El refranero español nutre nuestros días con frases hechas que, a menudo, contienen más verdad que muchos vocablos del diccionario de María Moliner. Miro atrás y evoco a todas esas mujeres que fueron señaladas, juzgadas y tachadas de “frescas” —por no reproducir términos aún más soeces—. Lo hago desde mis ojos de mujer treintañera, feminista —muy a mi pesar para quienes aún cuestionan el hecho de serlo— y desde una profesión que me obliga a escuchar los verdaderos ecos de la sociedad: docente. Aun así, me enorgullece saber que hoy puedo escribir con mi nombre gracias a tantas mujeres que lucharon antes para que eso fuera posible.
Como Colombine o Emilia Pardo Bazán, que defendieron abiertamente el derecho de las mujeres a escribir, publicar y ser leídas sin esconderse tras un pseudónimo masculino, enfrentándose a una sociedad que intentó relegarlas al silencio. Ellas no solo escribieron: abrió camino. Puesto que durante mucho tiempo, escribir siendo mujer no era solo un acto creativo, era un acto de resistencia y aunque hoy parezca superado, la realidad demuestra que ciertas dinámicas siguen presentes, solo que revestidas con otros códigos.
Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer en España, impulsada por el Ministerio de Igualdad, más de un 36% de las mujeres ha sufrido algún tipo de acoso sexual a lo largo de su vida, y el acoso —también en entornos sociales y digitales— sigue siendo una forma de control, juicio y castigo. No es historia, es 2026.
El otro día, mientras esperaba —sin desesperar— el tranvía para ir a casa, una adolescente de unos dieciséis o diecisiete años lloraba incansablemente a mi lado. Al verla así, le ofrecí un pañuelo y un consejo sencillo: “No hay chico que tenga derecho a hacerte sentir así”. Me miró con los ojos rojos, tristes, profundamente azules, y balbuceó con una frase que pareció un puñal: “Pero sí una amiga”. Ahí empezó su confesión, como si de uno de esos momentos de confesión en un concierto de Rosalía se tratase, aunque con menos público y mucha más verdad.
Me contó cómo su mejor amiga la había insultado delante de todos por creer un rumor: que ella había tenido relaciones con su novio. Él lo negó. Lo juró. Pero bastó un mensaje descontextualizado para que la mentira pesara más que la confianza -poco se puede hacer porque ya lo dice el refrán “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Esa “amiga” no sólo la marcó con su particular letra escarlata: la aisló, la expulsó del grupo, la condenó al silencio social. Así fue cómo acabó en el tranvía, no porque quisiera, sino porque le daba vergüenza coger el bus con quienes, aun sabiendo que no había hecho nada, preferían no enfrentarse a la “jefa”.
La escena bien podría parecer sacada de alguna de mis películas preferidas de adolescente Chicas malas o de Una cenicienta moderna.Pero muy a mi pesar estamos en 2026 y los rumores siguen destruyendo, las “abejas reina” siguen reinando y las “cenicientas” siguen pagando un precio injusto que, en demasiadas ocasiones, deriva en ansiedad, depresión o algo peor.
La diferencia es que aquí no hay final de película. No hay una Hilary Duff quedándose con el chico, ni un cierre perfecto. De hecho, en este caso, a ella ni siquiera le interesaba. Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿Qué papel jugamos los adultos en todo esto?
La respuesta parece evidente: somos parte del problema cuando miramos hacia otro lado. Pero, ¿cuántas veces hemos justificado comportamientos crueles con un simple “son cosas de niños”? ¿Cuántas veces hemos sabido —en nuestro interior— que no lo eran?¿Hasta cuándo vamos a seguir blanqueando la crueldad cuando viene disfrazada de infancia? Porque lo verdaderamente peligroso no es la maldad explícita, sino la indiferencia que la legitima. Quizá ha llegado el momento de dejar de mirar hacia otro lado y empezar, de una vez por todas, a educar no solo en conocimientos, sino en conciencia.
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