«El análisis de conflictos es clave para deducir cuestiones históricas y contemporáneas»

― Con tantas áreas de investigación posibles, ¿qué le motivó a unirse precisamente a la Cátedra Unesco de Resolución de Conflictos?

― Era como una deuda pendiente, ya que en su día una de las opciones que contemplé para estudiar el máster fue precisamente el de Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos. Finalmente, opté por el arte y las instituciones culturales, luego estudié otro máster sobre pluralismo religioso en Córdoba y en Países Bajos. Siempre me han interesado la política internacional y la historia, y creo que el análisis y estudio de los conflictos resulta fundamental a la hora de deducir cuestiones históricas y contemporáneas, pues al final la historia cultural de la humanidad está plagada de estos y es el modo en que los resolvemos, y por supuesto su resultado, lo que provoca que la cultura avance en una dirección o en otra. Es un campo de estudio que admite un alto grado de interdisciplinaridad al ser los conflictos normalmente multifactoriales. Además de resultar intelectualmente estimulante, permite conocer a personas de muy diversos ámbitos profesionales o académicos.

― Como joven investigador, ¿qué nuevas metodologías (tecnología, psicología moderna, análisis de redes) cree que son imprescindibles aportar a la Cátedra en este 20º aniversario?

― Lo principal es promover nuevos marcos de conocimiento que tiendan hacia la interdisciplinariedad, como los estudios sobre paz y conflictos fundados principalmente por Johan Galtung en los 60. Lo que más necesita la universidad es conseguir devolver la pasión por el conocimiento a la juventud, conseguir que los alumnos no perciban la carrera únicamente como algo a superar para obtener un título sino como un proceso que va a cambiar su forma de entender el mundo. Hay mucho trabajo por hacer en este sentido. La sociedad necesita en esta nueva revolución tecnológica una seria puesta en valor del humanismo y las humanidades, que se perciben erróneamente como una categoría inferior dentro de las ramas del conocimiento. El Renacimiento europeo produjo la imprenta de Gütenberg o el telescopio, pero también a Botticelli, Tiziano y al Greco, en una época de continuos conflictos. Nos guste o no, lo único que nos separa de convertirnos en una de esas sociedades distópicas imaginadas por la ciencia ficción donde todo es insípido y controlado por máquinas son las humanidades. Sería interesante crear una formación sobre humanismo integrado en el currículo universitario, aunque sea a un nivel básico. Por otra parte, hay que proporcionar modelos a los jóvenes que les sirvan de inspiración y hacerles ver que hay algo más que ser Elon Musk para que no caigan en las manos de ideologías reaccionarias vacías. Pienso en Bartolomé de las Casas, que en el siglo XVI luchó por los derechos de los pueblos indígenas americanos contra la extendida opinión contraria. O el marqués de La Fayette, que siendo aristócrata francés luchó en la guerra de independencia americana, abogó por el voto por cabeza y no por Estados y por la creación de una verdadera asamblea nacional que representara a toda Francia, lo cual perjudicaba claramente a su clase social, y se negó a recibir de Napoleón la mayor condecoración que se otorga en Francia y a formar parte del Senado, afirmando que hubiera aceptado si se lo hubiera ofrecido un gobierno democrático. La obra poética de sor Juana Inés de la Cruz, filósofa y escritora del siglo XVII considerada exponente del siglo de Oro de la literatura española, criticó la concepción de la mujer como sujeto pasivo en la relación amorosa, incorporó elementos del ‘náhuatl’, la lengua franca del imperio azteca, para mostrar la diversidad cultural de su tiempo. Hoy son características celebradas por la crítica en la literatura contemporánea.

«La sociedad necesita ahora una seria puesta en valor del humanismo»

― Su generación se enfrenta al ‘hatespeech’ en redes sociales o la polarización extrema, ¿Cómo se enseña cultura de paz en la inmediatez digital?

― Hay ciertas cosas en el desarrollo social que no cambian con el avance de la tecnología. Por mucha inmediatez digital que exista, que bien entendida es sin duda una ventaja, el mejor antídoto contra los discursos de odio y la polarización extrema siguen siendo son los golpes de realidad, de realidad material. Resulta grotesco escuchar que los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo o a buscar paguitas de la boca de una persona, aún más si es joven, que no ha conocido o hablado con una persona migrante en su vida. O escuchar decir a alguien que tampoco conoce a ningún musulmán -ni tiene la menor idea de lo que es el Islam que los musulmanes vienen a imponernos su cultura. Evidentemente, uno puede formarse opiniones sobre cualquier tema buscando en internet o a través de las redes sociales, que, por otra parte, son el espacio donde hoy se libra la batalla cultural, pero es muy importante promover la necesidad de recuperar -y no perder de vista- el plano de lo físico, que es lo que en última instancia se busca transformar o controlar desde lo digital. Especialmente entre los jóvenes hay que insistir en que no pueden entender la realidad o formarse una idea acertada de las cosas solo a través de una pantalla. Es importante hacerles entender que el mundo también les pertenece y que deben ser conscientes de su capacidad para transformarlo, y que para eso hay que levantar la vista de las pantallas. Desde la Cátedra, el congreso Córdoba Ciudad de Encuentro y Diálogo aborda cada año un tema de relevancia inmediata, como fue la desinformación en la edición anterior o, precisamente, las formas de autoritarismo digital en la edición de este año. También durante el seminario de periodismo en zona de conflicto invitamos a profesionales que han estado sobre el terreno a dar conferencias. Puedes tener tu opinión sobre las cosas en base a lo que has leído o visto en redes sociales, pero cuando tienes delante a una persona que ha estado, por ejemplo, en Gaza, y te cuenta de primera mano lo que ha visto y oído allí, recibes un golpe de realidad. Lo mismo sucede cuando escuchas a una persona que lleva años investigando sobre las relaciones entre el poder y la tecnología en las sociedades democráticas, puedes argumentar a favor o en contra de su tesis, pero escucharles genera la misma sensación.

― ¿Impone trabajar al lado de figuras que llevan 20 años liderando este ámbito en Córdoba o es más una ventaja competitiva por lo que se puede aprender de ellos?

― Creo que es mucho más lo segundo, y es algo que realmente me gusta de trabajar en la Universidad. Probablemente, sería difícil para un joven trabajar mano a mano con una persona que supere los 60 en la mayoría de empresas privadas y, en cambio, en la Universidad he tenido la suerte de poder estudiar y trabajar con personas con más de 30 años de trayectoria; que, además, no se han limitado al ámbito puramente académico, sino que han estado muy implicadas con otro tipo de actividades e iniciativas culturales dirigidas a un público más amplio, como exposiciones o seminarios. Uno siente la urgencia de estar a la altura de las expectativas y puede llegar a ser algo que genere tensión, pero sin duda el beneficio en aprendizaje que se obtiene excede con creces cualquier inconveniencia.

― Si la Cátedra cumple 20 años, ¿dónde le gustaría que estuviera a los 40?

― Me gustaría que consolide aún más su papel como un referente internacional en los estudios sobre paz y resolución de conflictos, no solo en el ámbito académico, sino también como espacio de transferencia real de conocimiento hacia la sociedad y promoviendo la idea de que la paz no es algo abstracto sino tangible que necesita ser construido con diálogo, conocimiento y mucho compromiso.

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