Por si no lo conocen, permítanme que les resuma el milagro. Una multitud hambrienta, siete panes y unos pececillos casi simbólicos. Los discípulos hacen las cuentas, como manda la lógica, y concluyen lo evidente: no llega. Pero Jesús no convoca comisión ni encarga un informe, toma lo poco que hay, lo reparte, y, contra toda previsión, multiplica panes y peces, y alcanza para todos. Milagro consumado. Eso sí, conviene no tomar nota metodológica, aquello fue compasión divina, no un modelo de gestión para cuadrar presupuestos. Multiplicar panes y peces para dar de comer a una multitud. Un milagro. Algo que no se puede planificar, salvo que uno sea la administración educativa, que ha decidido emular el milagro, pero al revés, sin multiplicar nada salvo el alumnado. Porque mientras el alumnado con necesidades educativas especiales ha crecido más de un 75% en veinte años, hasta superar el millón, y un 400% el alumnado diagnosticado con algún tipo de autismo en los últimos diez años, nuestras aulas siguen funcionando con los mismos panes y peces. O con menos. Y eso sí que tiene mérito: hacer más con menos, pero también desmérito llamarlo inclusión, cuando en verdad es «arrebujón».
No solo crecen las necesidades, crece también la complejidad en el aula. Y, como si fuera un reparto bíblico mal entendido, en torno a ocho de cada diez alumnos con estas necesidades están escolarizados en centros públicos. Pero tranquilos, que el sistema ha encontrado la solución: no multiplicar los docentes, sino el trabajo del docente.
Ese profesional polivalente al que se le pide que enseñe, adapte, evalúe, atienda, contenga, anime, consuele, identifique, descubra, oriente y un largo etcétera, no ya a un grupo clase de veinte, a veinte que están en una misma clase, que parece, pero no es lo mismo. Y todo eso sin especialistas ni orientadores suficientes. Sin ratios ajustadas a las necesidades. Sin apoyos estables dentro y fuera del aula, pero eso sí, con fe, con mucha fe, en el «ya se apañarán los docentes que lo dice la Ley». Y se apañan. Claro que se apañan. Como puede uno apañarse cuando tiene delante 20 realidades distintas y a veces una sola hora para atenderlas. Como puede uno apañarse cuando la inclusión se convierte en una declaración de intenciones arrojadas a la profesionalidad del docente y sin presupuesto que la respalde.
Porque aquí está la trampa: se ha confundido el derecho del alumnado con la capacidad y fe infinita del profesorado. Los informes lo vienen advirtiendo desde hace tiempo: el incremento del alumnado con necesidades no ha venido acompañado de un aumento proporcional de recursos ni de personal especializado ni de inversiones, sino traducido al evangelio según el que suscribe, «a Dios rogando y con el mazo dando».
La educación no puede sostenerse sobre milagros diarios. No puede depender de que cada docente multiplique su tiempo, su energía y su salud emocional para suplir lo que el sistema no pone. La inclusión no es un acto de voluntad. Es una obligación que exige recursos. Y cuando se pretende alimentar a todos con lo que no alcanza, el problema no es la atención individualizada, es la falta de panes y de peces.
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