«Siempre me preguntan por qué, en nuestra época, nos reunimos y gastamos tiempo y energía para ver conjuntamente una película que dura bastante. Yo no tengo respuesta. Sin embargo, sé que la voz humana es frágil, siempre rodeada de oscuridad. Y estar en un cine es una de las mejores formas de tratar esa oscuridad».
La reflexión del cineasta chino Bi Gan, pronunciada tras recibir la Lady Harimaguada de Honor, inauguró la tarde noche de cine de hoy.
Sala llena para ver ‘Resurrection’ de Bi Gan en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. / LP/DLP
Fuera, el día se mantenía despejado, con algunas nubes cruzando sin prisa el cielo de la capital grancanaria y unos rayitos de sol tímidos creando relfejos en el agua; dentro, en la sala 6 del Cine Yelmo Las Arenas, la cola crecía con una paciencia expectante: estudiantes de la Escuela Oficial de Idiomas, cinéfilos fieles al festival o curiosos que venían atraídos por el eco de una filmografía que no se parece a ninguna otra, se agolpaban en la puerta.
Había ganas de ver Resurrection, prueba de ello es que la sala terminó llena. Y en ese lleno, hubo una especie de pacto tácito: entregarse a una película de dos horas y cuarenta minutos que, en línea con el cine de Bi Gan, no busca respuestas sino estados.
‘Kaili Blues’
Por su parte, el director del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, Luis Miranda, recordó durante la presentación la relación especial que une al certamen con el cineasta chino. En 2016, el festival acogió el estreno en España de Kaili Blues, su ópera prima, apenas un año después de su producción.
En esta 25ª edición, con un tercer largometraje bajo el brazo, el regreso de Bi Gan se entiende como una celebración: la de una mirada «realmente original», en palabras de Miranda, y también la de una cierta continuidad con otras visitas que han marcado la historia del festival. Como la de Jia Zhangke, premiado en el décimo aniversario de este encuentro cinematográfico, cuya obra sirvió entonces para retratar una época desde la singularidad de la República Popular China. Hoy, el diálogo entre ambos nombres deja ver tanto afinidades geográficas, como la distancia entre dos momentos del cine y del mundo.
Bi Gan, que llegó desde Barcelona para participar en este ciclo dedicado a su filmografía, recogió el premio entre aplausos y una intervención breve. Subrayó que el galardón del festival que recibió en 2016 supuso, además de un reconocimiento, un impulso económico imprescindible para su filmografía: «Gracias a esa financiación pude seguir rodando Largo viaje hacia la noche», apuntó. Diez años después, no solo ha cambiado su cine, sino «la forma de hacer cine en general», destacó, en la línea con la reflexión previa lanzada por Miranda.
Sin capacidad de soñar
Resurrection, que se ha proyectado esta tarde por primera vez en España y que se estrena mañana en cines, es una película ambientada en un futuro postapocalíptico donde la humanidad ha perdido la capacidad de soñar y, con ella, una parte esencial de su experiencia.
La inmortalidad ha llegado, pero al precio de la ausencia de sueños: solo los rebeldes se atreven a seguir soñando, y por tanto a seguir envejeciendo. En ese mundo, una criatura -un monstruo fascinado por las ilusiones que se desvanecen- se aferra a visiones que nadie más puede ver, hasta que una mujer, capaz de percibirlas, decide adentrarse en su interior.
La película funciona como un artefacto de ambición poco frecuente. Concebida como una especie de «película de películas», se estructura en relatos que dialogan con distintos momentos de la historia del cine.
No es casual que desde la organización del festival se haya querido hacer coincidir este homenaje con el estreno en el Archipiélago de una obra que ha recibido elogios unánimes de la crítica internacional. Definida como «hipnótica», «deslumbrante» o «prodigio sensorial», Resurrection es una película que exige tiempo, atención y, quizá, una cierta disposición a perderse.
Trayectoria
Desde sus primeros cortometrajes, como The Poet and Singer (2012), hasta el reconocimiento internacional de Kaili Blues (2015), la obra de Bi Gan ha explorado los límites formales sin desligarse del pulso de lo cotidiano. Aquella ópera prima, premiada en festivales como Locarno o Nantes, fue celebrada por su capacidad para «sumergir en un sorprendente universo visual y sonoro» sin abandonar la pequeña historia rural que narraba.
En el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, ese recorrido se despliega ahora en forma de retrospectiva bajo el título Bi Gan Blues, que incluye sus largometrajes y cortos, así como otros títulos escogidos por el propio autor. Cada proyección irá acompañada de un coloquio, prolongando ese espacio de encuentro que, como él mismo sugiere, justifica la existencia de la sala oscura.
Antes de que comenzara la proyección, Miranda lanzó una invitación al público: quedarse después para conversar con el director. «Algo me dice que, después de verla, abandonar la butaca será lo que uno esté deseando hacer», apuntó, consciente de la intensidad de la experiencia.
Fuera, el mar seguía su ritmo y la luz empezaba a inclinarse hacia la tarde. Dentro, la oscuridad de la sala de cine se preparaba para hacer su trabajo.











