A veinte kilómetros de la costa de Alicante, Tabarca aparece como una excepción geográfica y administrativa. Es la única isla habitada de la Comunidad Valenciana y, al mismo tiempo, un barrio de la ciudad de Alicante. Una condición que, lejos de ser anecdótica, condiciona por completo la vida cotidiana de sus habitantes.
En verano, miles de visitantes la convierten en uno de los destinos más visitados del litoral alicantino. En invierno, en cambio, la isla reduce su actividad al mínimo. Entre esas dos realidades vive una comunidad pequeña que ahora ha decidido dar un paso al frente: reclamar más autonomía para gestionar un territorio que, aseguran, no recibe la atención suficiente desde el Ayuntamiento de Alicante.
El proceso para convertirse en entidad local menor se ha convertido en el eje del debate en la isla. No es una ruptura con Alicante, pero sí un intento de acercar la gestión a quienes viven allí todo el año. El debate no es nuevo, pero se ha intensificado en un contexto de saturación turística, falta de servicios y sensación generalizada de abandono.
De hecho, esta no sería la primera vez que la isla cambia de estatus. Sus habitantes han vivido una historia marcada por cambios de administración, repoblaciones y vínculos históricos que siguen vivos en los apellidos y tradiciones. La isla ha sido parte de Elche, de Alicante y, en un momento, incluso vendida a Barcelona para cubrir necesidades económicas.
Nuestros antepasados son genoveses que fueron a una isla de Túnez que se llamaba Tabarka, donde fueron hechos esclavos y luego liberados por Carlos III
Aunque la primera referencia a Tabarca aparece mucho antes, en la antigua Grecia, donde se le conocía como Planesia. Más tarde, durante la época romana, se llamó Planaria, en textos árabes se la denomina Planasia, y posteriormente fue denominada isla de Santa Pola. No fue hasta el siglo XVIII cuando adoptó el nombre de Nueva Tabarca, tras la repoblación impulsada por Carlos III en 1770 con la llegada de genoveses desde la Tabarka tunecina, liberados de la esclavitud. Desde entonces, la isla quedó vinculada a Alicante.
«Nuestros antepasados son genoveses que fueron a una isla de Túnez que se llamaba Tabarka, donde fueron hechos esclavos y luego liberados por Carlos III. Llegaron aquí y fundaron Nueva Tabarca, por eso esta isla se llama así y conservamos los apellidos genoveses«, explica Antonio Ruso, vecino de Tabarca, recordando que los apellidos Ruso, Chacopino, Manzanaro, Luchoro y Parodi siguen presentes en la comunidad y forman parte de la identidad local.
La Entidad Local Menor, una oportunidad histórica
Actualmente, los vecinos buscan convertirse en entidad local menor, una figura administrativa que les permitiría gestionar directamente ciertos servicios, como podrían ser limpieza, mantenimiento, transporte y otras áreas como cultura, sin desligarse de Alicante. «Es una conversión a lo que podemos decir una pedanía, donde los que vivimos aquí podemos decidir cómo se gestiona la isla. Un poco de decisión por lo menos», señala Antonio Ruso.
Somos un barrio de Alicante, pero queremos todas las comodidades que se tienen en tierra. Si no es así, vamos a intentar que se nos escuche
Como él, Sonia Navarro añade que lo más importante es que les «escuchen». «Somos un barrio de Alicante, pero queremos todas las comodidades que se tienen en tierra. Si no es así, vamos a intentar que se nos escuche«, destacando la necesidad de que las autoridades reconozcan la particularidad de la isla. Juan Carlos Espinosa puntualiza que el Ayuntamiento les «tiene un poco abandonados». «Haciendo esto, igual se puede solucionar o llegar a un acuerdo para que se interesen más en nosotros», añade.
Sin embargo, no todos los vecinos comparten la misma visión. Carmen Ruso admite que «hay que hacer una unión como tabarquinos, pero unión no hay», señalando que, a pesar de la historia común, existen diferencias internas sobre cómo abordar el futuro de la isla. Cayetano Ruso también critica la propuesta: «Que miren en el listado cuántos Chacopinos, Rusos, Manzanaros o Parodis hay… ¿A que no hay ni uno?», destaca el que fuera el último alcalde pedáneo de la isla.
Presión turística y masificación
Pese a todo, uno de los retos más evidentes de Tabarca es la presión turística que sufre durante los meses de verano. Pachi Menéndez, trabajador en la isla, explica que «en julio y agosto llegan unos 7.000 visitantes». «Barcos de Santa Pola, Torrevieja y Alicante… demasiada gente», señala, mientras que Pedro Espín, propietario de un restaurante, añade que los fines de semana llegan cerca de 8.000 personas. Esta masificación tiene consecuencias directas sobre la limpieza, el mantenimiento de espacios públicos y el consumo de recursos.
En julio y agosto vienen unos 7.000 visitantes. Barcos de Santa Pola, Torrevieja y Alicante… demasiada gente
El impacto sobre el entorno natural también es palpable. «Quieren poner las boyas para que no entren tantos barcos, ya están en ello», asegura Ángel Sánchez, trabajador local, haciendo mención al proyecto de gestión de los fondeos que busca limitarlos para que estos no afecten a la posidonia.
A pesar de las dificultades, los visitantes siguen encantados con la isla. Belén Murillo, turista de Sevilla, subraya que Tabarca es «preciosa». «Lo que acabo de ver me encanta», asegura, mientras que Ivonne Van Doorn, de Holanda, apunta: «Me parece muy bonita».
Limpieza, toldos y servicios limitados
La masificación estival, con el debate sobre un posible aforo siempre sobre la mesa, pone en evidencia la falta de infraestructuras básicas, con la limpieza como tema recurrente entre los vecinos. «Por la gran masificación que tenemos, la recogida de basuras falta. Luego, si queremos tener turismo, necesitamos incluso un médico«, comenta Antonio Ruso, mientras que Carmen Ruso añade: «En la isla debería haber alguien que limpie todo el año, pero en invierno, ni Dios se acerca».
En la isla debería haber alguien que limpie todo el año, pero en invierno, ni Dios se acerca
Por otra parte, la falta de aseos públicos es otro problema. La isla solo cuenta con un punto de aseos abierto mientras que otro está cerrado durante todo el año. «Cuando vienen 10.500 personas en un solo día de verano y no hay baños públicos hacen sus necesidades donde sea», lamenta Michel Rouge, otro vecino.
El último verano, la instalación de toldos en la calle principal provocó una fuerte polémica. Diseñados para generar sombra, solo cumplieron su misión durante un mes y fueron retirados a finales de julio. Inicialmente, se había anunciado que permanecerían hasta noviembre, pero la falta de permisos por ser un Bien de Interés Cultural impidió su continuidad. «Lo que tendrían que hacer es ponerlos desde Semana Santa hasta final del verano. Los pusieron cuatro días, luego vimos el presupuesto… Tienen a la isla bastante abandonada», apunta Pedro Espín.
Cuando vienen 10.500 personas en un solo día de verano y no hay baños públicos mean donde sea
Pero no todos los problemas surgen en verano. Durante el invierno, la isla se queda prácticamente sin servicios. Michel Rouge explica que «que no haya ninguna tienda abierta desde primero de noviembre hasta primero de marzo es un problema, porque hay que ir a Santa Pola sí o sí». «Luego se crea un círculo vicioso», añade.
En este sentido, el transporte es otro de los problemas más visibles. Tabarca no tiene un servicio público regular garantizado durante todo el año, y los barcos que parten desde Alicante y Santa Pola dependen de empresas privadas y de la temporada. La Generalitat ha intentado establecer una línea estable, pero los intentos han quedado desiertos. «Cuando hay mal tiempo solo tenemos un barco, entonces si queremos ir a la península y volver o tenemos alguna cita de médicos, bancos… no podemos«, lamenta Antonio Ruso.
Patrimonio, tradición y gastronomía
Tabarca conserva su patrimonio histórico, aunque con necesidades de inversión. La Torre de San José, construida en 1789 como fortaleza, fue cedida por el Ministerio del Interior al Ayuntamiento en 2024 para su uso como museo durante cuatro años, aunque el Consistorio solicitó una concesión de hasta 75 años para integrarla en el proyecto cultural. Además, el Museo Nueva Tabarca requiere mejoras y ampliación de horarios.
Otros edificios de la isla, como la Casa del Gobernador, se han transformado en hotel bajo una concesión municipal. Este espacio cuenta con 15 habitaciones, mientras que el Centro de Experiencias Ambientales del Mediterráneo (CEAM) ha reabierto como albergue para 20 personas bajo gestión externalizada por primera vez en su historia.
Hay cosas que no cambian. El caldero, plato típico de la isla, sigue siendo un emblema de la gastronomía local. «El caldero es la gallina con salsa de pescado, alioli, patatita… y con ese caldo se hace un arroz, es un plato de marineros», explica Pachi Menéndez.
Además, las fiestas de San Pedro y San Pablo en junio y la romería de la Virgen del Carmen en julio mantienen vivas las tradiciones locales. «Son eventos pensados más para el pueblo que para los turistas, con pasacalles, chocolatadas y conciertos», señala Sonia Navarro.
Con toda esta identidad, Tabarca ha cambiado muchas veces de estatus y administración a lo largo de su historia. Hoy, con la posibilidad de convertirse en entidad local menor, la isla busca recuperar el control de su gestión, proteger su patrimonio y ofrecer una mejor calidad de vida a sus vecinos.
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