El pasado 11 de marzo, en un colegio de Bizkaia, un profesor de 6º de primaria aprovechó el día (y el aniversario) para hablar del brutal atentado que los terroristas yihadistas cometieron en Madrid en 2004. El docente continuó hablando de terrorismo y mencionó a la banda ETA. “Eso de ETA, ¿qué es?”, le preguntó una alumna. No fue la única, ni mucho menos, que demostró que jamás había oído hablar, ni en el colegio ni en su casa, de los terroristas vascos responsables de casi 900 asesinatos en 42 años de historia. Lejos de ser una anécdota, este desconocimiento es denominador común en escuelas e institutos. Seis de cada diez jóvenes españoles de entre 18 y 34 años no son capaces de identificar a Miguel Ángel Blanco, cifra que se eleva a más del 99% entre los alumnos navarros de 12 a 16 años encuestados en 2021. Y eso a pesar de que su secuestro y asesinato, en 1997, provocó la mayor reacción popular contra la banda.
El libro ‘Terrorismo y educación. Un reto pendiente en España’ concluye que enseñar el terrorismo en las escuelas no es una cuestión secundaria ni partidista, sino una tarea democrática
El libro ‘Terrorismo y educación. Un reto pendiente en España’, impulsado por el Centro Memorial de las Víctimas de Terrorismo y editado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC), expone el nombre del concejal asesinado por ETA como ejemplo del desconocimiento generalizado sobre el terrorismo que tienen los jóvenes. La obra cita otro estudio de GAD3 de 2020 que revela que más de la mitad de los jóvenes españoles de entre 18 y 34 años tampoco sabe qué ocurrió en Hipercor, la mayor masacre cometida por ETA y perpetrada el 19 de junio de 1987 en Barcelona con un coche bomba que causó 21 muertos y 45 heridos.
Dirigido por Raúl López Romo, es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco, y Marta Rodríguez Fouz, doctora en Sociología por la Universidad Pública de Navarra, el ensayo cuenta con la colaboración de otros siete docentes universitarios. Su conclusión es que enseñar el terrorismo no es una cuestión secundaria ni partidista, sino una tarea democrática. El libro sostiene que el olvido o el conocimiento deformado pueden dejar espacio a la justificación de la violencia. Por eso propone integrar esta materia de forma estable en la educación, con rigor histórico, sensibilidad hacia las víctimas y una finalidad cívica: formar ciudadanos capaces de rechazar la violencia como instrumento político.
Presencia superficial
El análisis de las leyes educativas y los libros de texto realizada por los autores revela que el terrorismo tiene una presencia superficial y a veces inexistente en el sistema educativo. Los manuales suelen ofrecer información sintética que no profundiza en la vulneración de los derechos humanos ni en la dimensión ética de las víctimas. “Las actividades que sacan al alumno del aula, como las visitas a centros memoriales o los coloquios con víctimas tienen un impacto positivo inmediato. Estas experiencias aumentan la empatía, mejoran el conocimiento y reducen significativamente la justificación de la violencia entre el alumnado”, concluyen los autores.
En Euskadi
El Gobierno vasco tiene entre sus objetivos educativos introducir de manera generalizada y obligatoria el terrorismo como material escolar en bachillerato. Hasta ahora se toca de manera superficial y siempre dependiendo de la dirección escolar. En los últimos cursos, sin embargo, una veintena de centros ha llevado a cabo una iniciativa piloto para impartir varias sesiones específicas y repartir entre el alumnado material sobre la historia de Euskadi desde 1960, con especial énfasis en el terrorismo.
Los académicos que firman ‘Terrorismo y educación. Un reto pendiente en España’ destacan que los docentes consideran necesario abordar la prevención del terrorismo y la radicalización, pero denuncian una falta de formación específica y de protocolos claros. El libro propone un modelo de «reconciliación asimétrica» donde la perspectiva de las víctimas sea central para evitar relatos que equiparen a terroristas y víctimas. El testimonio de estas últimas, precisamente, actúa como “un mecanismo de reparación simbólica y un antídoto contra el olvido”. Es decir, no basta con transmitir datos históricos; es imprescindible una orientación ética que identifique claramente el mal de la violencia y fomente el respeto incondicional a la dignidad humana y los derechos de los que han sufrido el terrorismo en su piel.
El libro destaca que los casos de Colombia e Irlanda del Norte muestran que la construcción de una memoria compartida es un reto global difícil. En Irlanda del Norte, la división escolar y las narrativas comunitarias enfrentadas dificultan un consenso sobre el terrorismo. Mientras, en Colombia se lucha por integrar la verdad histórica en un contexto donde la violencia aún persiste.
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