«Supongo que si escribo otro libro lo tendré que titular: ‘perdonad, pero solo era una broma'», chistea Julian Barnes (Leicester, 1946), el más elegante y exquisito de los ex niños prodigio del ‘dream team’ inglés de Anagrama, ante la enésima, millonésima tal vez, pregunta de si realmente esto es el final. Catorce novelas, un Booker por ‘El sentido de un final’ y se acabó. ¿Seguro? «Voy a descansar un momento la mano en tu abrazo y después me esfumaré», profetiza el escritor en la última página de, sí, su último libro.
El título, ‘Despedidas’ (Anagrama; ‘Comiats’, en la edición catalana de Angle), deja poco margen para la interpretación, pero siempre cabe la posibilidad de que el autor de ‘El loro de Flaubert’ se desdiga y reaparezca con una nueva pirueta literaria. ¿La verdad? No lo parece. «Cuando ya has tocado todas tus melodías, lo que toca es callar. No tengo una sensación de pérdida, porque creo que dejarlo aquí es lo correcto», defiende Barnes, de paso por Barcelona para participar en el festival ‘En otras palabras’ que se celebra hasta el 19 de mayo en CaixaForum.
«Lo empecé sin saber si sería el último o algo que dejaría un tiempo apartado y quedaría ahí hasta después de mi muerte, pero entonces pensé que si quería ir a la fiesta de publicación no tenía más remedio que terminarlo», ironiza Barnes, embarcado aquí en un nuevo híbrido de memoria y ficción que entrelaza una historia de amor de cuatro décadas y su propia enfermedad, ese cáncer de sangre que no lo matará pero junto al que caminará «despacio del brazo» hasta el día de su muerte. «No escribo para sentirme mejor ni para encontrar consuelo. De hecho, no creo que nadie lo haga, pero lo que sí es seguro es que yo nunca encontraría un libro que me consolara», aclara el británico.
Julian Barnes, fotografiado este martes en CaixaForum / Jordi Otix
Un humor muy serio
Tampoco sabe, añade, si existe un plan maestro para despedirse de la mejor manera posible. «Cuando me muera y lo haya hecho, entonces volveré y os lo contaré -sornea-. No es algo que se pueda planificar. A veces sabemos cuál es la última frase que ha pronunciado alguien, pero para mí no hay ninguna mejor que ese «nos queda muy poca mermelada» que un aristócrata inglés le dijo a su mujer en su lecho de muerte. Es fantástico acabar con un pensamiento tan trivial». El humor, por si quedaba alguna duda, también está muy presente en un libro marca de la casa que alterna reflexiones sobre el paso del tiempo y el envejecimiento con escenas desternillantes y arrebatos tragicómicos. «Ser divertido es una muy buena manera de ser serio, además de ser algo muy inglés. En mi país te toman más en serio cuando eres divertido», celebra.
Tesoro nacional desde que debutó en 1980 con ‘Metroland’ y escritor «de verdad», por lo menos a ojos de su madre, a partir del momento en que apareció en las páginas de ‘The Times’ como finalista del Booker de 1984, Barnes se despide desenterrando una historia de amor que prometió no contar e interrogándose, una vez más, sobre la mecánica de los recuerdos. «La memoria siempre ha sido muy importante para mí, aunque con el tiempo he cambiado mucho mi manera de pensar en ella. Cuando somos jóvenes creemos que es algo sólido, invariable, como una maleta que guardamos y recuperaremos siempre que la necesitemos, pero luego te das cuenta de que no», explica.
En su caso, detalla, la epifanía llegó de manos de su hermano mayor, el filósofo e historiador Jonathan Barnes. «Él me decía que la memoria se acerca más a un acto de imaginación que a uno de recuperación, y tenía razón: la memoria es algo muy extraño. Para mantener nuestra cordura tenemos que pensar que es algo sólido y confiable, pero a veces nuestros recuerdos favoritos son los menos fiables, porque cada vez que los contamos los cambiamos un poco», relata. Es más: ni siquiera está seguro de que sus recuerdos de infancia sean realmente suyos. «Son un tanto débiles, seguramente inventados. Quizá le pasaron a otras personas», desliza.
«Soy consciente de que pronto no existiré más que como una estantería llena de libros y un racimo de Anécdotas Biográficas», reconoce Barnes en las páginas finales de un libro con el que cierra la puerta pero deja abierto un ventanuco: el del periodismo y la no ficción. «Siempre he sido periodista y seguiré escribiendo ensayos y críticas», matiza. No será él, sin embargo, quien desentrañe la maraña de estos tiempos de tensiones sociales y sobresaltos geopolíticos constantes. «Nunca he sido un escritor inspirado por lo que ocurre de manera inmediata en las noticias; lo que me inspira son cosas que han pasado hace mucho tiempo -explica-. Sé que hay un gran libro por escribir sobre Donald Trump, pero no seré yo quien lo haga. Cuando uno ha escrito tanto como yo es muy consciente de sus talentos y limitaciones».
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