Me encuentro con Natalia Moreno en la sobremesa coruñesa. Natalia Moreno, Nata, o sea (“aunque últimamente me lo llaman menos”, me dice) ha publicado su primera novela, una mezcla de ‘bildungsroman’, historia de aprendizaje y crecimiento, ya saben, y un relato de la crisis de los cuarenta y tantos, esa edad un poco ‘nel mezzo del cammin di nostra vita’, si todo va bien. Natalia Moreno es una reconocida documentalista, como ya contó este periódico, ganó un Goya con ‘Una vida entre las cuerdas’, sobre el violinista Ara Malikian, al que tan bien conoce como directora escénica, y ha sido y es actriz, y ha vivido intensamente el guion, la producción, la dirección también: todo ese mundo complejo del cine, que exige esfuerzos gigantescos
Natalia es un amor, sonríe todo el rato. En sus palabras, como en la novela, hay mucha honestidad, un deseo de verdad que contrasta con estos tiempos oscuros. Dice, eso sí, que es muy aragonesa y tal, lo que implica carácter, determinación, y entonces hablamos de Buñuel, claro, que se nos aparece como un dios flotando sobre nuestras cabezas, y de otros escritores del momento, también aragoneses, que están muy en la pomada del éxito, o como se diga ahora. La novela, como es bien conocido, se titula ‘Madonna no nació en Wisconsin’, que es un título total, y muy americano, aunque ni Madonna es Madonna ni Wisconsin es Wisconsin.
La protagonista quiere ser Madonna, la de ‘Like a Virgin’, mayormente, pero toda la novela está atravesada por la poderosa música de los ochenta, Nirvana, por ejemplo (ya al final de la década), por todo el fulgor y el dolor de los ochenta, en una labor de cata arqueológica, tan delicada como salvaje. Wisconsin es Huesca, evidentemente, ya saben, con ese juego fonético. Natalia, Nata, escribe sin censuras, sin cortarse, parece una espada flamígera repartiendo aquí ya allá, repasando aquella infancia, aquel verano, aquellos días polvorientos y brumosos, aquellos días de caos y abandono.
“Ahora bien, no es una autobiografía”, me dice. En efecto, parece más autoficción, memoria, aunque no exactamente nostalgia (“yo tengo más nostalgia del futuro”, me explica entre risas). La novela se escribe desde esa crisis de los cuarenta y tantos, con la vida a medio hacer, cuando sabes que ya no eres joven, ni lo volverás a ser, pero tampoco viejo, y te reinventas, quieres reinventarte, aunque lo que brota como una certeza es el manantial de la infancia, el lugar en el que nos construyeron, en el que nos construimos.
La escritura de Natalia Moreno tiene una belleza feroz. Guarda el ácido sabor del lenguaje sin contemplaciones de Bukowski y así (es una referencia, reconoce), de esos parejes desangelados a la americana: aquí hay mucho barro, real y metafórico, y gasolina, y lugares que necesitan una mano de pintura, no hay héroes, ni milagros, bueno, milagros a lo mejor sí, de aquella manera, y mujeres potentísimas que formaron una tribu “y son ellas las que lograron que yo esté aquí ahora, con mi propia voz, escribiendo esta historia, que es nuestra historia”. “He escrito siempre, no dejaba de llenar cuadernos. Pero yo quería ser leída. No tanto ser publicada, tal vez. Quería saber que era capaz de hacerlo por mí misma. Mis padres son del mundo sanitario y parecía asumido que yo estudiaría para médico, hasta que dije que no. Vino el profesor a casa y les dijo a mis padres que yo tenía que escribir, que no me lo impidieran. Y aquí estamos. No dejaré de hacerlo, ahora que he llegado”.
“Leía a Bokowski con 17 y alucinaba: tan brusco y callejero. Pero también a Virginia (Woolf, claro), y a Sylvia Plath. Me gusta esa humanidad que no está cubierta de adornos”, me cuenta. “Eres muy kamikaze escribiendo”, le digo. “A veces hoy esta voluntad de estilo, tan potente, se mira con reparo. Pero tu estilo literario se muestra a cada paso, sin intentos de suavizar los infinitos placeres del lenguaje: me gustan los escritores reconocibles”.
Esta es una novela sobre el daño. Sobre el duelo. Sobre el dolor y el silencio. “Fue un tiempo de adicciones, desde luego, y, si, por ejemplo, tenías un familiar alcohólico, y eso ocurre en la novela, lo normal era que todo se cubriera con una espesa capa de silencio. Y si alguien moría de sida, pues se decía que era por otra razón… A los niños se les contaba poco o nada”. “Se vivía en la calle, sin brújula”, le digo. Esa forma de vivir dura, casi al límite, es lo que se narra en ‘Madonna no nació en Wisconsin’ (Galaxia Gutenberg). Una novela tierna y feroz. “Vivir es como montar en bici: no se te puede olvidar”, escribe Nata Moreno. Y tampoco puedes parar, o te caerás.














