Ahora que Lily Collins se prepara para encarnar a Audrey Hepburn en la intrahistoria de ‘Desayuno con diamantes’, el mito vuelve a enfundarse el vestido negro, las perlas y las gafas de sol frente a Tiffany’s. Pero Sean Hepburn Ferrer, hijo mayor de la actriz y del también actor Mel Ferrer, lleva 33 años intentando mirar más allá de esa postal perfecta. Audrey murió el 20 de enero de 1993, a los 63 años, en su casa de Tolochenaz, en Suiza, a causa de un pseudomixoma peritoneal. Aquel día, Elizabeth Taylor dijo: «Dios estará contento de tener un ángel como Audrey con Él».
Ahora, en ‘Audrey íntima. La biografía autorizada’ (Lunwerg), escrito con Wendy Holden, Sean Hepburn Ferrer baja al ángel del pedestal para enseñar a una mujer real: herida por el abandono, traicionada en el amor y consumida por una misión humanitaria que, según cree su hijo, contribuyó a su final.
P. ¿Han retratado bien a su madre?
R. Absolutamente. Creo que la mayoría sí. Hay errores, sobre todo en algunos libros americanos, con una fecha mal que luego todos repiten. Pero en general no hay gran drama en la vida de mi madre, no hay grandes secretos ni esqueletos en el armario. Hay más de mil libros escritos sobre ella: de los sombreros a las portadas de revista.
P. ¿Por qué escribir ahora la biografía «autorizada»?
R. Empecé este viaje hace 33 años, después de que falleciera. Escribí unas 30 páginas para los hijos que esperaba tener algún día, para que supieran cómo era su abuela. Aquello acabó convirtiéndose en ‘Un espíritu elegante’. Me quedé tranquilo, pero mi agente insistía: «¿Y algo autorizado? ¿La última palabra?». Acepté, pero le dije que no era objetivo y que necesitaba un filtro. Y apareció Wendy Holden.
P. ¿Qué le atrajo de su perfil?
R. Había sido periodista de guerra, y eso tuvo sentido inmediatamente. La vida de mi madre empieza con la segunda guerra mundial y termina con sus años como embajadora de Unicef, que ella llamaba su ‘segunda y más importante carrera’. En medio está Hollywood, que para ella era levantarse, ir a maquillaje, saberse el guion, tratar bien a todo el mundo y volver a casa.
P. Su objetivo con la biografía es «devolver a Audrey a la tierra».
R. Sí. Su legado se está volviendo una leyenda, como ese globo de cumpleaños que se escapa y sube al cielo. Yo quise traerla a tierra, darle raíces. Que la gente recordara que, aunque dejó un legado increíble, era una mujer verdadera, con una vida normal.
«Para ella Hollywood era levantarse, ir a maquillaje, saberse el guion, tratar bien a todo el mundo y volver a casa»
Audrey Hepburn, en ‘Desayuno con diamantes’, la película que la alzó como icono. / LNE
P. La mujer más elegante del siglo XX vivió con miedo al abandono.
R. Perdió a su padre muy joven y eso le dejó un hueco que tuvo resonancia toda su vida. Ella creía que si cada persona hace lo mejor para el otro, una relación puede seguir para siempre. El problema es cuando tú haces lo mejor para el otro y el otro hace lo mejor para sí mismo…
P. En el libro habla de la infidelidad en su segundo matrimonio, con Andrea Dotti. ¿Fue difícil contarlo?
R. Sí. Mi madre era muy reservada y yo siempre quise proteger esa privacidad. Pero pensé: si una mujer como Audrey Hepburn, que representa la belleza, la ternura, la fragilidad, puede sufrir este tipo de traición, entonces nadie está a salvo.
P. ¿Qué fue lo que más la hirió?
R. La infidelidad fue la gota que colmó el vaso. Pero lo que más dolor le causó fue que, al enfrentarse a ella, Andrea se quitó el sombrero de marido y se puso el de psiquiatra. Empezó a protegerse detrás de su profesión.

Audrey Hepburn y Gregory Peck, en ‘Vacaciones en Roma’. / EPC
«Si una mujer como Audrey Hepburn, que representa la belleza, la ternura, la fragilidad, puede sufrir este tipo de traición, entonces nadie está a salvo»
P. Su padre, Mel Ferrer, fue decisivo en su carrera, pero también aparece como un hombre «difícil».
R. Mi padre fue muy importante. Era mejor productor que actor, y ayudó mucho a mi madre a filtrar guiones y equipos. Pero vivían juntos y trabajaban juntos todo el día. Un matrimonio de 15 años así puede equivaler a uno de 45. Él también quería tener éxito, y eso fue creando una erosión. A veces él parecía una nube oscura antes de la lluvia.
P. ¿Eso pesó en la separación?
R. Sí, y también cómo eso me afectaba a mí. Le recordó a lo que ella había vivido de niña con el abandono de su padre, y no quiso que yo pasara por lo mismo.
P. Después de Andrea Dotti llegó Robert Wolders, Rob, su última pareja.
R. Robby fue el tercer hombre de su vida. No se casaron, pero estuvieron juntos desde 1980 hasta el final. Él era holandés, habían crecido no muy lejos el uno del otro, compartían cosas pequeñas de la infancia. Después de dos matrimonios dolorosos, encontró con Rob una gran felicidad.
P. ¿Su madre era tan frágil como parecía?
R. Tenía dos lados de la moneda. Era un puño de acero en un guante de terciopelo. Esa fragilidad la usó en su vida y se volvió importantísima en su trabajo humanitario. Pero también se volvió en su contra, porque amplificaba el dolor y la angustia de toda esa gente.
P. En cinco años con Unicef, el 80% de sus viajes fueron a lugares con guerra o conflicto: Vietnam, Somalia, Sudán, Eritrea… ¿Fue demasiado?
R. Sí. Ella empezó con misiones menos arriesgadas, pero luego pidió ir a los lugares más difíciles, allí donde no iba nadie, donde no iban otras celebridades o donde los medios ya no miraban. Sentía que ahí podía ser útil.
«Era un puño de acero en un guante de terciopelo»
P. ¿Y eso la consumió?
R. Yo creo que sí. Era muy fuerte espiritualmente, pero físicamente era una mujer muy delgada, sin muchas reservas. Y no era solo el cansancio físico. Era lo que veía. El dolor profundo también afecta al sistema inmunológico. La hincharon de vacunas para ir a todos los países del mundo, los cambios en su microbiota, todo eso… No puedo decir: fue esto, pero sí creo que fue un conjunto de cosas.

Audrey Hepburn, en uno de sus proyectos en África con Unicef, organización de la que ella fue la primera embajadora femenina. / UNICEF
P. Somalia fue el principio del fin.
R. Sí. Ella volvió de Somalia y me dijo: ‘He estado en el infierno, Sean’. Allí vio niños apagándose como la llama de una vela. No puedo asegurarlo, pero este era un cáncer relacionado con la microbiota, que hoy sabemos que es clave para el sistema inmunológico. No era un cáncer que crea un tumor sino una enfermedad que derretía los tejidos del intestino. Jim Grant, el director de Unicef que había fichado a mi madre, murió del mismo tipo de cáncer dos años después.
«Era muy fuerte espiritualmente, pero físicamente era una mujer muy delgada, sin muchas reservas»
P. ¿Le molesta que el mito sofisticado y luminoso haya eclipsado a la mujer real?
R. No. El mito es el reflejo de lo que ella tenía en la cabeza. Ella creó su propio legado. Si ves fotos de ella con 16 años, es una muchacha holandesa no muy interesante, con un diente un poco travieso. Y creó todo eso con la cabeza, y en una época donde se llevaban las mujeres con muchas curvas,.
P. ¿Qué sorprenderá más al lector: descubrir que Audrey no era una santa o que era incluso mejor persona de lo que parecía?
R. Que era una persona verdadera. No era una santa. Era una mujer que creó esa magia a pesar de tener una vida normal, tomando decisiones simples y limpias. Trabajó cuando había que trabajar, no corrió detrás de más dinero del que necesitaba y vivió una vida sencilla.
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