De todas las tradiciones inventadas en las últimas décadas, la del Sant Jordi que regala libros y rosas es la más simpática. En Barcelona se hacía, que recuerdo habérselo oído a un mayor en mi infancia o adolescencia. Pero en otros lugares hubo que esperar décadas para tener esa formidable animación a la lectura y a la floricultura. Tan grande ha sido el empeño que, diríase, sólo se compran libros ese día y que, sin él, vacuo sería todo intento de perseverar en la perfumada costumbre de la lectura. Tanto es así que he padecido tal saturación de noticias en radios y redes que a punto he estado de retirarme del nefando vicio de las palabras impresas -lejos de mí esa ordinariez del libro electrónico-. Al final, tanto amor me parecía maniobra de marketing o de desocupados, incapaces de distraer sus ocios con las buenas letras. Parece que lo he superado. Con la ayuda de un libro, por supuesto, que las rosas no sirven especialmente para esto. De hecho, escribo este artículo en la tarde de Sant Jordi.
Así que, puestos en la tesitura de recomendar un libro, ninguno mejor que el que ahora leo y estoy a punto de concluir. A saber: «Koljós», de Emmanuel Carrère, editado por Anagrama. El título es confuso y, en realidad, lo es porque el autor desea esa confusión. No revelaré, pues, su significado. De Emmanuel Carrère poco diré: tiene una enfermedad mental. Pero esto no es denigratorio: él mismo lo cuenta. Y tampoco parece que le afecte mucho, como no sea para aportarle una locuaz lucidez. Sobre el género es difícil dar una definición fundada. Puede que sean unas memorias parciales, la biografía de su madre, un poco la de su padre, un friso de zaristas exiliados, un alegato contra Putin. Y varias cosas más. Y todo bien agitado y mezclado con mucho hielo, algo de fuego y unas gotas de perversa simpatía y de ingenua perversidad. Se lee como una novela, a veces intimista, a veces de aventuras. El producto es largo (437 páginas) pero no es ello excusa para el desánimo. Ni en una línea acecha el tedio.
Para que usted me entienda: el autor es hijo de Hélène Carrere d’Encausse, descendiente de exiliados georgianos y rusos, que se labró una prodigiosa carrera intelectual y que en su larguísima vida -murió en 2023- fue considerada una de las principales especialistas mundiales en historia, cultura y literatura rusa, análisis del sistema soviético y, luego, de la Rusia putiniana -aquí es donde se equivocó más: la tarde antes de la invasión de Ucrania afirmó en una televisión que eso nunca pasaría-. Su prestigio y elegante buen estar, le llevaron a la Academia y, luego, a ser la Secretaria Perpetua de la misma, lo que en Francia es mucho, muchísimo. Ya sabe que allí se dice que un académico es un «inmortal». Su hijo, en el libro, comenta que como a su madre no le bastaba con ser inmortal procuró esa Secretaría para ser, además, vitalicia. Ya había escrito hace años otra obra que le condujo a una crisis con su madre. Y sin embargo la quería. Pero, al parecer, con esta mezcla de benevolencia y acidez que le permitió usar de tan extraordinaria musa para sus despiadadas correrías literarias. Obtuvo mucho desdén materno y una cierta simpatía del padre, que no es que se llevara demasiado bien con su dilecta esposa; aunque tampoco mal: se llevaban de lejos, con unidad domiciliaria pero distancia de habitaciones.
Todo esto lo digo para establecer que el argumento es un nudo de tensiones y no una historia lineal. La grandeza está en que el autor guía con eficacia para evitar perderse en esas tensiones en las que participan asesinos de Rasputín, popes ortodoxos, nobles equívocos, Presidentes de la República Francesa, un familiar colaboracionista asesinado por la Resistencia y hasta una señora nombrada por Francia embajadora en Georgia que al llegar allí -el país de sus antepasados- fue nombrada ministra y acabó de Presidenta de la República, encabezando manifestaciones contra el Gobierno. Lo mejor, lo que causa asombre, es cerrar el libro y pensar: «caray, todo esto es verdad; estas cosas pasan; la suerte aquí es que en la familia tenían, además, un escritor».
Pero si me animo a recomendar el libro es porque todo este fresco puede ser leído como una metáfora ardiente de nuestro mundo. Una metáfora política, se entiende. En un momento dado, el autor comenta alguna de esas formas excéntricas de vida y la define como «epopeya cómica». Doy en pensar que nada se ajusta mejor al reinado de Trump. Y, con él, de muchos otros, especialmente contentos, en sus sueños o en sus noches de insomnio, de aspirar a ser sus bufones. Como una suerte de bufón queda descrito Putin respecto de Yeltsin: el que estaba a su lado, aguantando sus borracheras, y tenía por oficio «no olvidar», como le dijo a la académica. Y es sobre Putin y sus significados donde el libro vuelca su malevolencia. Con su madre, Carrère anda molesto, o muy molesto, o lo contrario. Con Putin es otra cosa. Quizá porque a su madre le cayó relativamente bien en algún momento -no como persona, sí como déspota inevitable que permitiría evoluciones posteriores…y por ello recibió abundantes medallas y títulos absurdos-. De manera más inquietante, la obra no omite brutales errores de análisis de occidente que permitieron crecer la dictadura rusa al tiempo que colocaban en su corazón el desprecio por la impotencia de la UE.
Pero luego llegó la invasión de Ucrania y el peligro para otros países. Y Emmanuel Carrère toma partido. Se diría que abrumado, enfangado en una sangre que llega a sentir como propia. Una sangre premonitoria en un mundo vuelto del revés, donde los dictadores andan en estrecha guerra cuerpo a cuerpo con la realidad. Una anécdota terrible pero sabrosa es aquella en la que indica que, como es sabido, Putin no declaró ni hizo guerra contra Ucrania, se trataba de una «operación militar especial». Coincidiendo con el inicio de las hostilidades, hizo aprobar una ley contra las fake news, a lo que no se hubiera atrevido ninguna democracia, por más que nos escandalicen. Así que decir que Rusia empezó o estaba en guerra, era fake new pudiendo penalizarse: tres años de cárcel si se dice o escribe; cinco si se hace en las redes; quince «si tiene consecuencias públicas» (?). Nada extraño y de eso se trata de convencer al pueblo ruso -que, al parecer, estaba deseando ser convencido-. Por eso, en una tertulia televisiva uno de los presentes afirma que la operación militar especial no muestra «agresividad», sino «misericordia»; y un furibundo filósofo presente afirma: «Totalmente de acuerdo: ¡nuestra misericordia será implacable!». Buena definición de la sutileza de Putin, Trump, Netanyahu y otra nutrida nómina de artistas invitados.
La clave de todo ello es que, seguramente, un libro centrado en los equívocos vitales de una familia más que especial, se hubiera escrito en cualquier situación. Pero no éste, que precisa de toda la amargura del mundo. Es como si los restos de esta familia de antiguos exiliados tuviera miedo de encontrarse de nuevo perteneciendo a la nobleza -intelectual y económica- pero pudiendo ser desarraigados, porque su universo de creencias se tambalea. En un mundo puesto a prueba por lo irreal y las guerras híbridas, todos corremos el peligro se volvernos irreales e híbridos, Que no sepamos lo que eso significa es sólo la prueba de que es cierto. Es un mundo en que cualquier preferencia nacional nos puede arrollar. No confíe usted en ser de aquí o de allá: siempre puede haber alguien tan cargado de odio que piense lo contrario.
En una obra anterior -la que le costó a Emmanuel Carrère dos años de silencio maternal-, «Una novela rusa», una de las protagonistas, preguntada por las posiciones políticas del autor, contesta: «Emmanuel no vota porque tiene miedo de votar a la derecha». Así hay mucha gente en las arduas estepas europeas. Por eso conviene leer el libro: no para coincidir con el autor sino para no acabar convertidos en gentes que leen y aprecian el perfume de la rosa pero, sin darse cuenta, no encuentran raro que haya dragones entre nosotros.
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