Lo mantuvieron fuera, temían su impaciencia

El presidente Donald Trump no participó en las operaciones de rescate de los pilotos del F-15E derribado sobre territorio iraní esta pasada Semana Santa. Los militares temían que «su impaciencia» pusiera en peligro la misión.

Así lo afirma el medio conservador Wall Street Journal en base a declaraciones de asesores de la Casa Blanca. Señalaron que mandos del Ejército recomendaron al mandatario no estar presente en la Sala de Crisis durante la ejecución de la misión.

«Los asesores mantuvieron al presidente fuera de la Sala mientras recibían actualizaciones minuto a minuto porque temían que su impaciencia fuera contraproducente. A cambio, se le fue informando en los momentos más relevantes», explicaron.

Después de recibir del presidente la orden de recuperar a los pilotos del avión derribado, los generales prefirieron mantenerlo al margen de los aspectos tácticos. La inexperiencia de Trump en la guerra amenazaba con transformar una operación de precisión en una catástrofe derivada de la improvisación.

Aceptó el consejo al recordar el fracaso de la operación ‘Garra de Águila’ que le costó las elecciones al presidente Jimmy Carter en 1980. Tras la revolución islámica, 52 empleados de la embajada de EEUU fueron tomados como rehenes por el Gobierno iraní.

Varios meses de negociaciones más tarde, Carter autorizó una operación de rescate que se saldó con ocho militares muertos, un avión de transporte C-130 y un helicóptero de combate destruidos al colisionar entre sí en mitad del desierto. Las fuerzas de acción ni siquiera llegaron a acercarse a Teherán.

Miedo escénico

La perspectiva de poner tropas estadounidenses sobre suelo iraní asusta al ocupante del Despacho Oval. Los primeros días de la guerra se habló de la intervención de rebeldes kurdos en apoyo a la acción conjunta de EEUU e Israel, pero el miedo a las represalias y la desconfianza hacia americanos e israelíes paralizó la iniciativa.

Fuentes del Pentágono apuntan a que el mando militar recomendó al presidente la toma de la isla de Jark tras el ataque aéreo que desmanteló gran parte de sus defensas militares. Sin embargo, Trump no dio la orden por miedo a sufrir numerosas bajas. La opinión pública no perdonaría ver las imágenes de los valerosos guerreros regresar a su patria envueltos en la bandera de barras y estrellas.

En la Casa Blanca analizan con atención los datos que rodean a la operación ‘Furia Épica’: número de buques hundidos, dirigentes ejecutados o misiles destruidos. Las decisiones, no obstante, se toman según la evolución de otros parámetros: la popularidad del presidente o el nivel de apoyo a la guerra de los votantes. Las elecciones de medio término se acercan.

Renunció así a la foto comandando una operación militar de gran eco mediático. Soñaba con una instantánea como la de Barack Obama y Joe Biden presidiendo la operación ‘Lanza de Neptuno’ que acabó con la vida de Osama Bin Laden en mayo de 2015.

El presidente Obama y el vicepresidente Biden, atienden a las operaciones de captura de Osama Bin Laden.


El presidente Obama y el vicepresidente Biden, atienden a las operaciones de captura de Osama Bin Laden.

Casa Blanca.

Esta aparente cautela contrasta con la impetuosidad de las declaraciones del presidente: pocas horas después de conocer el rescate con éxito del segundo aviador, explotó con un mensaje en la red Truth Social que ha hecho historia: «Abrid el p*** estrecho, locos bastardos».

Al final del mensaje, invocó el nombre de Alá. Cuando uno de sus asesores le preguntó por qué lo había hecho, respondió que se le había ocurrido para impresionar a los iraníes. Según su forma de ver la situación, si ellos pensaban que era impulsivo e inestable, acudirían a la mesa de negociaciones para evitar consecuencias destructivas.

Días después, se refirió a la desaparición de una «civilización entera». El mensaje no seguía ningún plan acordado con las autoridades de Seguridad Nacional. Fue totalmente improvisado, pensando que atemorizaría a los iraníes y los arrastraría a aceptar el final de las hostilidades.

Desde el principio de la guerra, Trump se ha pronunciado a favor de una victoria rápida y ‘limpia’, como le aseguró su amigo Benjamín Netanyahu durante su visita a mediados de febrero. El jefe del Estado Mayor Conjunto, general Caine, le advirtió de los riesgos: el cierre del estrecho de Ormuz y la posible escasez de munición en caso de un conflicto largo.

El mandatario zanjó la cuestión explicando que la guerra duraría pocos días: en cuanto descabezaran el régimen y destruyeran su arsenal balístico, Irán se rendiría. No daría tiempo a que ninguna de esas amenazas se hiciera presente.

Se ha especulado sobre los bandazos del plan de Trump en Irán y el cambio de objetivos, si es que hubo alguna vez un plan que no fuera acabar con el régimen islamista en una sola noche. En las primeras horas, el presidente aseguró que la guerra podría durar cuatro o cinco semanas. Luego dijo que podrían ser más, pero nunca ha precisado cuántas más.

«Estamos siendo testigos de éxitos militares asombrosos que no llegan a consolidar una victoria, y eso es responsabilidad directa del presidente», declaró Kori Schake, directora del Instituto de Empresa Americano. Añadió que la causa es su absoluta falta de atención a los detalles y pésima planificación.

Schake es experta en política exterior y de defensa. Ha ocupado cargos en el Consejo de Seguridad Nacional, el Departamento de Estado y el Pentágono.

La inconsistencia de Trump es reconocida y temida en todos los ámbitos. En enero se reunió en la Casa Blanca con directivos de las grandes petroleras para tratar sobre las inversiones de sus compañías en Venezuela. Las petroleras exigían garantías para invertir en la recuperación de la industria en el país caribeño.

En mitad de la tensión, el presidente se levantó y miró por la ventana: «¡Menuda vista!», exclamó. «Esta será la entrada del salón de baile», añadió. Luego volvió a su asiento y explicó a los asombrados directivos que las obras iban muy bien. «Vamos por delante del plan y por debajo del presupuesto», dijo.

Algunos piensan que es una táctica de negociación para distraer al adversario. Sus biógrafos, en cambio, opinan que es una respuesta instintiva de huida que surge cuando no le gusta o no entiende lo que se está tratando.

Por eso no es de extrañar que los responsables militares de las operaciones en el golfo Pérsico prefieran que se mantenga al margen. Temen sus reacciones impulsivas, guiadas por su instinto político que sigue una única regla: ser reconocido como el mejor.

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