La Universidad de Tsinghua ocupa casi 500 hectáreas en el noroeste de Pekín. Es un conjunto armonioso de jardines, edificios funcionales e instalaciones deportivas al que solo su tamaño diferencia de otros campus. El centro, donde Pedro Sánchez dio una conferencia el lunes, es un trampolín tan eficaz hacia las élites del Partido Comunista que se habla de la “banda de Tshinghua”. El presidente, Xi Jinping, se licenció aquí en ingeniería química y se doctoró en marxismo, sublimando la fórmula de ideología más excelencia académica que asegura el éxito en las filas del partido.
En el mismo distrito de Haidian, separadas por un breve paseo, la Universidad de Pekín disfruta de parecida reputación pero menos representación en los altos órganos de poder. Ocurre que esta se especializa en humanidades mientras la otra es puntera en ingeniería, tecnología y matemáticas. Un partido formado por campesinos en sus orígenes exige ahora titulación universitaria y, si es posible, en ramas científicas. En un reciente Politburó contaban con licenciaturas en ellas 19 de sus 25 miembros.
Tsinghua es el bastión del desarrollo de la IA china. Ninguna otra universidad del mundo cuenta con más artículos entre los cien más citados en ese campo. Presentarla como el MIT chino, como es habitual, es quedarse corto: ha generado más patentes en IA que el MIT, Stanford, Princeton y Harvard juntas. La primacía económica global se juega en el terreno de la IA y Tsinghua lidera la carrera.
Tras su discurso en la universidad fue recibido Sánchez por Lei Jun, fundador de Xiaomi, en uno de sus varios centros en la capital. La tecnológica empezó en 2010 con sistemas operativos para móviles, pasó pronto a los terminales y hoy cuesta menos mencionar lo que no fabrica. En su planta baja estaban expuestos sus deportivos, de líneas tan sugerentes como las de los italianos, pero que apenas necesitan una batería para cubrir cientos de kilómetros. La representación de un hogar plenamente domótico, en la segunda planta, empujaba a un futuro ya presente en China. Xiaomi exporta a un centenar de países y en el tercer trimestre del pasado año rozó los 14 mil millones de euros en ingresos.
No es casual el dominio chino en IA o vehículos eléctricos. Son áreas que el Gobierno identificó muchos años atrás como fundamentales y estimuló. El discurso occidental suele aludir a los subsidios, que los hay, pero no lo son todo, ni siquiera lo más relevante. Es la creación de ecosistemas propicios con hubs que juntan en pocos kilómetros al fabricante, suministradores e institutos de investigación. O el talento pulido desde edades tempranas. Los niños de todo el país empiezan a familiarizarse con las cuestiones básicas de la IA a los seis años y los colegios pequineses tienen unas horas mínimas de docencia.
Suele hablarse del milagro económico chino cuando ha encadenado dos en cuatro décadas. Un país de raíz agraria se convirtió en la fábrica global, la más perfeccionada maquinaria de producción que ha visto la humanidad, capaz de regar el mundo entero con sus manufacturas baratas. Después se erigió en una potencia tecnológica que le discute el liderazgo a Estados Unidos. Contra eso compite España y el resto del mundo que lamenta el desequilibrio comercial. Es tan trágico como inevitable: ¿qué se le vende a un país que lo produce todo, en cantidades industriales y más barato que nadie? Muy poco, si no se tienen recursos naturales como petróleo o minerales. Los acuerdos de exportación entre España y China cubren productos agropecuarios como higo secos o despojos de cerdo. No será fácil enjuagar con eso un déficit comercial que ya supera los 40 mil millones de dólares tras haberse doblado en los últimos cuatro años.
Más verosímil parece atraer la inversión china a España. La macrofábrica de Figueruelas (Zaragoza) de CATL, líder global en baterías, es el camino. Una fuente diplomática enumera los atractivos de España: sueldos más bajos que la media europea, proximidad geográfica con África y cultural con Latinoamérica, el regate al creciente proteccionismo de Bruselas y la tradición en sectores como el automovilístico. Sánchez pretendía negociar en Pekín la transferencia del knowhow tecnológico en un Acuerdo de inversión de Alta Calidad , según una información de Bloomberg. No es un caso aislado. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, animó a las marcas chinas a abrir fábricas de vehículos eléctricos en su país para aprender de ellos en una reciente visita a Pekín. Es el corolario del cambio de paradigma. No hace tanto tiempo obligaba Pekín a los gigantes automovilísticos occidentales que querían producir en China a asociarse con una marca local para que esta aprendiera.
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