En un estrecho marítimo de importancia, para detener un nutrido tráfico de marina mercante no es estrictamente necesario soltar minas, ni esconder cohetes apuntando hacia el mar desde calas y acantilados… basta con mostrar auténtica determinación de atacar a quien pase para que los seguros del comercio marítimo se nieguen a asumir el riesgo, o lo acepten a cambio de precios astronómicos. En el estrecho de Ormuz, «la amenaza surte casi el mismo efecto que el bloqueo naval armado», confirma un analista en activo de la Armada. Para hacerla creíble, a Irán le basta haber atacado e incendiado un solo petrolero, amarrado en la costa de los emiratos.
En esa dificultad estratégica encalla la Administración Trump en este momento de la guerra, mientras emprende –aún sin resultados– su propio bloqueo contra barcos que atraquen en puertos iranís. Es al atasco que tiene a oficiales navales españoles preguntándose si el planeamiento de la la llamada Operación Furia Épica previó solo como el peor y menos probable escenario el cierre del paso de Ormuz como última ratio de Irán.
Última ratio se llama al recurso de un Estado a la máxima expresión de su fuerza –o sea, la militar– cuando no tiene otro camino. Irán, destruidas sus fuerzas aérea y naval, conservaría cohetes y sobre todo miles de drones para hacer efectivos ataques a buques en el golfo Pérsico.
El presidente estadounidense ha aleccionado a los países occidentales sedientos de petróleo que liberen ellos mismos Ormuz tomando sus costas y aguas. Destaponar Ormuz sin un acuerdo de paz previo es, a ojos de los militares preguntados por este diario, difícilmente realizable con un costo menor que el que tiene la actual situación, y difícilmente mantenibles en el tiempo los resultados de una acción naval, si esta fuera exitosa. «No son del todo necesarias las minas, ni los misiles, pero esas armas están en el área y juegan su papel en todas las previsiones», resume un capitán de la Armada.
Muchas minas y pocas millas
Este miércoles, según recogió EFE, Irán advirtió de que no permitirá ningún tipo de exportación ni importación en el golfo Pérsico, el mar de Omán y el mar Rojo si Estados Unidos continúa con su «acción ilegal» de bloqueo naval a los buques comerciales y petroleros iraníes en el estrecho de Ormuz.
El reto naval que plantea la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán tiene pocos precedentes. Acaso los convoyes que tuvo que escoltar la US Navy en la guerra Irán-Irak de 1987.
Hoy, como entonces, la amenaza sobre el tráfico de petroleros y otros grandes buques cargados de otros valiosos productos no solo se concentra en el estrecho de Ormuz, también a lo largo de 1.000 kilómetros lineales de golfo interior con numerosas plataformas y oleoductos, y más de 100.000 kilómetros cuadrados de superficie siempre próxima a la costa de Irán, que ahora es, como dicen los miembros de la Armada, un «entorno marítimo contestado».
Los bombardeos israelís y norteamericanos han destruido buena parte de la fuerza naval de Irán, pero el régimen de los ayatolás controla un buen número de islas –Ormuz, Jark, Larak, Qeshm y Kish son las principales– y tiene aún centenares, o miles, según se considere el tamaño, de embarcaciones que puede emplear para minar las aguas.
El último recuento del Pentágono atribuía a Irán entre 5.000 y 6.000 minas marítimas. Es un gran arsenal para un paso que, en su parte más estrecha, mide 24 kilómetros entre costa y costa. Un petrolero medio mide 300 metros de eslora y 50 de manga, con quilla a 25 metros, y cada uno de los dos corredores comerciales de Ormuz –ida y vuelta– mide unos cuatro kilómetros de ancho.
A Irán le basta una sola mina para convertir el paso por el estrecho en una ruleta rusa. Pero, si quisiera minar intensivamente –cuestión cuya viabilidad está bajo discusión–, le bastaría con 240 minas para situar una cada 100 metros. O sea, emplear solo el 5% de su arsenal. Esta proporción se maneja profusamente en los análisis sobre el estado de la guerra de Oriente Medio, relatan las fuentes consultadas.
Amenaza consistente
Estados Unidos no ha reportado la destrucción de la capacidad de guerra de minas de Irán, basada principalmente en las minas Maham de fabricación local. La clase III lleva 300 kilos de explosivo sumergible a media profundidad, y permanece inerte hasta que detecta el paso de un buque del tamaño, presión y huella sonora que se le haya programado. La clase VII, con 220 kilos de explosivo, se sumerge a hasta 90 metros y se fija en el fondo, de donde es más difícil sacarlas. Estalla al detectar su sensor el paso del buque, al que destruye la quilla.
Informes del Instituto Naval de Estados Unidos señalaron antes del comienzo de la guerra que Irán conserva viejas minas Sadaf, de patente soviética, también instalables en el fondo, y algunas de cuyas versiones denegaron el paso a petroleros en la guerra con Irak de hace 39 años, llegando a motivar una resolución de la ONU, la 598, para restaurar la libertad de navegación.
Por duros que sean los bombardeos, y poca la marina de guerra que le quede a Teherán, el régimen iraní puede recurrir –de nuevo– a la guerra de desgaste: poco gasto en el ataque, obligando a mucho en la defensa. «Un modesto pesquero que por la noche arroje un bulto sospechoso en las aguas restringidas del estrecho es suficiente para obligar a lanzar una operación de limpieza de minas, que es bastante laboriosa y consume mucho tiempo y recursos», explica un capitán de navío consultado por este diario.
Dependiendo de cómo de nutrida sea la amenaza de minas, los escenarios posibles que manejan estas fuentes pasan por un desminado largo con robots, de un volumen hasta ahora sin precedentes, hasta una limpieza parcial, con los medios (escasos) norteamericanos y los de Reino Unido, para abrir un canal de paso. En ambos casos, los intervinientes «deberán pedir ayuda a los aliados de la OTAN», calcula este experto español.
En ese escenario, se suman a la amenaza los drones de ataque Shahed iranís, así como misiles Ghadr de 1.350 kilómetros de alcance, fáciles de esconder, transportables y lanzables en camiones en 30 minutos desde la salida de su silo. Sin un acuerdo de paz, considera el especialista de la Armada, por muy pulverizada que esté la capacidad de Irán por los bombardeos, siempre que quedaran unos pocos cohetes y minas activables desde la costa, el paso de Ormuz seguiría siendo «entorno marítimo contestado».
Barcos reducidos
A la US Navy, el enorme compromiso de Oriente Medio la coge demediada en una fuerza esencial que, confirma una parte de las fuentes mencionadas, se le ha ido menoscabando a lo largo de los años: la pesca de minas.
Los buques de la especialidad no son poderosas fragatas ni destructores, ni peligrosos submarinos o impresionantes portaaviones como el que Donald Trump quiere que construyan con su nombre. Y, sin embargo, no hay medio mejor para reabrir una zona de mar bloqueada con trampas explosivas que una flota de barcos especializados en medidas contra minas y, últimamente, su corte de drones submarinos.

Trimarán de Combate Litoral USS Cincinnati (LCS 20), en la base de San Diego (California). Con buques de esta clase habilita Estados Unidos una parte de su capacidad anti minas marítimas. / US Navy – Petty Officer 3rd Class Isabelle
Actualmente, según coinciden diversas publicaciones especializadas en fuerza naval, Estados Unidos cuenta con siete barcos puramente desminadores -ademas de una numerosa escuadra menor adaptable- y con solo un tipo de aeronave para ayudar en esa misión. A lo largo de los últimos 35 años, la capacidad se ha ido depauperando en beneficio de otras ramas de la Navy. Un informe de mayo de 2025, hace casi un año, del ‘think tank’ independiente norteamericano Center for Maritime Strategy calificaba a este flanco de la defensa como «una capacidad crítica permanece peligrosamente desatendida» en Estados Unidos.
Según el United States Naval Institute, EEUU dispone además de tres trimaranes de la clase Independence directamente habilitados para desminado en entornos muy denegados. Su casco está fabricado en aluminio.
De los buques desminadores de la clase Avenger, que ya tienen 40 años, tal y como advertía ese informe, la Administración Trump autorizó en septiembre la baja de tres. Se trata de barcos con casco invisible a detectores magnéticos de las minas, o sea, de madera y fibra de vidrio principalmente.
En el aire, cuentan con el helicóptero MH60S, Seahawk, para detección y neutralización de minas errantes y de media profundidad, pero su protección se vuelve un problema en una acción de mar a muy corta distancia de tierra.
De la misma manera, los buques cazaminas son también difíciles de defender, «y hay que implicar a una fragata -explica un tercer experto naval español integrado en labores de asesoría al poder político-, lo cual aumenta el riesgo de la operación».
Básicamente, el desminado se realiza de dos formas: arrastrando un cable con pequeños explosivos que rompen la fijación de minas semihundidas y las hace salir a flote para que puedan ser ametralladas y exploten; o bien, lanzando señales de sónar muy poderosas sobre el sensor de las minas hundidas para destruirlas en el lecho marino.
Son, en cualquier caso, misiones lentas y laboriosas. Para ambos métodos, «Estados Unidos lleva tiempo apostando por el desminado con drones, como también pretende España», relata esta fuente. Puede ser que, si finalmente el Pentágono decide destaponar Ormuz a la fuerza, que se vea la primera gran operación naval robótica submarina de la historia.
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