro perfecto. Pocas veces ocurre algo así. Ucrania, con Leléka, apenas ha brillado, pero también ha logrado su plaza. Quedaban cinco más.
La salida de España, miembro del Big Five, ojo, ya ha asestado el primer bofetón a Eurovisión. “Será más caro participar en las próximas ediciones”, aseguró Christer Björkman, su productor en 2024 y 2025, en el podcast Eurovisionklubben. La tensión financiera es evidente: intentaron paliar la hecatombe con la vuelta de Rumanía, Bulgaria y Moldavia, dándoles facilidades económicas para forzar su vuelta. No obstante, como dijo el experto, “no compensan las pérdidas”. En total, han aceptado la invitación 35 banderas: la cifra más baja desde 2003. Asimismo, la pérdida de interés es palpable: las reproducciones han caído un 45%. Tal y como ha desvelado ESCStreams, estamos ante la hornada que menos pasión ha despertado desde 2020. La diferencia es abrumadora: el caso sueco es buen ejemplo. Mientras que, en 2023, Tattoo acumulaba 47 millones de escuchas a 10 días del desenlace, My System, en 2026, sólo alcanza 18.

Bulgaria ha regresado a Eurovisión 2026 de la mano de Dara. / EFE
Ha sido una gala milimetrada, sin emoción. De hecho, le han sobrado minutos por los cuatro costados. Especialmente, tras finalizar las actuaciones. El tiempo de espera hasta el veredicto ha sido, francamente, pesado. Quizá, por ello, tras el morbo de ver a Israel clasificarse, los resultados no hayan sorprendido a nadie. A los países ya mencionados se unieron Chipre, Noruega, Chequia, Albania y Malta, pero bien podrían haber sido Luxemburgo, Azerbaiyán, Letonia, Armenia y Suiza. La apatía hacia Eurovisión es tal que, por primera vez, salpicado por el conflicto bélico de Oriente Medio, la única pregunta que se han hecho los seguidores es: si gana la KAN, ¿qué pasará? Lo demás, por el momento, salvo gratísima sorpresa, parece que da igual. La audiencia dictará sentencia.













