Tras la firma del acuerdo de gobierno esta semana entre el Partido Popular (PP) y Vox en Aragón, el líder de la extrema derecha en esa comunidad y vicepresidente in péctore de la misma, Alejandro Nolasco, rompió el protocolo no escrito de una comparecencia como la que estaba protagonizando con el todavía presidente en funciones, Jorge Azcón. «Quiero agradecer al presidente Azcón que haya tenido la disposición y la valentía de llegar a este acuerdo final, mientras que por otro lado Génova solo ha puesto palos en las ruedas, solo ha puesto zancadillas», señaló, ante un líder del PP aragonés que guardó elocuente silencio.
Fuentes de la cúpula de los de Alberto Núñez Feijóo aseguran que se trata de «teatro», mientras que en la sala de máquinas de los de Santiago Abascal se cierra filas con Nolasco: «Es que ya está bien. Se dedican a poner palos en las ruedas y luego lo cuentan como si lo hubieran hecho ellos». Para la dirección de Vox fue especialmente hiriente que en una de las comunicaciones que el departamento de comunicación del PP realiza a los medios de comunicación se dijese que el acuerdo se había cerrado tras intercambiarse papeles los dos partidos a nivel nacional. «Pero si no nos hemos intercambiado ni uno solo, eso es mentira», claman los de Abascal.
El episodio no es menor, aun cuando estemos hablando, tanto en Aragón como en Extremadura, donde la Asamblea autonómica ha vuelto a investir esta semana a la popular María Guardiola como presidenta de la Junta, de toda una segunda oportunidad en el siempre maltrecho matrimonio de intereses o conveniencia que mantienen el PP y Vox. Ambas formaciones, sí, vuelven a compartir gobiernos como en los años 2022 y 2023 y están siendo capaces de alcanzar acuerdos sobre un patrón visto en Extremadura y Aragón y puede que pronto en Castilla y León, donde Alfonso Fernández Mañueco vuelve a necesitar el pacto con el partido a su derecha para seguir gobernando la Junta, como desde 2019. Aquel que consiste en sacar de la ecuación cualquier referencia a las políticas contra la violencia de género y de apoyo al colectivo LGTBI, que el PP tiene ya incorporadas a su acervo político pero que son objeto habitual de las críticas de Vox, para centrarse en dos ejes, el económico o fiscal y el de la inmigración.
Es decir, allí donde hay más grado de coincidencia. Casi sin problemas en el primero de los casos, y con diferencias algo más que de matiz en el segundo. Véase la polvareda levantada por el término «prioridad nacional» que los de Abascal han logrado colar en los acuerdos para a continuación presumir de él, como hizo Abascal en sus últimas apariciones en Andalucía, dentro de su precampaña para las elecciones del 17 de mayo. «Lo enfermizo es que los españoles sean los últimos en España», blasonó el presidente de Vox. El PP, mientras tanto, se ha esforzado en explicar, en buena medida ciñéndose a la literalidad de los acuerdos, que la única prioridad que recogen los mismos es la de quien pueda acreditar un determinado tiempo de empadronamiento en una determinada comunidad, provincia o localidad. Algo que ha llevado a muchos a ironizar acerca de que no habría ‘prioridad nacional’, como presume Vox, sino ‘prioridad extremeña’ o ‘prioridad andaluza’.
Un cortocircuito político entre dos líderes
Pero al margen de todo ello, hay una cosa clara que los acuerdos firmados no pueden ocultar, o no tras un escrutinio severo del estado de las cosas, y es que el cortocircuito político entre Feijóo y Abascal está lejos desbloquearse. Las cuitas vienen de lejos, y no solo no se solucionan, sino que en ocasiones hasta se agravan. El líder del PP tiene aún la espina clavada de que Abascal lanzase en la campaña de las generales de 2023 proclamas como la de aplicar un 155 permanente o preventivo en Catalunya, algo a lo que los populares atribuyen en buena medida la remontada conseguida por Sánchez en aquellos comicios, así como a su presencia en un debate que se propuso a cuatro pero que finalmente fue a tres, entre el líder de Vox, el presidente del Gobierno y la vicepresidenta y candidata de Sumar, Yolanda Díaz.
Abascal por su parte, no puede ni comprender que se pretendiese su incomparecencia en un debate, pero su reproche a Feijóo llega por una vía menos intuitiva de lo que parece. El líder de Vox está convencido de que el PP debe, en beneficio del bloque que aspira a derrocar al actual Ejecutivo de la izquierda, centrar su discurso y su mensaje en abarcar al votante desde la derecha hacia el centro, allí donde no llega su partido, dejándole a él el flanco más a la derecha. Y eso, curiosamente, le lleva a ver con mejores ojos a los dirigentes del PP a priori menos afectos a él, como Guardiola o como el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno. El reproche tiene ribetes que pudieran parecer anecdóticos o triviales pero que sin embargo contienen una importante carga de profundidad sociológica. «Feijóo está empeñado en dejarse ver en eventos cinegéticos, y todos sabemos que no le gusta la caza, o en los toros. Que nos lo deje eso a nosotros. De repente hay mucho votante conservador que es animalista, y si el PP le espanta lo habremos perdido», comentan en el equipo de Abascal.
Entre los presidentes del PP y Vox, en su día compañeros bajo las mismas siglas, aunque nunca coincidieron excesivamente ni tuvieron relación, existe un cierto abismo generacional e incluso de personalidad. Aunque en el trato corto su relación siempre ha sido cordial, no exenta de momentos de tensión, como cuando el año pasado Feijóo le insinuó una suerte de pinza con el Gobierno a través de la supuesta conexión entre el ministro Félix Bolaños y el principal asesor del líder de Vox, Kiko Méndez-Monasterio. «Enséñame las pruebas y despido a Kiko», le contestó Abascal, algo que no ha impedido que, de una forma u otra, el PP siga difundiendo esa especie, que niegan tajantemente los supuestos implicados, y que en el seno de Vox atribuyen a su ex portavoz y ahora líder del sector crítico, Iván Espinosa de los Monteros.
Ensamblar todas estas tensiones y malentendidos de cara a lograr derribar a Sánchez tras las generales del año que viene no le será fácil a ninguno. Pero ambos ya han apostado todo a esa posibilidad, y no les quedará más remedio, si la aritmética esta vez lo permite, que superarlos para llegar a acuerdos como los que ya se empiezan a ver en las comunidades autónomas.
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