¿Qué poemas se llevan para leer frente a la tumba de una mujer a la que no conociste y de quién no posees un legado material al que acogerte? A la sepultura de Antonio Machado en Colliure nos acercamos como quien se acerca a la de un querido familiar hace años fallecido. De alguna manera, sus versos son como una especie de pasaje hacia sus emociones y vivencias.
Pero, ante la tumba de Sonja Wigert, me quedo sin palabras. Pocas cosas creo tener en común con esa espía noruego-sueca que se jugó la vida en un momento crucial de la Historia del siglo XX. Ella era una excelente actriz, la Greta Garbo noruega, la llamaban, y cantaba y bailaba de una forma que la hizo ascender hasta la cima de esos años treinta tan convulsos. Su calidad de artista, así como su belleza, la convirtió en el objeto del deseo de la cúpula nazi en la Noruega ocupada. Y ella, encontrándose en la encrucijada entre servir a su pueblo, espiando para la resistencia, o seguir con su carrera de actriz como si nada, escogió la primera opción.
Sobre el papel es fácil afirmar, oh, sí, yo también lo hubiera hecho (o no), yo me jugaría mi vida y la de mi familia por mi pueblo. Todo por un bien mayor. Pero bueno, no creo que Sonja lo decidiera así. Su padre fue encarcelado por tener ideas antifascistas y ella se lanzó a ese abismo que fue el espionaje de la Segunda Guerra Mundial porque le prometieron liberarlo. Después, una cosa sucedió a la otra, los acontecimientos se abalanzaron sobre su persona y, de repente, se vio relacionándose con el mismísimo Josef Terboven, Reichcomissar de los territorios ocupados de Noruega, para sacarle información.
Claro que todo esto le pasó factura. Aunque siguió trabajando, su carrera artística jamás volvió a ser la misma tras la guerra, pues su nombre siempre estaría ligado al horror del nazismo. Jamás, mientras ella vivió, se hizo público su papel como espía y la importancia de su labor para la paz en Escandinavia y en Europa. Tampoco recuperó al amor de aquellos días turbulentos, el agregado de la embajada húngara, que también espiaba para los aliados.
Transcurrieron los años y en 1969, quizás sintió que tenía que dejar su vida atrás, ya no sólo lo vivido, sino también el propio territorio. Así que decidió que debía mudarse para vivir en otro lugar la última etapa de su vida, junto al mediterráneo, en un lugar cálido y verde, rodeada de naranjos y palmeras.
Y qué mejor que L’Alfàs del Pi, donde podría pasar desapercibida entre la población local, pero al mismo tiempo relacionarse con la incipiente colonia que hoy alberga la población noruega más numerosa fuera del país.
Y allí vivió sus últimos años, dando largas caminatas hasta llegar a Altea, disfrutando de las aguas cristalinas y templadas de su bahía, y olvidando, quizás, la angustia de aquel tiempo de la ocupación nazi. Dice la gente del pueblo que la conoció que era una mujer elegante y discreta.
La muerte vino a buscarla el 12 de abril de 1980 y sus restos yacen en la localidad que la acogió en sus últimos años. ¿Alguien llevaría flores a su tumba?
Murió sola y, de alguna manera, repudiada por colaboracionista. No fue hasta el año 2005, con la desclasificación de los archivos suecos, cuando se supo que aquella mujer había arriesgado su vida y la de los suyos por un bien común que, a día de hoy, nos beneficia a todos.
En señal de gratitud y reconocimiento, las asociaciones La Companyia y Klías hemos preparado una serie de actividades durante este mes de abril, y el próximo sábado 25, en un acto público, llevaremos flores a su tumba y leeremos en su honor algún poema. Pero ¿qué poemas se llevan para leer frente a la tumba de una espía?
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