Islandia es un país lejano y frío. ‘Islandia’ (Destino) es también la última novela de Manuel Vilas, inspirada en su reciente separación de la también escritora Ana Merino. Al narrador y protagonista, un mal día su mujer le espeta por teléfono: «Ya no estoy enamorada de ti». El autor (63 años) defiende que es una ficción, pero a poco que desarrolla sus sentimientos estos se superponen sin apenas distancia y ya no se distingue dónde acaba la novela y empieza la confesión íntima. Como Karl Ove Knausgard o como Emmanuel Carrère, Vilas está convencido de que no se le pueden poner puertas a la realidad doméstica por muy dolorosa que esta haya sido, pero como buen aragonés, dice, prefiere el pacto y no la confrontación.
Este es un libro incómodo de leer e imagino que bastante doloroso de escribir. ¿Fue así?
Es verdad que el libro trata una incomodidad moral pero como escritor enseguida me trasladé a un lugar de comodidad literaria, algo que solo puede hacerse si lo que se tiene entre manos es una verdad. Y ahí yo veía una verdad muy vital. Así que me sentí protegido desde el oficio.
Lo escribió a pie de obra, mientras el proceso de divorcio se iba sustanciando. Hay que tener valor.
Empecé movido por la idea de que tenía ante mis ojos una relación muy hermosa que se estaba disolviendo y desaparecía. Yo estaba dolido y atormentado por un cataclismo mental, noqueado por el dolor y sentía que la única forma de salir de ahí era empezar a escribirlo, casi en una función terapéutica de la palabra escrita.
Habla de que esto es una novela, pero no sé si el lector puede leerla como ficción, porque ahí está, en primera persona, un Manuel Vilas muy reconocible.
Pero mi intención no era hablar de mi vida, solo utilizo cosas que me han ocurrido para que el lector se refleje en ellas. De hecho, muchos lectores se me han acercado y no me preguntan por mi divorcio, me cuentan el suyo.
El cataclismo emocional que menciona crea también la forma obsesiva y centrífuga del libro.
Es que el que está en una situación así no sale del bucle y es un bucle espantoso. Alguien como yo, que soy ansioso y depresivo, no sale de ahí y está todo el rato navegando en la misma ola. De todas formas, la novela va creciendo porque, aunque se desarrolla en círculos concéntricos, paulatinamente va avanzando. Es una salmodia.
El escritor Manuel Vilas en Barcelona. / JORDI COTRINA / EPC
La segunda parte se vuelve aún más delirante, como ese momento en el que fantasea que usted forma parte del jurado del Nobel y premia a su ex.
Esas son prospecciones habituales de cualquier separado. Dónde estaré yo y dónde estará el otro dentro de cinco años. Lo único que he hecho es echarle literatura y hacerlo también con mucho humor. Pero sí, confieso que se me fue…
Se le fue la olla, sí.
En el deseo de imaginar el futuro no, pero en el deseo de ese futuro imaginado tal vez sí se me fue la olla. Sin embargo, los lectores se divierten mucho con ese final. De hecho, una vez escrito quise quitarlo y los amigos, o más bien las amigas, Sara Mesa entre ellas, que leyeron el manuscrito me aconsejaron que no lo hiciera.
En las redes sociales le ha caído la del pulpo por cómo desvela detalles muy íntimos de su ex, en concreto los que conciernen a su vida sexual.
Yo pacté con Ana que iba a utilizar nuestra experiencia para armar el divorcio de la novela y ella me dijo que adelante, si no, no lo hubiera hecho.
Ella le dio permiso, pero fue como un cheque en blanco, porque todavía no ha leído el libro.
Insistí en que lo hiciera y como no quiso, pacté los temas. Le decía voy a contar esto y lo otro. Ella al principio lo vetaba y yo acataba, pero como es escritora al rato venía y decía: va, cuéntalo. Y aquí hay una cosa que debo añadir: Ana y yo somos extremadamente liberales y veo que eso choca con una sociedad española más pacata de lo que me imaginaba. He recibido críticas morales de rasgarse las vestiduras por parte de gente que tiene 20 años menos que yo.
Usted y su ex son dos autores conocidos.
Solo he intentado darle un poco de glamour a la relación amorosa de dos escritores. Aquí no hemos tenido un Sartre y una Simone de Beauvoir, solo una Carmen Martín Gaite y un Rafael Sánchez Ferlosio y punto, no damos para más como país.
Pero es curioso porque a Ana Merino no la retrata como escritora, solo la muestra como mujer, como su pareja.
Es verdad, su vertiente como escritora no la consideré mucho porque mi obsesión era la ruptura. Pero sí digo algunas cosas. Digo que es una dama de la poesía española. Pero, oye, todavía hay mucho amor entre nosotros. Acabo de hablar con ella por teléfono. Lo hago todos los días. Le he propuesto, oye, ¿por qué no seguimos juntos, tú en tu casa y yo en la mía? Y ella: no, ni de coña (Vilas ríe).
Parece que lo ha dejado claro. En el libro no se ahorra cierto patetismo de sí mismo, que ya es marca de la casa.
Me he sentido culpable, sí. Tuve la sensación de que había descuidado ese amor como descuidé a mis padres, tal como conté en ‘Ordesa’. Pero eso es hijo de la educación judeocristiana recibida, un lastre.
En esa disección que hace de su matrimonio subyace el resentimiento, el mostrar la imagen menos elegante de sí mismo.
Mi labor como escritor es que lo que escribo se parezca a la vida, no podría edulcorar las cosas para que el lector esté más cómodo.
Tampoco olvida ahondar en la diferencia de clases, ella rica y usted no, que había entre ambos.
Pero ahí entra un elemento sociológico importante y es que cuando la gente se divorcia debe afrontar además el problema de la vivienda. He visto infinidad de matrimonios rotos que siguen conviviendo porque ninguno de los dos se puede ir. Suelo decir en broma que debería haber una desgravación fiscal para divorciados, como hay ayudas para la quiebra de las pequeñas empresas.
En el fondo, ¿esta es una carta de amor para que Ana regrese?
Nadie me había preguntado eso, pero he pensado muchas veces que tiene un dispositivo oculto para que ella dentro de dos o tres años se decida por fin a leer la novela y piense: este hombre me quiso de verdad.
Esa es una jugada bastante extrema.
Puede ser que la cague y seguramente es muy fácil cagarla cuando te juegas la vida en cada libro, pero no soy un funcionario de la literatura y no me asusta adentrarme en lugares a los que la prudencia te dicta no ir. Yo entiendo la literatura como valentía y siempre que esté ahí la condición humana me la jugaré.













