En las crónicas políticas ha proliferado el uso del término Bambú para referirse a Vox. La explicación no tiene nada de exótica: Bambú es la calle madrileña donde los ultras tienen su sede nacional, como Ferraz es sinónimo de PSOE y Génova lo es de PP. Pero la combinación tiene algo de metafórico: el bambú crece a una velocidad asombrosa y tiene una resistencia comparable a la del acero. Es, en parte, lo que le ha pasado al partido de Santiago Abascal. Sin despeinarse y con su afiliado verbo cargado de bulos y recetas simplistas, Vox no ha parado de subir como la espuma en urnas y encuestas, hasta el punto de condicionar al PP en la mitad del mapa autonómico. Todo le salía de cara hasta hace un mes, y desde entonces parece que todo se le ha girado en contra. Pero, ¿realmente ha tocado techo la extrema derecha?
La secuencia electoral aconseja contener la euforia. En Extremadura, Vox obtuvo el 16,90% de los votos; en Aragón, el 17,84%; y en Castilla y León, el 18,92%. La tendencia es, pues, ascendente. Como en estos últimos comicios aspiraba a superar por primera vez el 20%, la sensación fue de frenazo. Pero lo cierto es que los ultras tienen al PP en sus manos en las tres comunidades, como demuestran los réditos obtenidos con su pacto en Extremadura. A ellas puede sumarse Andalucía el 17 de mayo. Si Juanma Moreno pierde la mayoría absoluta, Abascal conseguirá otra llave de oro para poner en aprietos, en este caso, a uno de los barones de peso en las filas populares, con quien trabajó codo con codo en las juventudes del PP. Vox parte del 13,47% de papeletas cosechado en 2022 y las encuestas le pronostican un ascenso de unos tres puntos, lejos aún de la marca de Castilla y León. Si la tendencia al alza se corta, el termómetro del éxito o fracaso de la extrema derecha será la pérdida o no de la mayoría absoluta del PP.
En paralelo, el bajón de Vox apenas se manifiesta en los sondeos de las elecciones generales, y ninguna encuesta ha dado hasta ahora la más mínima opción a la izquierda de mantener el poder. Los escaños que sacase Abascal, muchos o pocos, serían claves para hacer presidente a Alberto Núñez Feijóo. El motivo es que el voto que deja de atraer Abascal vuelve al caladero del PP, es decir, se queda en el bloque de la derecha, cuya mayoría absoluta demoscópica sigue siendo holgada. El PSOE y sus socios no se benefician del retroceso de los ultras, quienes, al pescar en el río revuelto de la antipolítica y el abstencionismo, les están alejando de segmentos del electorado tradicionalmente progresistas, como los jóvenes. Abascal capitaliza hoy el ‘voto protesta’: si hace una década iba a parar a fuerzas de izquierda, ahora se concentra sobre todo en Vox, que triplicó el mejor registro histórico de Ciudadanos en Extremadura y lo duplicó en Aragón y Castilla y León.
Para reforzar su anzuelo electoral, Vox ha sabido cambiar los ingredientes de su batidora ideológica. El partido de Abascal nació del malestar de un sector de la derecha con el Gobierno de Mariano Rajoy y eclosionó al calor del ‘procés’ independentista catalán. Como ambos carburantes ya no existen, el discurso ultra amplió su ‘target’ en busca del voto joven, obrero y urbano cabreado por los problemas que puede generar la inmigración y el impacto de la crisis de la vivienda, culpando de ambas cosas al supuesto izquierdismo ‘woke’ de Pedro Sánchez y Sumar. Una estrategia que, favorecida por el poder de penetración que proporcionan las redes sociales, le permitió sintonizar con sus homólogos europeos en plena ola ultraderechista mundial. La guinda del pastel fue la vuelta a la Casa Blanca de un Donald Trump desencadenado.
Esas amistadas peligrosas están dando muestras de debilidad y, con ello, ahondan la impresión de que Vox está en horas bajas. En la bicefalia de la ultraderecha europea, Abascal apostó por el antieuropeísmo del húngaro Viktor Orbán, caballo perdedor, en vez de apuntarse al pragmatismo de Giorgia Meloni. Tampoco a la italiana le están yendo bien las cosas tras perder el referéndum sobre la reforma judicial, pero con su defensa del Papa frente los ataques de Trump ha logrado marcar distancias con el presidente de EEUU, enredado entre la guerra de Irán y sus propios dislates. Vox, en cambio, se ha quedado como la muleta más entregada al desatino trumpista.
El cúmulo de desgracias para Vox se completa con sus propias miserias internas. Las constantes purgas y expulsiones de todo aquel que rechista al líder, además de transmitir la imagen de un partido hermético y autoritario, le ha costado ya perder su influencia en algún gobierno, como el de Murcia, para regocijo del PP. Pero todo este cóctel de tensiones, reveses y contradicciones aún no se ha sometido al auténtico escrutinio electoral. Las andaluzas serán un nuevo test, pero aunque les vayan mal, el voto es hoy tan volátil que resulta aventurado dar por muerto a Vox sin saber siquiera la fecha de las generales.
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