El fin del mundo parecía cerca. Se acercaba el final del primer milenio de la era cristiana y un caballo bermejo, ese al que fuera dado desterrar la paz de la tierra, parecía vagar sin freno sobre un mundo asolado por la peste y las más terribles hambrunas. Las ermitas se resquebrajaban, la gente cuerda enloquecía y un sinnúmero de prodigios nunca vistos aparecía por doquier.
Una noche varios peregrinos que caminaban a Santiago por rezar ante la tumba del apóstol llegaron al monasterio diciendo haber visto a la luna volverse de un color rojo como de sangre derramada y al sol tornarse negro como de pelo de cabra. Contaban, sobrecogidos, cómo habían sobrevivido a lluvias de granizo y fuego y alguno juró haber contemplado astros que caían del cielo ardiendo como teas. Era el preludio del fin, el final de los tiempos que anunciara Juan. No nos toca a nosotros averiguar los momentos del Padre, ¡pero tal presagiaba tanto portento!…
Witiza había muerto. El reino visigodo se descomponía y la sucesión al trono estaba siendo dramática. Las intrigas y la ambición eran una constante en cualquier entronización goda, en la del sucesor del hijo de Égica también de modo que el enfrentamiento entre Don Rodrigo y Agila, el heredero legítimo al trono, no era otra cosa que la habitual codicia por el poder que caracterizaba a aquella monarquía.
Los nobles y prelados habían tomado partido por Rodrigo, Don Oppas y Sisberto hicieron lo propio con el primogénito del rey muerto. El enfrentamiento entre los dos linajudos godos derivó en una guerra civil despiadada que parecía no fuera a terminar nunca. Triunfaron, finalmente, los afines al primero y un concilio acabó ungiendo a Don Rodrigo como príncipe del reino, sin embargo, los adversarios nunca reconocieron su autoridad. Sucedía en Toledo, capital del Estado y centro de la Iglesia hispana en torno al año 710.
Mientras, el maligno observaba complacido desde las arenas de oriente. Aguardaba su momento y cuando el conde de Ceuta don Julián pactó con Muza, el todopoderoso general yemení, ya no tuvo ninguna duda. Subió a los barcos de Táriq y cruzó el estrecho.
Con su llegada las costumbres se han relajado hasta extremos difícilmente imaginables y el mundo se ha vuelto tan irreconocible que incluso la circuncisión comienza a ser práctica habitual entre los cristianos. Muchos hermanos se entregan a los vicios orientales olvidando la lectura que deben a los libros santos, se abjura de los principios sagrados, se rechaza la resurrección de Cristo, se confraterniza con paganos. Algunos abominan del cerdo en las comidas, otros practican la poligamia con descaro y deslumbrados por las formas orientales se jactan del ayuno y la continencia cristianas. El Anticristo se ha infiltrado definitivamente entre los creyentes, ha entrado para quedarse y a su paso el mundo se transforma. Haciendas, olivares, cosechas, ganados, alquerías, todo cambia. Nada `permanece, ¡ni siquiera las creencias que durante siglos fueron consuelo y fuente de sabiduría para nuestros ancianos!
Los obispos huyen en desbandada hacia el norte. Las sedes quedan vacías, los templos sin oficios y los hermanos, desvalidos y faltos de creencias a las que aferrarse, se debaten entre el ascetismo y la molicie, entre los sagrados Evangelios y la nueva religión. ¡El fin del mundo estaba cerca! … Se acercaba el tiempo que anunciara Juan. n
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