L a 59ª Temporada de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria nos ha traído nuevamente la ópera Otello. No es esa la ópera de Verdi más pegadiza musicalmente, pero probablemente sea la de mayor intensidad dramática. Una tragedia con mayúsculas que resulta inquietante porque en ella Verdi nos sumerge en la proximidad del mal. En esa ópera, el mal está personificado en el siniestro Yago, quien atrapa y domina a Otello hasta llevarlo a la ruina moral y a la muerte.
En el acto primero, el alférez Yago provoca de forma insidiosa una pelea, para luego referirse a ella como algo inexplicable y ajeno a sus maquinaciones: «No sé… aquí no hace mucho, todos eran amigos alegres… pero de pronto, como si un planeta maligno les hubiera trastornado el sentido, desenvainando las espadas se han arrojado furiosos…». Pero no era nuestro pobre planeta el causante de la trifulca. Sino un ser concreto, con figura humana, quien para exculparse proyectaba en el planeta la causa de su propia e inexplicable malignidad.
En el acto segundo, Yago dice, refiriéndose a su rival Cassio: «¡Ve; ya veo tu meta!: Te empuja tu demonio, y tu demonio soy yo y a mí me arrastra el mío, al que creo un inexorable dios». Reconoce que su dios es un demonio que lo domina. Luego añade: «Soy malvado porque soy hombre; y siento el barro originario en mí. ¡Sí!, ¡Esta es mi fe!». Una brutal declaración de fe en el mal, que le facilita culpar nuevamente de su propia malignidad a algo externo a su voluntad; que no es ahora el planeta, sino la misma condición humana. Yago no sólo es malvado, sino que aspira a contaminar con su maldad a toda la humanidad. Cuando Yago se atreve a decir «Creo en un dios cruel que me creó a su semejanza», se revela como una representación del mal. Aunque se suele negar la existencia del mal, considerándolo solamente como la ausencia de bien, hay tradiciones milenarias que presentan al Mal como un ser, o conjunto de seres de condición espiritual, pero real y permanente.
Con inteligencia, con voluntad y con el deseo de destruir lo que la humanidad tiene como paradigma del bien: el amor, la verdad, la justicia, la vida y el orden. Tal deseo de destruir se derivaría de un antagonismoradical con Dios, según unas fuentes, o simplemente de su propia condición, según otras.
El éxito del Maligno en nuestra realidad, dependería de su habilidad para influir en la conciencia de las diferentes personas por medio de la tentación, y de la capacidad de esas conciencias para resistirla.
Otello confía en Yago, hasta el punto de decirle en el acto primero: «Honesto Yago, por el amor que me tienes, habla!». Grave error de Otello: dialogar con el mal en persona, en lugar de apartarlo de su vista. El Papa Francisco, en una homilía de 2018, podría haberse referido a Otello cuando advirtió: «Con el diablo no se dialoga. No se dialoga, porque si empezamos a dialogar, perdemos. Él es más inteligente que nosotros y nos hace dar vueltas, nos confunde». Aunque Otello tenía a su lado a Desdémona como personificación del amor, acabó quitándole la vida, para acabar luego con la suya propia. Un triunfo de la obscuridad frente a la luz que Verdi nos muestra de forma simbólica como siniestra advertencia. Quizá para que nos esforcemos en distinguir el mal del bien por la cuenta que nos tiene: pero no es tan fácil como parece a primera vista. Si no, que se lo pregunten a Otello.











