«Llegué a casa y no comí». El jefe del Servicio de Patología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia (Imelga), José Blanco Pampín, no olvida las sensaciones que le provocó la primera autopsia a la que asistió como estudiante de Medicina en la Universidade de Santiago de Compostela (USC). «En ese primer momento, no dije quiero dedicarme a esto», recuerda.
En realidad, Pampín ni siquiera tenía claro estudiar Medicina. Sabía, eso sí, que lo suyo eran las ciencias y en el Santiago de los años 70, con una oferta académica limitada, acabó matriculándose casi por descarte. La medicina forense ni entraba en sus planes. Tampoco se veía ejerciendo la medicina clínica: le incomodaba la necesidad de tomar decisiones rápidas, casi inmediatas, y la carga que implica transmitir certezas —o incertidumbres— a un paciente. «Soy una persona reflexiva, me gusta pensar las cosas», explica. Esa forma de estar, más pausada y analítica, terminó encajando mejor con una disciplina donde el tiempo permite observar, contrastar y construir conclusiones con mayor margen. Fue ahí, casi sin proponérselo, donde finalmente encontró su lugar pese al rechazo que provocó en él aquel primer procedimiento.
Material de autopsias en la sala de forenses del Clínico. / Antonio Hernández
Hoy, cuando le resta apenas un año para colgar la bata tras 45 años de ejercicio profesional, la manera en la que accedió a la profesión ayuda a explicar también la máxima que ha aplicado a lo largo de toda su carrera: «No estoy delante de una persona, estoy delante de un caso». Una distancia, coherente con ese carácter reflexivo, que le permite analizar sin interferencias emocionales y sostener un trabajo que, de otro modo, sería difícilmente asumible en el día a día durante más de cuatro décadas.
En todo ese tiempo ha participado en miles de autopsias —«calculo que en más de 15.000», explica—. Entre ellas, algunos de los casos más relevantes del país. Sin embargo, su mirada sobre la profesión está lejos de la épica. Si algo define la medicina forense, sostiene, es su posición marginal dentro del sistema sanitario: «Somos periferia, totalmente».
Una situación que viene dada, en gran medida, por la propia organización del sistema. A diferencia de otros países, donde el médico forense se centra exclusivamente en la patología, en España la especialidad ha tenido históricamente un carácter más amplio. «Históricamente fue una figura que tenía competencias en materia de daño corporal, por ejemplo, en materia de psiquiatría forense y también, claro, en patología», sostiene Blanco Pampín. Un modelo híbrido que, a su modo de ver, lejos de reforzar la disciplina, ha dificultado su especialización.
La creación de los institutos de medicina legal a partir de los años 2000 buscaba precisamente corregir esa situación. Centralizar recursos, impulsar la investigación y mejorar la coordinación entre profesionales. Sin embargo, dos décadas después, el balance no ha sido el esperado. «Somos bastante incapaces de generar conocimiento», reconoce el médico forense, señalando uno de los principales déficits del sistema.
En este sentido, la falta de infraestructuras es clave. La disponibilidad de laboratorios propios de toxicología o genética forense es escasa en Galicia, lo que obliga a depender en gran medida de centros estatales, principalmente de Madrid. Una dependencia que no solo ralentiza los procesos, sino que también limita la capacidad de desarrollo de la propia especialidad en el ámbito autonómico.
Mientras otras ramas de la medicina avanzan a gran velocidad, incorporando nuevas tecnologías y generando conocimiento propio, la medicina forense sigue funcionando, mayormente, a partir de avances externos. «En gran medida, nos aprovechamos de lo que hacen otros», admite.
El obligado relevo generacional
El día a día está también lejos de la imagen popular del médico forense, creada a través de conocidas series televisivas. Un mismo día puede incluir autopsias, desplazamientos a hospitales o intervenciones a requerimiento judicial. A esto hay que añadir un elevado grado de imprevisibilidad en los turnos de guardia. «Nunca sabes a lo que te vas enfrentar cuando entras a trabajar», explica.
Las condiciones laborales tampoco contribuyen a mejorar el atractivo de la profesión. Las guardias pueden extenderse durante varios días —hasta 168 horas en algunos casos— y están, según denuncia, mal remuneradas en comparación con otras especialidades. «El salario base es bueno, pero las guardias no», resume. A ello se suma una presión jurídica constante, donde cada informe puede ser analizado con detalle en sede judicial.

Blanco Pampín posa con una foto que recuerda la primera vez que asistió a una autopsia, como estudiante de Medicina en la USC / Antonio Hernández
El resultado es una progresiva falta de vocaciones. A corto plazo, según sostiene Pampín, una parte significativa de la plantilla se jubilará. En Galicia, calcula, que así sucederá con el 30% de los médicos forenses en activo. «En los próximos años unos 20-25 dejaremos el servicio, de un cuadro de personal de alrededor de 70 profesionales», sostiene el jefe del Servicio de Patología Forense del Imelga. Un obligado relevo generacional que Blanco Pampín ve «difícil» de llevar a cabo por el escaso interés que causa la especialidad en los más jóvenes.
Esa falta de interés no surge de forma espontánea, sino que, en opinión de Blanco Pampín, empieza en las propias facultades. La enseñanza de la medicina legal es hoy muy teórica, con escaso contacto con la práctica real. «Los estudiantes apenas tienen la oportunidad de enfrentarse a aquello que más les puede atraer de la disciplina: las autopsias, el análisis de casos reales, el recorrido completo desde el levantamiento hasta el juicio», explica el profesional. Sin ese contacto directo, el conocimiento adquirido se torna abstracto y poco estimulante para los alumnos. «Creo que ahí hay carencias y espacio para llevar a cabo avances», señala.
Más allá del ámbito judicial
En otro orden de cosas, Pampín recuerda que la medicina forense no solo tiene un papel clave en el ámbito judicial, sino que también tiene una función relevante en la salud pública. Las autopsias, a las que en muchas ocasiones, cuando no se trata de un tema judicial, las familias son reacias, permiten detectar enfermedades hereditarias y aportar información útil para la prevención.
En casos de muerte súbita, por ejemplo, el análisis forense puede revelar patologías de origen genético que pueden afectar también a familiares directos. La llamada autopsia molecular ha abierto nuevas vías en este campo, permitiendo identificar alteraciones que no son visibles mediante técnicas tradicionales. Ese trabajo, discreto y poco visible, conecta la medicina forense con la prevención y el conocimiento médico: convierte la muerte en información útil para los vivos.
Tras más de cuatro décadas de profesión, Pampín rehúye de cualquier relato idealizado. Si tuviera que resumir su trayectoria en unas pocas ideas, se quedaría con tres: humildad, curiosidad y trabajo en equipo. «Si algo he aprendido en todo este tiempo es que se puede aprender de todo el mundo», sentencia.
Cinco casos que explican el trabajo del forense
Entre las miles de autopsias realizadas por el jefe del Servicio de Patología Forense del Imelga se esconden una serie de casos que, por su impacto en la opinión pública o su complejidad técnica, permiten entender mejor cómo funciona realmente este oficio.
Desde la muerte de Ramón Sampedro, en un momento en el que la eutanasia ni siquiera estaba en el debate legislativo, hasta el accidente del Alvia en Angrois o crímenes como los de Asunta Basterra y Diana Quer, su carrera atraviesa algunos de los episodios más conocidos de la historia reciente de España. Escenarios muy distintos, con presiones y contextos también diferentes, pero en los que el trabajo del forense se sostiene siempre sobre la misma lógica: la abstracción.
«Que un caso sea mediático o no, no depende de mí», resume Pampín, acerca de la necesidad de trabajar de espaldas al ruido exterior. Y es que, al margen de la repercusión pública del caso, el punto de partida siempre es el mismo: un cuerpo y la necesidad de responder a una pregunta: «¿Qué ocurrió?»

El gallego Ramón Sampedro, en una imagen de archivo. / Lavandeira Jr
1. Ramón Sampedro: una autopsia sin contexto (1998)
Cuando el cuerpo de Ramón Sampedro llegó a la sala de autopsias de Blanco Pampín, el caso aún no tenía el significado que más tarde adquiriría. «Nosotros no sabíamos nada del famoso vídeo que más tarde se publicaría», explica el forense. De modo que en aquel momento, no existía aún ese relato público sobre el derecho a una muerte digna, solo un fallecimiento sin una causa clara aparente.
En un principio, la autopsia no obtuvo hallazgos concluyentes. No había signos evidentes de violencia ni lesiones que explicasen la muerte de Sampedro. Apenas algunas alteraciones inespecíficas en el aparato digestivo. Fue en un momento posterior, al manipular las vísceras, cuando apareció un indicio determinante: el olor a cianuro. «Al concentrarse en el recipiente, aquello era un tufo», rememora Blanco Pampín.
El análisis toxicológico confirmaría la presencia de cianuro potásico en cantidades significativas en el cuerpo de Sampedro, quedando establecida desde el punto de vista forense la causa de la muerte. Más tarde aparecería el vídeo que situaría el caso en el centro del debate social sobre la eutanasia.

El puente que colapsó en Castelo de Paiva, Portugal. / Joao Abreu
2. Castelo de Paiva: ‘los cadáveres navegantes’ (2001)
El accidente de Castelo de Paiva, en Portugal, en marzo de 2001, generó uno de los episodios más singulares de la trayectoria de Blanco Pampín. Meses después del colapso de un puente sobre el Duero, que provocaría la caída al río detres automóviles y un autocar con más de cincuenta pasajeros, comenzaron a aparecer cadáveres en la Costa da Morte, a más de 300 kilómetros.
La hipótesis de que los cuerpos hubieran recorrido ese trayecto por mar fue recibida con escepticismo. Algunos especialistas la descartaban por improbable. Pampín, sin embargo, evitó cerrarla. «Puede ser», respondió a una protagonista tras realizar la autopsia de los dos primeros cadáveres aparecidos cerca de Fisterra. El forense, apasionado por la literatura existente sobre su especialidad, había leído con anterioridad acerca de casos de cadáveres que ‘habían navegado’ desde el sur de Finlandia y Suecia hasta Dinamarca. De modo que, para él, no era una hipótesis desdeñable.
La aparición progresiva de más cadáveres, junto con restos materiales —asientos del autobús y objetos personales—, reforzó esa línea de investigación, que se vería confirmada más tarde a través del análisis de corrientes marinas. Un estudio realizado con apoyo del Instituto Oceanográfico de Vigo ratificó que el desplazamiento hacia el norte era compatible con la dinámica marítima.

Vagones descarrilados tras el accidente del Alvia en Angrois. / Antonio Hernández
3. Angrois: ordenar el desbordamiento (2013)
El accidente del tren Alvia, en julio de 2013, supuso un reto sin precedentes para la medicina forense en Galicia. No tanto por la dificultad técnica de las autopsias, sino por la magnitud del suceso y la falta de infraestructuras para gestionarlo.
Pampín recuerda que estaba fuera de servicio y, ni siquiera, se encontraba en Santiago en el momento del suceso. Sin embargo, tras recibir la llamada de sus compañeros, en cuestión de horas se incorporó al dispositivo. La principal dificultad que supuso la tragedia de Angrois en términos forenses fue la logística: decenas de fallecidos en una ciudad sin capacidad para asumir ese volumen. «No tenemos dónde meterlos», explicó el forense al pie de las vías a las autoridades presentes, entre ellos el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo y el alcalde de Santiago, Ángel Currás.
La respuesta obligó a improvisar. Con la colaboración de Raxoi se habilitó el Multiusos Fontes do Sar como centro provisional, se utilizaron los camiones frigoríficos del matadero municipal y se organizaron equipos específicos para realizar la identificación. La coordinación entre forenses, policía científica y servicios de emergencia permitió avanzar con rapidez.
Esa misma noche, muchos de los cuerpos ya estaban identificados, gracias a la llegada desde Madrid de un equipo de la Policía Nacional, expertos en dactiloscopia. «En tres días, el proceso estaba prácticamente completado», recuerda.

Flores en recuerdo de Asunta en el lugar en el que apareció su cadáver. / Xoán Rey
4. Asunta Basterra: construir la hipótesis (2013)
En el caso de Asunta Basterra, la clave estuvo en el método desde el primer momento. La información inicial era escasa y confusa, pero cuando la compañera que acudió al levantamiento del cadáver llamó a Pampín, el forense tuvo claro el enfoque desde el primer momento: «Procede como si fuera un homicidio». No por intuición, sino por una cuestión técnica. Ante la duda, este procedimiento ofrecía más garantías a la hora de no perder ningún posible vestigio.
La autopsia fue larga y exigente. Durante horas, el análisis no ofrecía resultados concluyentes. No había signos evidentes de agresión sexual ni lesiones claras que explicasen la muerte. La falta de hallazgos, lejos de cerrar el caso, obligaba a afinar más. «Una autopsia es una operación muy destructiva, si no sigues un orden puedes perder datos para siempre», explica.
Fue en una fase avanzada cuando apareció el elemento clave. Pampín detectó una lesión discreta en la cavidad bucal, compatible con una sofocación mediante un objeto blando. «Tiene toda la pinta de una asfixia con un objeto deformable, como un cojín», concluyó en ese momento.
Pero el caso no se resolvía solo con establecer la causa de la muerte. Había que encajar cada hallazgo en la investigación. Mientras avanzaba la autopsia, Pampín mantenía un contacto constante con el juez instructor. «Creo que es una sofocación», le trasladó antes incluso de que llegaran los resultados toxicológicos. Poco después, el análisis confirmó la presencia de benzodiacepinas en niveles muy elevados, reforzando esa hipótesis inicial.
A partir de ahí, el trabajo dejó de ser únicamente médico para integrarse en el conjunto de la investigación. «Nosotros aportamos los datos, pero no hacemos el trabajo policial ni judicial», explica.

El padre de Diana Quer, tras la lectura de la sentencia contra el Chicle, condenado a prisión permanente revisable en 2019 / Xoán Rey
5. Diana Quer: la revisión como herramienta (2017)
Blanco Pampín no participó en la autopsia inicial de Diana Quer.Fue la Audiencia Provincial de A Coruña —a petición del Ministerio Fiscal y la acusación particular— quien le encargó, como jefe de Patología Forense del Imelga, la revisión de ese primer trabajo que, a juicio de la sala, no ofrecía respuestas suficientes. «Había que determinar si el homicidio se había visto precedido de un delito contra la libertad sexual. Era muy importante, ya que esto suponía la posibilidad de la prisión permanente revisable que ya había sido aprobada», explica el forense.
Para abordar la revisión, Pampín reunió un equipo de especialistas e incorporó una herramienta poco habitual en el ámbito forense español: la probabilidad condicionada, basada en el modelo estadístico bayesiano. El objetivo era analizar el caso dentro de un conjunto más amplio de situaciones similares. Para ello, compararon variables como la edad de la víctima, el contexto, la forma de ocultación del cuerpo o el tipo de muerte con bases de datos de homicidios con y sin componente sexual.
El resultado fue una conclusión probabilística: la hipótesis de una agresión sexual previa al homicidio era altamente probable. «Fue la primera vez que se empleó la probabilidad condicionada en un estudio forense en España, pero se trataba ya de un método de trabajo muy utilizado, sobre todo, en el mundo anglosajón», explica el forense.
José Blanco Pampin (Santiago de Compostela, 1957).
Licenciado en Medicina y Cirugía con grado de sobresaliente. Médico Especialista en Medicina Legal y forense. Doctor en Medicina con Premio Extraordinario de Doctorado. Médico forense titular por oposición libre en el Tribunal Supremo.
Ex docente de Medicina Legal en la USC y en la Universidad Paul Sabatier III de Toulouse. Ejerció su profesión en diferentes juzgados de Galicia y desde la creación del Instituto de Medicina Legal de Galicia en el año 2005, ocupa el cargo de Jefe del Servicio de Patología forense por concurso de méritos.
Amplió estudios y experiencia en los Office of Medical Examiner de New York y en el de New Jersey, asi como en el Departamento de Patologia del St Thomas’ Hospital de Londres.
Ha dirigido tesis doctorales y diplomas de estudios avanzados.
Ha escrito más de 200 artículos científicos en revistas nacionales y extranjeras de alto impacto, monografías, capítulos de libros, etc, asi como numerosas comunicaciones en Congresos Internacionales de Medicina Legal.
Miembro de varias Sociedades cientificas, entre otras de la Academy of Sciences of New York.
Tiene publicados cuatro libros relacionados con su especialidad, uno de ellos editado en EEUU, y ha formado parte de diferentes Comités editoriales de revistas especializadas.












